sábado, 1 de noviembre de 2025

Novela Histórica Chilena: "Coquimbo Episodios Coloniales. El derrotero de los vientres libres" (Nueva Mirada, 2025) de Nicole Pardo-Vilú

En Barraza, Valle del Limarí, Región de Coquimbo, Chile....

"Mi nombre es María Cortés. Sin segundo nombre, sin segundo apellido. Puedo contar muchas cosas de mi vida, pues varias las recuerdo como si hubiesen acontecido ayer, pero, otras tantas, se me aparecen como borrosos paisajes trazados a la rápida por una pluma poco hábil.

Un tiempo fui llamada por el largo apelativo de María mulata esclava de don Lázaro Cortés, otro tiempo, como María mulata esclava de doña Bernarda Díaz, o de José Vergara el segundo marido. Luego, fui María mulata esclava de Juana Cortés Díaz, por herencia. Después, fui libre, por lo menos de la esclavitud, porque estaba ya ligada a otro tipo de cautividad que llaman matrimonio. Pero esa cautividad fue buena, no me puedo quejar.

En el año de 1855 he decidido escribir mis recuerdos, viuda y anciana que me siento y estoy, quiero que, si llego a tener nietos y bisnietos, sepan de mi mano, si no es de mi boca, cómo esta mulata llegó a ser la esposa de un negro mulato libre, comerciante principal de la ciudad. Y cómo de mulatos y negros en el papel, por lo menos en el papel, somos ahora y sin más, sólo chilenos. Aunque, y lo dejo aquí por escrito, yo me siento más limarina que chilena y hasta más serenense que chilena. Eso de ser chilena tiene más bien un aire a futre santiaguino. Pero esa es otra historia."








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miércoles, 22 de enero de 2025

100 años no son nada. Creo que el tiempo es cíclico

Algunas personas dicen que la historia no se repite. Que no es posible que vuelva a pasar exactamente lo que ya pasó, y que siempre el devenir temporal de los seres humanos es un nuevo acontecer. La historia, entonces, sería lineal. Sin embargo, desde la antigüedad hay quienes han dicho que el tiempo es cíclico. Que la humanidad ha vivido procesos cíclicos y que una y otra vez volvemos al mismo punto en la lógica de nacimiento, desarrollo, decadencia y colapso que permitiría volver a una nueva era dorada de renacer una y otra vez.

Yo no soy filósofa de la historia. Intento ser una buena historiadora, pero mi materia que es el tiempo, el tiempo humano, me llama a veces para que pueda examinarla y preguntarle sobre su naturaleza.

Cuando viví en Lisboa, Portugal, el año 2016, varios países de Europa estaban recién repuntando de una crisis económica que los había golpeado fuerte, y los países más ricos de la región se encontraban en un conflicto con los miles de refugiados de países africanos y de medio Oriente que en ese entonces escapaban de diversas guerras, la más conocida la Guerra en Siria que inició en 2011.

Mirando las noticias cada mañana, me percaté de lo diferente que es el mundo cuando lo vez desde un país europeo, de cuáles son las prioridades y problemáticas, que suelen ser distintas desde el extremo sur de América del Sur.

Sin embargo, Portugal era un país tranquilo, y a pesar de estar recién saliendo de la crisis económica, la gente vivía bastante bien. El costo de la vida era igual que en Chile, excepto tal vez por el transporte público algo más caro, pero los sueldos eran mucho mejores; además, la salud y la educación eran servicios públicos. Me tocó experimentar de cerca la educación escolar gratuita, mis hijas estudiaron todo un año en una escuela pública. Más del 80% de la escolarización era pública y gratuita.

