“La cocinera de Castamar” (2021)
Por M.N.A.M
La serie histórica española “La cocinera de Castamar” estrenada
en febrero de 2021, dirigida por Iñaki Peñafiel y Norberto López Amado, basada
en la novela homónima, publicada en 2019 por Fernando J. Múñez, ha sido la
última producción que me ha tocado ver, sugerida por Netflix (hace unos meses
tuve a bien ver “Bridgerton”, serie de similares características, la cual finalmente
no comenté en escrito, aunque tuve muchas ganas).
La pareja romántica protagonista de esta historia, Diego de
Castamar (Roberto Enríquez) y Clara Belmonte (Michelle Jenner), comparte
aventuras y desventuras en esta recreación de época, bien lograda y claramente revivida
a partir de una mirada del siglo XXI, donde junto a una trama y personajes reconocibles
para este tipo de producciones, somos capaces de asistir a una propuesta
crítica y renovada, donde aparece, entre otros elementos, una reflexión sobre
el lugar de la mujer en la sociedad tradicional, tanto en las clases nobles
como plebeyas, una mirada a la homosexualidad, la experiencia cotidiana y las
relaciones entre las clase sociales, las enfermedades mentales y la presencia
de afrodescendientes y esclavitud de origen africano y sus dinámicas en la
sociedad española del 1700.
Dejando fuera algunas cuestiones que me parecen simples efectos
de marketing, especialmente escenas de sexo más o menos explícitas en momentos
que no venían tan al caso, ya usuales en algunas de estas series, especialmente
en los primeros capítulos para captar la atención de cierta audiencia (lo que
no critico, y hasta en ocasiones celebro, siempre y cuando estas escenas sean
necesarias para dar cuenta de las relaciones entre los personajes y sean
tratadas adecuadamente, pero, a veces, parecen estar de más), la serie nos da
un recorrido por diversos aspectos ya profundamente documentados por la
historiografía de los últimos 50 años, especialmente, que nos ha contado cómo
era la vida en la Europa del siglo XVIII. Me refiero a aspectos que nos llevan
a ahondar en las vidas privadas, las emociones, la historia de las mujeres, la
historia del bajo pueblo, de las enfermedades y de la esclavitud y
afrodescendencia, más allá de la historia de las élites, los grandes personajes
y los reyes y sus hazañas.
Hay muchos elementos que me gustaría hacer notar, por
llamativos, y por ser aspectos que logran captar una sensibilidad actual sobre
temas que nunca sabremos a ciencia cierta cómo fueron abordados en su momento
contemporáneo. Sin embargo, y esto es lo esencial, la representación de una época
otra siempre la realizamos, tanto historiadores, como novelistas o
cineastas, en base a lo que queremos decir hoy. Bregamos, claramente, contra
los anacronismos, e intentamos ser lo más fidedignos al “espíritu de la época”
o a la “mentalidad del siglo”, pero sin duda los valores, descubrimientos y
problemáticas del hoy se inmiscuyen en nuestra interpretación del ayer.
Estoy segura que una historia como “La cocinera de Castamar”
(o la misma “Bridgerton”) no podrían haber sido escritas, tal cual, en el 1850,
1900, ni siquiera en 1980. Sólo los cuestionamientos surgidos a partir,
especialmente, de una historiografía profundamente crítica de las hegemonías,
desde las miradas de la subalternidad, del feminismo, de las posturas
decoloniales, poscoloniales y desde los estudios afrodescendientes, que han
calado profundamente en la teoría y metodología actual a todo nivel, han
posibilitado el surgimiento de esta literatura.
No ahondaré en los muy complejos y diversos entramados entre
personajes, sólo me interesa resaltar algunos asuntos. Primero, el protagonismo
otorgado a Clara, la cocinera, quien da título a la obra y a la serie. Su
función en la narración es esencial desde varios puntos de vista, más allá de
su funcionalidad como la pareja romántica del duque de Castamar, cuyo amor se
desarrolla durante toda la serie y sólo se consuma al final de la misma (primera
temporada). Ella, a través de su relación con los diversos personajes, los de
la cocina o plebeyos y los de la casa o nobles, es el ingrediente aglutinador
que permite humanizar ambos espacios, que logra hacer de los problemas de unos
y otros, problemas eminentemente humanos. Aquella es su explícita consigna
desde el inicio de la serie: todos somos iguales, en lo externo no somos
realmente nosotros, sino que lo somos en las oscuridades y secretos que
llevamos dentro y nos cuesta, a veces muchos años, expresar. Es aquello lo que
nos determina como personas.
En ese sentido, el símil que realiza la voz narrativa de Clara
en algunos momentos de los capítulos, entre las amalgamas de sentimientos y
experiencias y las preparaciones de las comidas, dan como resultado una
metáfora de la vida misma, trasmitida a través del quehacer culinario, que se transforma
en el hacer propio de lo humano: todos comen, todos estamos determinados, en
última instancia, por lo que comemos (por lo que esconde la preparación de cada
comida).
No puedo negar que, en este aspecto, la serie me recordó la
novela de la mexicana Laura Esquivel “Como agua para chocolate” (1989) también
llevada a la pantalla con gran éxito en 1992. En otros momentos, especialmente
a partir de la dupla antagonista representada por Sol Montijos y el marqués de
Soto, hay fuertes evocaciones a “Dangerous Liaisons” película estadounidense de
1988, basada en la novela epistolar del siglo XVIII “Las amistades peligrosas”
(“Les Liaisons dangereuses”), del francés Pierre Choderlos de Laclos. En ese sentido,
“La cocinera de Castamar” retoma argumentos y temáticas no sólo de la
historiografía, sino de otras tantas obras literarias reconocidas.
