martes, 27 de marzo de 2007

La esclavitud en Chile

La esclavitud en Chile no se puede describir como una empresa demasiado notable en términos de disputas sociales; así mismo, su abolición, pese a ser un acto apreciable y destacado dentro de los actos jurídicos y legales que se establecieron dentro de los movimientos de independencia, no conllevó a revueltas sociales o a desacatos de parte de una parte importante de la población. Los negros o mulatos esclavos que habitaban Chile para principios del siglo XIX, eran aproximadamente 4.000, una cifra no muy relevante, en relación a la mano de obra “libre”, compuesta también por gentes descendientes, en algunos, casos de antepasados africanos, mezclados con europeos y nativos, que contaban con varios miles más, unidos a la clase dominante de ascendencia generalmente española. Para 1810, Santiago tenía una población total de aproximadamente 40.000 habitantes, lo que demuestra que el total nacional de 4.000 esclavos no es necesariamente relevante en términos de implicancias sociales substanciales. Sin embargo, la esclavitud como institución o empresa, en el mundo no dejaba de ser menos, en especial en América y las recién independizadas naciones, o las en camino hacia ella, ya que alzarse a la vida republicana, teniendo dentro de sus leyes la permisión de subyugar a otro ser humano bajo el peso de la esclavitud, no era ciertamente bien mirado por los ilustrados de la época.
Los movimientos abolicionistas se hicieron sentir dentro del mundo occidental
[1], y repercutieron en las consecuentes leyes prohibiendo el tráfico, venta y tenencia de esclavos. Hubo países en donde gran parte de la producción dependía de la mano de obra esclava, como Brasil o Estados Unidos, siendo los negros y mulatos gran parte de la población. Eran utilizados en plantaciones extensas, además de ser algunos domésticos y urbanos. En Chile la mayoría de los esclavos que quedaban ya para el siglo XIX eran del servicio doméstico, y según se decía, en general eran bien tratados y habían sido tenidos por generaciones, cosa que hacía que la relación fuese en algunos casos cercana entre esclavos y amos.
Sin embargo, para los abolicionistas el hecho mismo de decirse esclavo, de aludir que un ser humano fuese de propiedad de otro, era el acto mismo de la vileza. La palabra como tal, palabra que evocaba pertenencia, posesión sobre una vida humana, era la que al hacerse material producía la reacción inmediata de rechazo, sin importar el hecho de que finalmente tal vez muchos de los esclavos existentes en Chile, se habían adaptado a su situación, y eran a la vez relativamente bien tratados.
Pese a no ser un hecho evidentemente relevante, las discusiones para formular una ley sobre la libertad de todos los chilenos tuvieron lugar entre el senado y el poder ejecutivo durante la lucha por la independencia, y así mismo, repercutieron de una u otra manera en la opinión pública, especialmente la opinión de la clase alta, ya que ellos fueron los principales afectados. Sobre lo que opinaban los mismos esclavos que iban a ser eventualmente libres, no nos han llegado muchos informes. Tampoco las ideas abolicionistas al parecer tuvieron mucha fuerza o permanencia dentro de la prensa, sin embargo hay quienes alzaron la voz en pos de las libertad y fueron escuchados.
[1] Inglaterra y Francia abolieron la esclavitud en sus respectivas metrópolis en 1780 y 1789. En 1792 la abolió Dinamarca en todos sus dominios. Chile lo hizo en 1811 con la libertad de vientre y 1823 con la abolición total, Perú en 1855, España y Cuba en 1880 y Brasil en 1888, por nombrar algunos casos.

