Nuestra Verdadera Historia
¿Somos gente sin memoria?
Por Montserrat Arre Marfull, Licenciatura en Historia,
Universidad de Chile, Agosto 2007
Si mañana despierto y me sumerjo en la lectura de la historia que hoy escribimos; si en otro momento evalúo lo que en mi presente se ha hecho con este tiempo histórico, ¿quiénes saldrán a relucir en cada frase, en cada párrafo, en cada afirmación, negación, sustantivo, o verbo?
¿Acaso no sabemos que el presente hace la historia?¿Acaso no sabemos ya clara y rotundamente que es el aquí y el ahora el que establece las coordenadas del allá y del ayer?¿Acaso no se nos ha repetido hasta el cansancio que existe una mentalidad de época, una visión de mundo, una cultura que subyace a la sociedad y se manifiesta en forma de imaginario, de ideas, de prácticas? Sí, lo sabemos, sabemos todo aquello, sin embargo seguimos afirmando que hay que encontrar la historia que nos represente de verdad, encontrar la historia que se adecue con mayor gracia, estilo y credibilidad a nuestros horizontes de esperanzas. ¿Dónde estará aquel relato?¿Por qué se ha escondido de la mayoría de los actores históricos?¿Es pertinente preguntarse una vez más donde estuvieron los hombres comunes que son la base de las grandes estructuras?¿Por qué se dicen vencidos, silenciados, oprimidos?¿A qué viene todo eso, y a dónde quiere llegar?
¿Por qué se dice que hay que por fin descubrir la historia que se nos ocultó?¿La historia que nos inventaron, será tan así? Si en una época, llámese siglo XIX para el mundo occidental, época del racionalismo positivista y del romanticismo patriótico, se relataron historias de gentes, de naciones, de países que pretendieron establecer el paradigma de la patria, el ejemplo para el ciudadano, fundados en los acontecimientos que, para un grupo de personas, que luego se transformaron en personajes, fueron tremendamente relevantes, por qué negar el valor a tales relatos. De acuerdo estoy con que aquellos no dan cuenta de la totalidad de un mundo que coexistía con una élite determinada, con un millar de personas que no pertenecían al ideal implantado por estos relatos. La gran masa de las poblaciones no podía identificarse con los héroes ensalzados como fundadores de una identidad, pues no pertenecían a ese mundo de grandes hazañas, por lo menos no del modo en que se contaba la historia. Sin embargo ¿Es eso algo dramático?¿Es, por consiguiente, razón de duro reproche?¿Pueden esos relatos no incluir al hombre común en real desmedro de su verdadera identidad?¿Qué es, a fin de cuentas, la identidad?
Cuando ingresé a estudiar historia, carrera que era una de mis opciones (que en verdad no eran muchas) lo hice precisamente porque quería encontrarme en el tiempo y en el espacio. Sin embargo esa búsqueda no se hacía necesariamente encontrando la genealogía de mi familia, aunque es una opción, ni remontándome a los orígenes históricos de mi clase social, o del ser chilena, o del ser americana. No era eso lo que haría encontrarme con mis raíces. Ni siquiera encontrándome con las mujeres en la historia sentía que me identificaba automáticamente. Sin embargo, a través de mis estudios me he sentido algunas veces partícipe de la historia, y no ha sido en torno a aquellos sujetos. Me he identificado más que con un sujeto, con un espíritu. Es el espíritu humano, en alguna de sus manifestaciones, lo que hace que yo, como ser histórico, me sienta partícipe de este gran relato hecho de yuxtaposiciones y trozos a veces mal enlazados.
Hay cosas que no cuajan y forzar un hecho, un relato, un escrito, una fuente para que diga clara y precisamente lo que yo quiero que diga, sirve, momentáneamente, para convencer a otros de verdades personales. Sin embargo, no hay una verdadera historia. Así como bajo nuestro lente, los otros, esos de otras épocas, erraron muchas veces en buscar y encontrar lo que buscaron y encontraron, lo otros que hablaron de cosas que pareciera que no tenían pertinencia en una historia que nos identificara a nosotros como gente común, en realidad, hicieron lo que tenían que hacer, así como nosotros hoy hacemos lo que tenemos que hacer. Si estudiar historia es, necesariamente algo personal, que atañe a nuestra interioridad, así como quien estudia una humanidad como literatura o filosofía, es así mismo como no podemos juzgar una interioridad (por más que sea una interioridad de una época o grupo) en base a otras realidades personales.