Antes de pasar a mencionar un punto esencial que me urge indicar,
mencionaré dos aspectos que me parecen bastante curiosos, no por su presencia,
sino por su ausencia: el elemento religioso y los bailes de salón.
Normalmente, cuando se evocan estas épocas de antiguo
régimen o de sociedades tradicionales, incluso hasta avanzado el siglo XIX, pero
sobre todo los siglos anteriores, y especialmente cuando se remiten a historias
referidas a las clases altas o la nobleza, el elemento religioso suele ser
esencial, especialmente si pensamos en España. No hay que olvidar que la
religiosidad católica marcaba el calendario anual, las devociones personales,
los momentos de la vida, nacimiento, matrimonio, muerte, y todos los ámbitos de
la vida, incluso la sexualidad, y que normalmente uno o más integrantes de una
familia en cada generación terminaba adhiriendo al clero secular o al espacio
monacal.
No quiere decir que todas las personas fueran, por el hecho
de vivir en aquel entonces, profundamente religiosas, sino que una importante
parte de los eventos sociales, tanto positivos como negativos (por ejemplo,
ajusticiamientos) estaban marcados por dicha religiosidad. Es cierto, que el
siglo XVIII marca, a lo largo de sus años, un proceso de cambio en el sentir de
las sociedades occidentales, la “razón” comienza a “circular” por doquier, como
discurso organizativo de algunas nuevas sociabilidades. No obstante, la
sociedad española sigue siendo profundamente católica, y la acción del clero y
el mundo monacal es tremendamente relevante. El elemento religioso, si bien aparece,
pues vemos a algunos de sus personajes rezar frente a algún altar privado o con
rosarios, no parece ser un espacio de mucha recurrencia para la sociedad
representada en la serie, pues se tiende a resaltar los eventos sociales de
tipo secular y sin invitados eclesiásticos de relevancia (nota: el único que parece sentir una culpa ligada al sentir religioso es uno de los personajes homosexuales).
Por otra parte, los bailes de salón que tanta importancia
tienen en producciones de época como las películas o series basadas en los
libros de Jane Austen, o en películas como “Vanity Fair” (2004) basada,
asimismo, en la novela “Vanity Fair: A Novel without a Hero” (“La feria de las
vanidades: una novela sin héroe”) del autor inglés William Makepeace Thackeray publicada
en 1848, prácticamente no aparecen en esta serie. Lo importante de las
reuniones son las conversaciones y contubernios y, por otra parte, la comida. Vemos,
eso sí, aparecer bailes improvisados que organiza el servicio de la casa Castamar,
con música popular cantada, que ejemplifican la festividad plebeya de aquel entonces.
Luego de estas reflexiones intertextuales de la serie, o bien,
de las ausencias intertextuales, apuntaré a un tema que me parece de suma
relevancia en el presente: la presencia de personajes afrodescendientes no
esclavos y la relación de éstos con la esclavitud. Hasta el momento no tengo
información de los motivos que tuvo el autor de incluir estos personajes, y
sería pertinente preguntarle (y la tentación está puesta en ello) ¿dé dónde
sacó esta idea? De la historiografía leída, de algún caso real documentado, o
inventó al hermano negro del duque, Gabriel de Castamar.
A primera vista, parece un “neologismo” del siglo XXI, toda
vez que tenemos muy presente la serie “Bridgerton”, y sabemos que en la novela
homónima Simon Basset o la Reina Carlota no eran precisamente personajes con
rasgos afrodescendientes. Sin embargo, si miramos con más atención la historia
propiamente tal (y eso es lo que he hecho durante los últimos 15 años) sabremos
que descendientes de africanos negros presentes durante el antiguo régimen en
la alta sociedad ibérica, España y Portugal, no eran cosa extraña. Quizás no
tan común, pero no extraña. Y, qué decir, de afrodescendientes en espacios
plebeyos, como libres o esclavos: aún más común. Es decir, la interculturalidad
o la interracialidad estaba a la orden del día en la península, aunque no sea
un lugar común del imaginario actual, y tendamos a sorprendernos cuando vemos a
estos personajes negros en este tipo de series.
No es mi afán contar detalles mayores de la serie “La cocinera
de Castamar”, sino estimular a que quienes lean esta humilde reseña crítica, puedan
acercarse a ella, disfrutarla y también analizarla. Sin embargo, no puedo dejar
de mencionar que me parece tremendamente relevante, para los tiempos que
corren, que se le asigne a Gabriel, el hermano adoptivo del duque protagonista,
un pasado de esclavizado: Gabriel es realmente hijo de la media hermana de la
matriarca de Castamar, que había nacido de los amores del antiguo duque con una
esclava. Me parece de vital relevancia dar cuenta de esta práctica usual en
este mundo esclavista: hijos e hijas de amos con esclavas negras son cosa más
que común, y muchos de estos descendientes llegaron a ocupar, tanto en la
península Ibérica como en América, lugares importantes en las familias. Dar cuenta
de esta realidad pasada escasamente visualizada o representada en cierto tipo
de novela o filmografía histórica europea (y americana) más tradicional o
extendida, me parece que es de perentoria importancia: tenemos que hacernos
cargo del relato histórico con cada uno de los participantes en él, con todas
sus particularidades y complejidades.
No queda más que invitar a aprovechar las posibilidades de
Netflix, y asistir a una de las buenas series históricas que ha producido la
televisión española, que, sin duda, se une a una lista de buenas y muy buenas
producciones que hemos visto aparecer en nuestro idioma en los último 20 años.


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