Una de las cosas que aprendí en Portugal fue que no toda dictadura es afín a los militares, o que nuestra dictadura chilena de Pinochet fue diferente a la dictadura fascista de Salazar. Fueron los militares los que propiciaron la Revolución de los claveles que se conmemora cada 25 de abril, y que da fin a la dictadura en 1974. Portugal había estado sometida a gobierno dictatorial desde 1925; casi 50 años. El 25 de abril de 2016 que viví allá asistí a una hermosa celebración; la usual que todas mis colegas de la Universidad de Lisboa tenían cada año: una marcha por una de las principales avenidas de la ciudad en cuya vanguardia se encontraba un tanque con un clavel en su cañón. El grito principal que me llamó la atención coreaba “25 de abril siempre, fascismo nunca más”. Quedó grabado en mi memoria, porque en ese entonces me parecía que era una frase que evocaba un mundo pasado, y que había cierta afirmación que se hacía que no era necesaria de hacer: el fascismo, para mí, tal como se experimentó en buena parte del siglo XX, estaba muerto.

Había sí grandes problemas sociales en el mundo: las guerras, el racismo, la trata de personas, crisis económicas, en fin, estaban a la orden del día, pero decir fascismo era como decir monarquía absoluta, algo raro en el mundo occidental del siglo XXI.

Otra cosa que me llamó la atención fue la presencia del partido comunista en el espacio público. Y no era solo esos carteles o rayados que se suelen pegan en las paredes, como en el centro de Santiago de Chile (que también los había), si no que estaba instalada una gigantografía en el cruce de dos avenidas muy significativas: Avenida de la República y Avenida de las Fuerzas Armadas, que animaba a la gente a inscribirse en el partido comunista. De hecho, me parecía tan curiosa, que nos sacamos fotos, porque me pareció que era algo que podría haber visto en 1920, pero era anacrónico en 2016. Sabiendo que el partido comunista en el mundo gozaba y goza de plena salud, en mi percepción me parecía que ser comunista era como ser católico: había muchos creyentes, pero no eran la tendencia de moda.

Todo ello me dio la impresión de estar en un país que había superado sus contradicciones, en un continente que en general también las había superado: democracias liberales que apostaban por el bien común, que no se rebajaban a volver a las extremas dicotomías de antaño, y que toleraban partidos como el comunista, porque en verdad no estaban ya las cosas para hacer realmente la revolución. Y, claramente, Portugal se mostraba como un país que había dejado atrás la ultraderecha y todo lo que oliera a fascismo.

El año 2024, a 50 años de finalizada la dictadura de Salazar, en el congreso portugués asumieron nuevos congresistas, más la mitad de ultraderecha, de esa que, aunque no quiera reconocerlo, o se ponga mil etiquetas, en verdad admira a figuras como Hitler, Mussolini, Franco o Salazar. Una ultraderecha que ha emergido en el mundo occidental, por lo menos hasta lo que sé, en varios países de América y en varios de Europa (desconozco qué pasa en África, Asia y Oceanía), tímidamente desde 2010 y con toda su potencia después de la pandemia del Covid-19.

Ya varios analistas lo han dicho, a propósito de la emergencia de discursos y prácticas fascistas y de ultraderecha que eran impensadas en la política oficial hace 15 años: ¿las condiciones que se han generado en el norte global son semejantes a las que se vivían hacia 1920? Muchas cosas han cambiado, ciertamente, pero otras tantas son casi una réplica literal.

Esta sensación de dejá vu la sentí ya desde 2014, cuando comencé a estudiar los discursos literarios e historiográficos racistas y el racismo científico entre 1850 y 1950, y me di cuenta que había cosas que se publicaban en periódicos o circulaban en revistas, por ejemplo, que le podríamos cambiar la fecha y era posiblemente lo mismo que alguien podría decir el día de hoy, tanto en cuestiones referente a las crisis políticas, económica, las guerras, la lucha social, y sobre el tema de las diferencias raciales.

Ese dejá vu era incómodo, y me preguntaba cómo nadie más lo veía ¡Necesitamos más clases de historia! Sin embargo, no era en ese entonces, hace 10 años, tan alarmante como hoy. Por que lo que eran a inicios del siglo XXI disparates de gente fanática o conspiranoica, discursos y pensamientos que aún eran políticamente inapropiados, cosas que no llegaban a las altas esferas ni a las grandes masas, hoy son cosas totalmente normalizadas, vistas como posibilidades en un abanico de “libertad de expresión” mal entendida; y es más, para muchas y  muchos (¡demasiados diría yo!), es el único camino a seguir, a partir de esa necesidad de superar la supuesta “decadencia” creada por las acciones en pos de la tolerancia cultural y el antirracismo, en favor de las mujeres y las minorías sexuales, del respeto por el medioambiente, y otras tantas consignas que emergieron desde la década de 1960 especialmente, pero que se consolidaron desde la última década del siglo XX.