martes, 20 de marzo de 2007

Un Verano de 10.000 años


Un verano de 10.000 años
Por Alfonso Gámez / Ideal / febrero 2007

El cambio climático al que parece abocado el planeta es uno más de los registrados desde el final de la última glaciación, pero el primero provocado por la actividad humana
EL último invierno planetario fue muy crudo. Duró unos 60.000 años y, en su época más fría, entre hace 24.000 y 18.000 años, un tercio de todas las tierras emergidas se encontraba bajo el hielo. El ser humano no ha vuelto a vivir en un mundo tan frío. Las islas Británicas estaban cubiertas por una capa de hielo de 1,5 kilómetros de espesor, que alcanzaba los 3 kilómetros sobre Escandinavia. El nivel del mar estaba 150 metros por debajo del actual, y las temperaturas medias eran, en la cuenca mediterránea, 10º C más bajas. «La línea de hielo permanente se situaba en torno a los 50º de latitud Norte», ilustra Jesús Emilio González Urquijo, prehistoriador de la Universidad de Cantabria. Podía irse andando sobre el Atlántico Norte congelado desde Europa hasta Norteamérica, aunque no hay constancia de que ningún europeo lo hiciera. Hacía tiempo que habían desaparecido los neandertales y, en el Viejo Continente, sólo vivían los 'Homo sapiens'. «Nuestros antepasados abandonaron algunas regiones, pero en otras se adaptaron. Usaban el fuego y las pieles para calentarse, y cazaban lo que podían», explica el arqueólogo. Al norte de la Península Ibérica, entraban en su dieta renos, rinocerontes lanudos y mamuts, animales de ecosistemas fríos.


Calor y frio medievales. Tragedia vikinga en Groenlandia


El clima no ha dejado de cambiar desde el final de la última glaciación. Las dos fluctuaciones recientes más destacadas se conocen como el Óptimo Medieval y la Pequeña Edad del Hielo. Se dieron entre 700 y mediados del siglo XIX, y se consideran relacionadas con variaciones en la luminosidad solar. Durante el Óptimo Medieval, que se prolonga seis siglos, las temperaturas ascienden en el hemisferio Norte hasta el punto de que la vid llega a cultivarse en el sur de Inglaterra. Es cuando Erik el Rojo, un vikingo que huye de Islandia tras cometer un asesinato, desembarca en una isla al otro lado del Atlántico en 982 y la bautiza como Groenlandia (tierra verde). En realidad, el verdor se limita a dos zonas del suroeste en las que funda asentamientos; el resto de la isla está helada. Hacia 1300, un enfriamiento climático marca el inicio de la Pequeña Edad del Hielo y se ceba en los habitantes de la colonia vikinga, que en su época de esplendor había llegado a estar ocupada por 5.000 personas. Los primeros europeos en pisar América son incapaces de adaptarse a las nuevas condiciones y aguantar el acoso de los esquimales. Acaban extinguiéndose. «El de los vikingos de Groenlandia es un caso extremo, muy trágico», dice Juan José Larrea, medievalista de la Universidad del País Vasco. Para él, si se exceptúa ese caso, en la Edad Media el clima no pone al hombre entre la espada y la pared. «Es un factor más que agrava los efectos de la crisis estructural del sistema feudal, de la que nacerán las monarquías absolutas». El feudalismo cae, se pierden cosechas por el frío y estalla la peste de 1347-48, que mata a 25 millones de personas en Europa. Diezma un continente cuya población se había, al menos, triplicado desde el año 1000. «La peste negra llega por casualidad y no hay nada que hacer contra el virus, aunque estés bien alimentado», argumenta Larrea. Pronto, los europeos se recuperan de las hambrunas, la crisis feudal y la peste, y se expanden por América. El periodo más crudo de la Pequeña Edad del Hielo -que acabó a mediados del XIX- se registra entre 1645 y 1715. Es lo que se conoce como el Mínimo de Maunder, al final del cual Amati, Guarneri y Stradivarius construyen sus preciados violines. Científicos estadounidenses apuntaron en 2004 la posibilidad de que, a la maestría de los grandes 'luthiers' de la época, se unieran las características especiales de la madera de árboles que crecieron en ese periodo tan frío, lo que «marcó, quizá, la diferencia en el tono y brillantez de los instrumentos», argumentaban el climatólogo Lloyd Burckle y el dendocronólogo Henry Grissino-Mayer en la revista 'Dendrochronologia'. A diferencia de las fluctuaciones climáticas medievales, la actual no es de origen sólo natural. El último informe Grupo Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) asegura que se debe a la actividad humana, a los gases de efecto invernadero echados a la atmósfera desde el inicio de la Revolución Industrial. Rossell recuerda que, a un cambio climático, sobreviven todos los que pueden moverse, que el caso vikingo es una excepción. «La mayoría de los seres vivos se adapta. Otra cosa es que no nos gusten los cambios cuando lo tenemos todo bien montado».