No es falacia, ciertamente, que existen un centenar de “hechos” históricos que evidentemente han sido interpretados bajo un prisma marcadamente interesado. Pero, ¿es hoy una visión menos desinteresada hablar y escribir de lo que se habla o escribe? Pobres y ricos han existido siempre. Con o sin teoría, dialéctica, o fundamento de análisis. Pobres y ricos, fuertes y débiles, y también una ética humana. Hay cosas que tiene que ver con nuestra naturaleza, más que con nuestra avance progresivo del conocimiento. Nuestra naturaleza es interesada. Entonces, ¿porqué aludir a que se hizo una falsa historia, si tal vez nosotros estemos construyendo otra falacia? O mejor dicho, ¿era tan lejana a nuestra identidad esas historia patrias cuando se compusieron y cuando se masificaron?, si al final de cuentas lo que vale es el relato, la imagen, la estética de las cosas y de acuerdo a aquello, si es algo que quiero o no creer. No es así como también funciona el mundo. Tal vez no de la misma manera, tan fría, tan dura como se nos presenta en esta posmodernidad, pues, se dice que, en otra época hubo quijotes que creyeron el los discursos ideológicos. Sin embargo, ¿no eran esos discursos algo bello de oír, de imaginar? No eran las utopías creaciones mentales que agradaban al que recibía el mensaje. No enardecía el corazón un discurso bien orado, una frase llena de emoción que resaltaba en belleza. ¿No era cuestión, además, de imagen, mostrar una nación organizada y cohesionada? Tal vez, allí subyace la crítica actual. Es ahí donde se puede ver la falta. No obstante, ¿porque denostar lo hecho, e implantar una nueva visión dando por sentado que la corrección es lo que cuenta? ¿No somos los mismos los que hablamos de una capacidad de tolerancia, de ver al otro, de comprender la totalidad y la complejidad de la historia, de mirar lo que no se ha mirado, y descubrir la grieta, el punto de fuga? Partir de donde quedamos, sin destruir lo anterior supone una amplitud de criterio, así como el tomar en cuenta que las ideas que subyacen a ciertas prácticas pueden también darnos cuenta de lo que fuimos, pese a que muchos no se sientan partícipes de esa prácticas. Si mi madre me bautizó, yo no tuve idea cuando lo hizo, y qué. Sin embargo, para un grupo de gente eso significa notoriamente que tengo cierta distinción, sea como sea, algo en mi me distingue, aunque yo no lo note, y me incluye dentro de un grupo. Yo no pedí ser bautizada, yo no pedí ser de ese grupo, pero soy. Así mismo, somos hijos de una historia, más ficcionalizada, más transformada, más literalizada, tal vez, que la que se pretende hacer hoy, sin embargo, una práctica que me une, aunque yo no quiera, con una identidad que, pese a todo me identifica.
No quiero una historia a priori más verdadera, que me hable de mi memoria. Mi memoria se hace a través de mi vida, mi memoria es mi conocimiento acumulado. No porque alguien me diga, mira, esta es tu memoria, me identificaré con ello. Mi memoria puede dormir en lo alto de Los Andes, o esperarme en los bosques del sur de Chile. Puede encontrarse en un punto lejano del norte de Europa occidental, o en las sierras Navarras. Mi memoria puede remontarse a un mediterráneo musulmán, o a una España cristiana, o puede revivir en una ruca mapuche. Mi memoria puede trascender los siglos y llegar hasta Roma Imperial, o dar vuelta la esquina y encontrarse con mi abuelo muerto hace unos años. Puedo identificarme con el esclavo negro, con el celta desterrado, con el árabe expulsado, con el vasco conquistador, con el mapuche guerrero, con una bruja sentenciada a la hoguera, con el monje escribano, o con la mulata que junta dinero para pagar la libertad de su hijo, en cualquier ciudad americana. No hay un yo en mi, y como no hay un destino trazado de mi historia, de este modo, no existe una historia que identifique mi memoria.
