martes, 15 de enero de 2019

“El Monje” (“Le Moine”) de Dominik Moll, 2011


El conocido autor británico del género gótico-romántico, Matthew Gregory Lewis (1775-1818), en cuyo círculo se contaban nombres como sus amigos Lord Byron, John William Polidori, Mary Shelley y Percy Shelley, escribió “The Monk”, novela publicada en 1796. Se cuenta que tardó sólo diez semanas en escribirla, y en ella se ven representados todos los prejuicios anticatólicos circulantes en el imperio rival de España en ese entonces, como lo era Inglaterra. Se ha dicho que es una de las novelas góticas más escabrosas y transgresoras de su época, y también una de las primeras del género.

En esta adaptación de 2011, vemos los aspectos esenciales de la novela. Sin ser la primera adaptación, ya se había realizado una en 1972 y otra en 1990, congrega los elementos que relevan tanto en su estética gótica, sin caer en las exageraciones del género, como los elementos religiosos católicos los cuales critica la obra original, siendo muy bien representados.
Vincent Cassel interpreta a Ambrosio, el protagonista, monje de la orden capuchina situada en las afueras de Madrid a fines del siglo XVI. La película comienza cuando un recién nacido es llevado por un hombre en medio de la noche quien tiene la intención de lanzarlo al río. Arrepentido, decide dejarlo en la puerta del convento. El niño, Ambrosio, es adoptado por el prior, quien lo acoge como a un hijo, criándolo en la estricta piedad religiosa. Muchos otros vieron la presencia del niño como una señal demoníaca, a raíz de una oscura mancha de nacimiento en el hombro similar a una mano, sin embargo, fue bien tratado por ser el protegido del prior.
Ya a los dieciocho, Ambrosio deslumbraba con su santidad y celo religioso, y a los treinta era prior del convento. Famoso en la ciudad, congrega a cientos de personas que concurren para ver sus sermones.  En una ocasión, acude la joven Antonia (Joséphine Japy) con su tía. La muchacha queda prendada de la intensa santidad del abad, pero no tiene aún ocasión de conocerlo personalmente.
Ambrosio se vanagloria de su rectitud y fuerza para no dejarse vencer por las tentaciones del demonio. Sin embargo, algo lo atormenta. Ha tenido un sueño recurrente, que cuenta a su amigo y confesor, el antiguo prior que lo crió como hijo. En él se ve a sí mismo en el techo del convento, y mira hacia abajo, una mujer vestida con un manto rojo reza frente a la cruz solitaria que se encuentra en el frontis del convento. El no ve a la mujer, ella nunca voltea, pero desea alcanzarla y no puede.
En sus confesiones regulares, las monjas acuden en grupo dirigido por la madre superiora (Geraldine Chaplin) a confesarse con Ambrosio. Una de las novicias confiesa sus pecados, pero ellos son mínimos en contraposición con su nerviosismo, lo que despierta dudas en el confesor. Al terminar la confesión, accidentalmente deja caer un papel. Es una carta escrita por ella a su amante, para huir juntos. Ambrosio no cede a los ruegos de la muchacha, y la presenta a la madre superiora  para que se le dé el merecido castigo. La novicia es encerrada en una celda sin agua ni alimento, luego de comprobarse que está embarazada. A los pocos días, la muchacha muere. Nadie muestra piedad o arrepentimiento por esta terrible situación. Menos Ambrosio.
Es en este escenario de descarnado fanatismo religioso, llega al convento un misterioso joven enmascarado, que se supone es un huérfano que logró salvarse de un incendio que azotó su casa y mató a su familia. Por sus quemaduras, no puede sacarse la máscara. Siente una especial curiosidad por el prior, e intenta acercarse a él. Lo logra cuando en un ataque de jaqueca de éste, el muchacho toca la cabeza del prior, y lo sana. Comienza así una serie de encuentros con el misterioso novicio, que al poco tiempo develará su verdadera identidad a Ambrosio y lo llevará por los caminos del pecado.
La película logra un equilibrio entre los elementos sobrenaturales presentes con la realidad del relato histórico. El ambiente árido y opresor, que son representados con el extenso y seco paisaje de las afueras de Madrid a pleno sol donde destaca el convento en medio de la inmensidad, y los interiores oscuros del convento, contrasta con los bellos y luminosos jardines del convento y de la casa de Antonia, donde resaltan el clima templado y soleado de Castilla, con flores y vegetación placentera. Es también relevante la detención constante de las imágenes en las esculturas externas del convento que representan a personajes demoníacos o penitentes y que juegan un papel esencial para representar en nexo entre lo natural y lo sobrenatural, lo divino y lo demoníaco.
Entre los personajes tipo, el monje santo que deviene en villano en tanto su pretendida santidad esconde un fanatismo inhumano y la muchacha virgen y pura, Antonia, que se transforma en el objeto del deseo carnal, media un tercer personaje arquetípico, la mujer tentadora, reiteración de la Eva que seduce a Adán para caer en el pecado. Si bien los sueños premonitorios de Ambrosio instalaron en él la duda, es la llegada de esta mujer-demonio, quien le entrega el placer carnal nunca antes experimentado, la que desata la vorágine.
Entonces queda la duda, ¿es acaso que un simple sueño despertó el deseo a Ambrosio, y ese deseo “llamó” al demonio del pecado sexual? O bien ¿su pecado se estaba ya gestando antes del sueño y fue ese deseo desconocido lo que generó la seguidilla de eventos, desde el sueño en adelante? En última instancia, Ambrosio buscaba siempre destacar por su rectitud y santidad tal vez porque, en el fondo, luchaba constantemente porque no la poseía.
“Le Moine” es una película de excelente factura, utiliza perfectamente la esencia de la novela gótica, con sus premoniciones, sueños, fantasmas y hechicerías; representa personajes tipo, entre héroes y villanos, sin restarles realismo, humanidad y profundo sentimiento. El debate interior entre el deseo y la rectitud, la lucha por hacer lo que se debe y cree y la terrible decisión de dejarse llevar por los deseos, es representada a la perfección por su protagonista.

Especial mención hay que hacer a la escena de la procesión de la Virgen, con todo el aparataje Barroco: los penitentes cargando cruces o decenas de velas chorreantes sobre las cabezas, la imagen de Nuestra Señora engalanada, y la procesión terminando frente a las escaleras de la iglesia repletas de velas. Sin duda, este tipo de referencias despiertan una profunda satisfacción en los aficionados al estudio de la historia, ya que la recreación impacta en cuanto podemos, a través de ella, percibir el profundo sentimiento religioso de esas épocas, y la impresionante fuerza con que el discurso y al imaginería católica permeaba la sociedad en su conjunto.
Sin duda una película muy recomendable tanto para los amantes del género gótico, como para los amantes de las películas históricas.

Por Lafayette