Ahora, mi incomodidad y sorpresa han pasado a desazón y temor.

La llegada de Donald Trump nuevamente al poder, elegido por los estadounidenses, recargado, rearmado, y fortalecido con el apoyo de los magnates de las redes sociales y de las empresas tecnológicas más importantes del mundo, en un contexto de crisis moral, política, económica abrumadora para buena parte del hemisferio occidental, tanto del norte como del sur global, donde han emergido partidos nazi y de ultraderecha afines a los nazi o al fascismo (de manera implícita o explícita), es un escenario, por qué no decirlo, trágico.

La soberbia y autoridad burlona con que Trump, Musk y otros se están moviendo en este momento, lanzando sus ofensas, ataques y amenazas a quien se les cruce para el logro de sus intereses, es la prueba fehaciente de la gravedad de las circunstancias actuales.

¿De verdad, no hemos aprendido nada, las lecciones del pasado se olvidaron completamente?

La aseveración de “si no me pasa a mí, no importa, porque en verdad no pasa” del mundo neoliberal llevada al extremo en una individualidad narcisista está cobrando ya sus víctimas. Vivimos en un mundo enfermo, donde hay muchas mentes y cuerpos que han luchado, luchan y seguirán luchando por la justicia social, por los derechos humanos, por la protección de nuestro planeta (¡que es de todos!), pero, como sabemos, los que muchas veces llegan al poder (y a este nivel de poder) son los que no les importa velar por el bien común, sino por sus propios intereses, egoísmos y obsesiones que disfrazan de un discurso universal de beneficios y bonanza, de un discurso de “libertad”.

No es posible que olvidemos de repente, como humanidad, las atrocidades del pasado, que comenzaron a partir de teorías conspiranoicas, mentiras, prejuicios y odio fundado en la intolerancia a la diferencia y rechazo a la equidad; peor también, en el miedo y en la inseguridad de ser desplazados del centro de poder por esos otros considerados inferiores. No podemos olvidar las innumerables matanzas a personas y pueblos afrodescendientes e indígenas en las Américas, en nombre de la civilización y pureza racial; no podemos olvidar la misoginia de la ciencia moderna que fundamentaba la inferioridad de la mujer y que tanto ha costado desarticularla, ni la criminalización de la homosexualidad, que tantas vidas ha cobrado; no podemos olvidar la esclavitud y la colonización en África y Oriente, y las masacres que sufrieron varios de sus pueblos antes y durante lo procesos de descolonización; no podemos olvidar el exterminio de judíos, comunistas, homosexuales y discapacitados que propició y ejecutó el nazismo, y los brazos colaboradores que tuvo esa despreciable ideología en las dictaduras latinoamericanas, como fue el caso de Chile.

Temo por el presente, y por el futuro. Temo porque aún me quedan muchas cosas por vivir, y tengo unas ansias enormes por transmitir lo que sé, pero ¿servirá de algo? ¿Qué debemos esperar de las nuevas generaciones?

Temo porque tengo hijos, a los que heredaremos un mundo convulso. Un mundo donde tal vez nos enfrentemos a una tercera guerra mundial. Pero ahora, ahora si que podría ser peligrosa. ¿Nuestro planeta, resistirá? ¿Nuestras sociedades tal como las conocemos, sobrevivirán?

Estados Unidos no dudó en usar la última tecnología en armas el mes de agosto de 1945, lanzando dos bombas atómicas sobre Japón, aliados de la Alemania nazi. Estados Unidos hoy en día está en una situación crítica, como imperio que ve su pronta caída frente a otros poderes económicos, como China. Pero, es en ese preciso momento, en el juego del todo o nada, que los poderosos que han perdido toda perspectiva humana no temen lanzar toda la artillería, porque saben que en última instancia si cae su régimen, ellos van a vencer igualmente: van a haber logrado su cometido, que era pasar a la historia como alguien que tuvo el mayor poder del mundo y lo utilizó, no para el bien (¡qué tontería es esa!) sino para destruir a esos otros que se han convertido en los enemigos de aquella superioridad.