¿Somos gente sin memoria?
Por Montserrat Arre Marfull, Licenciatura en Historia,
Universidad de Chile, Agosto 2007
Si mañana despierto y me sumerjo en la lectura de la historia que hoy escribimos; si en otro momento evalúo lo que en mi presente se ha hecho con este tiempo histórico, ¿quiénes saldrán a relucir en cada frase, en cada párrafo, en cada afirmación, negación, sustantivo, o verbo?
¿Acaso no sabemos que el presente hace la historia?¿Acaso no sabemos ya clara y rotundamente que es el aquí y el ahora el que establece las coordenadas del allá y del ayer?¿Acaso no se nos ha repetido hasta el cansancio que existe una mentalidad de época, una visión de mundo, una cultura que subyace a la sociedad y se manifiesta en forma de imaginario, de ideas, de prácticas? Sí, lo sabemos, sabemos todo aquello, sin embargo seguimos afirmando que hay que encontrar la historia que nos represente de verdad, encontrar la historia que se adecue con mayor gracia, estilo y credibilidad a nuestros horizontes de esperanzas. ¿Dónde estará aquel relato?¿Por qué se ha escondido de la mayoría de los actores históricos?¿Es pertinente preguntarse una vez más donde estuvieron los hombres comunes que son la base de las grandes estructuras?¿Por qué se dicen vencidos, silenciados, oprimidos?¿A qué viene todo eso, y a dónde quiere llegar?
¿Por qué se dice que hay que por fin descubrir la historia que se nos ocultó?¿La historia que nos inventaron, será tan así? Si en una época, llámese siglo XIX para el mundo occidental, época del racionalismo positivista y del romanticismo patriótico, se relataron historias de gentes, de naciones, de países que pretendieron establecer el paradigma de la patria, el ejemplo para el ciudadano, fundados en los acontecimientos que, para un grupo de personas, que luego se transformaron en personajes, fueron tremendamente relevantes, por qué negar el valor a tales relatos. De acuerdo estoy con que aquellos no dan cuenta de la totalidad de un mundo que coexistía con una élite determinada, con un millar de personas que no pertenecían al ideal implantado por estos relatos. La gran masa de las poblaciones no podía identificarse con los héroes ensalzados como fundadores de una identidad, pues no pertenecían a ese mundo de grandes hazañas, por lo menos no del modo en que se contaba la historia. Sin embargo ¿Es eso algo dramático?¿Es, por consiguiente, razón de duro reproche?¿Pueden esos relatos no incluir al hombre común en real desmedro de su verdadera identidad?¿Qué es, a fin de cuentas, la identidad?
Cuando ingresé a estudiar historia, carrera que era una de mis opciones (que en verdad no eran muchas) lo hice precisamente porque quería encontrarme en el tiempo y en el espacio. Sin embargo esa búsqueda no se hacía necesariamente encontrando la genealogía de mi familia, aunque es una opción, ni remontándome a los orígenes históricos de mi clase social, o del ser chilena, o del ser americana. No era eso lo que haría encontrarme con mis raíces. Ni siquiera encontrándome con las mujeres en la historia sentía que me identificaba automáticamente. Sin embargo, a través de mis estudios me he sentido algunas veces partícipe de la historia, y no ha sido en torno a aquellos sujetos. Me he identificado más que con un sujeto, con un espíritu. Es el espíritu humano, en alguna de sus manifestaciones, lo que hace que yo, como ser histórico, me sienta partícipe de este gran relato hecho de yuxtaposiciones y trozos a veces mal enlazados.
Hay cosas que no cuajan y forzar un hecho, un relato, un escrito, una fuente para que diga clara y precisamente lo que yo quiero que diga, sirve, momentáneamente, para convencer a otros de verdades personales. Sin embargo, no hay una verdadera historia. Así como bajo nuestro lente, los otros, esos de otras épocas, erraron muchas veces en buscar y encontrar lo que buscaron y encontraron, lo otros que hablaron de cosas que pareciera que no tenían pertinencia en una historia que nos identificara a nosotros como gente común, en realidad, hicieron lo que tenían que hacer, así como nosotros hoy hacemos lo que tenemos que hacer. Si estudiar historia es, necesariamente algo personal, que atañe a nuestra interioridad, así como quien estudia una humanidad como literatura o filosofía, es así mismo como no podemos juzgar una interioridad (por más que sea una interioridad de una época o grupo) en base a otras realidades personales.
No es falacia, ciertamente, que existen un centenar de “hechos” históricos que evidentemente han sido interpretados bajo un prisma marcadamente interesado. Pero, ¿es hoy una visión menos desinteresada hablar y escribir de lo que se habla o escribe? Pobres y ricos han existido siempre. Con o sin teoría, dialéctica, o fundamento de análisis. Pobres y ricos, fuertes y débiles, y también una ética humana. Hay cosas que tiene que ver con nuestra naturaleza, más que con nuestra avance progresivo del conocimiento. Nuestra naturaleza es interesada. Entonces, ¿porqué aludir a que se hizo una falsa historia, si tal vez nosotros estemos construyendo otra falacia? O mejor dicho, ¿era tan lejana a nuestra identidad esas historia patrias cuando se compusieron y cuando se masificaron?, si al final de cuentas lo que vale es el relato, la imagen, la estética de las cosas y de acuerdo a aquello, si es algo que quiero o no creer. No es así como también funciona el mundo. Tal vez no de la misma manera, tan fría, tan dura como se nos presenta en esta posmodernidad, pues, se dice que, en otra época hubo quijotes que creyeron el los discursos ideológicos. Sin embargo, ¿no eran esos discursos algo bello de oír, de imaginar? No eran las utopías creaciones mentales que agradaban al que recibía el mensaje. No enardecía el corazón un discurso bien orado, una frase llena de emoción que resaltaba en belleza. ¿No era cuestión, además, de imagen, mostrar una nación organizada y cohesionada? Tal vez, allí subyace la crítica actual. Es ahí donde se puede ver la falta. No obstante, ¿porque denostar lo hecho, e implantar una nueva visión dando por sentado que la corrección es lo que cuenta? ¿No somos los mismos los que hablamos de una capacidad de tolerancia, de ver al otro, de comprender la totalidad y la complejidad de la historia, de mirar lo que no se ha mirado, y descubrir la grieta, el punto de fuga? Partir de donde quedamos, sin destruir lo anterior supone una amplitud de criterio, así como el tomar en cuenta que las ideas que subyacen a ciertas prácticas pueden también darnos cuenta de lo que fuimos, pese a que muchos no se sientan partícipes de esa prácticas. Si mi madre me bautizó, yo no tuve idea cuando lo hizo, y qué. Sin embargo, para un grupo de gente eso significa notoriamente que tengo cierta distinción, sea como sea, algo en mi me distingue, aunque yo no lo note, y me incluye dentro de un grupo. Yo no pedí ser bautizada, yo no pedí ser de ese grupo, pero soy. Así mismo, somos hijos de una historia, más ficcionalizada, más transformada, más literalizada, tal vez, que la que se pretende hacer hoy, sin embargo, una práctica que me une, aunque yo no quiera, con una identidad que, pese a todo me identifica.
No quiero una historia a priori más verdadera, que me hable de mi memoria. Mi memoria se hace a través de mi vida, mi memoria es mi conocimiento acumulado. No porque alguien me diga, mira, esta es tu memoria, me identificaré con ello. Mi memoria puede dormir en lo alto de Los Andes, o esperarme en los bosques del sur de Chile. Puede encontrarse en un punto lejano del norte de Europa occidental, o en las sierras Navarras. Mi memoria puede remontarse a un mediterráneo musulmán, o a una España cristiana, o puede revivir en una ruca mapuche. Mi memoria puede trascender los siglos y llegar hasta Roma Imperial, o dar vuelta la esquina y encontrarse con mi abuelo muerto hace unos años. Puedo identificarme con el esclavo negro, con el celta desterrado, con el árabe expulsado, con el vasco conquistador, con el mapuche guerrero, con una bruja sentenciada a la hoguera, con el monje escribano, o con la mulata que junta dinero para pagar la libertad de su hijo, en cualquier ciudad americana. No hay un yo en mi, y como no hay un destino trazado de mi historia, de este modo, no existe una historia que identifique mi memoria.