Es triste ver que la consigna del 25 de abril portugués no era solo un recuerdo de aquel despertar de 1974, si no un mantra que deberíamos repetir constantemente en las escuelas, en nuestros hogares, en los espacios públicos y privados: racismo nunca más, intolerancia nunca más, crímenes de odio nunca más, torturas nunca más, exterminio nunca más, discriminación nunca más, supremacía racial nunca más. Porque vemos que después de algunas décadas, volvemos a lo mismo; 100 años no son nada, y creo que el tiempo es cíclico. Ya sabemos lo que viene.


Montserrat Arre M.

lunes, 4 de abril de 2022

Respuesta al documento “¿PUEBLO TRIBAL? LOS DERECHOS DE LOS AFRODESCENDIENTES EN LA NUEVA CONSTITUCIÓN DE CHILE” que circula de manera anónima y ha llegado a mi poder el 2 de abril de 2022


Por Montserrat Arre Marfull

Dra. En Ciencias Humanas y Estudios Comparatistas, Historiadora. Integrante del grupo de estudios históricos “Proyecto Afro-Coquimbo: la historia después del olvido”

 

Bien es sabido por quienes estamos atentas y atentos a la discusión sobre el reconocimiento constitucional del Pueblo Tribal Afrodescendiente Chileno, el largo proceso de difusión y educación que han llevado a cabo líderes y lideresas de las comunidades, muchas veces contando con la colaboración de personas que, no siendo de los colectivos afrodescendientes chilenos, aportamos con nuestro trabajos, plataformas y apoyo en difusión.

Desde mi espacio de historiadora, he tenido la experiencia de trabajar sobre la presencia histórica africana y afrodescendiente en la Región de Coquimbo, Chile, la cual no se relaciona –hasta el momento– directamente con la constitución y reconocimiento del Pueblo Tribal Afrodescendiente Chileno, activo en Arica, sin embargo, dicha región posee una historia y una memoria afro que requiere ser mirada y rescatada con la finalidad de comprender los alcances de la trata de esclavizados y la constitución de una identidad regional y nacional que ha negado la profundidad tanto del legado cultural afro, como del impacto que dejó la esclavización de miles de personas que llegaron a estos territorios chilenos desde la conquista y hasta la década de 1820.

Los descendientes de estas y estos esclavizados siguieron viviendo en nuestros territorios, no se esfumaron por arte de magia tras la abolición de la esclavitud en 1823, y sus historias, memorias, legados y descendientes permanecen en Chile, por más que muchas personas, convencidos por una educación “blanqueadora” y racista, crean que la presencia afrodescendiente se reduce solamente a la llegada de migrantes extranjeros en los últimos 20 años y a la coloración oscura de la piel o los cabellos crespos de ellos. La afrodescendencia es mucho más que eso, y es momento de que reconozcamos que hay personas que se identifican con ella, por su historia familiar, local, sus prácticas tradicionales, entre otros aspectos.

El día 2 de abril de 2022 llegó a mi poder un escrito anónimo y sin fecha que, se me indicó, estaba circulando en la Convención Constitucional. El texto en cuestión pone en duda la validez del reconocimiento del Pueblo Tribal Afrodescendiente Chileno y cuestiona el hecho de su derecho a participar con un escaño reservado en el futuro Congreso Nacional y a tener las mismas prerrogativas constitucionales que los Pueblos Originarios. Para exponer la invalidez de esta demanda, el texto alude a una serie de argumentos, algunos de ellos basados en postulados falaces, aunque bien adornados para demostrar que se exponen como sustentos razonables a su objetivo.


Voy a discutir varios de los argumentos esgrimidos (solo los que me competen), desde la especialidad que me otorgan 14 años trabajando en el área de Estudios Afrodescendientes.

El texto parte indicando que “Chile se encuentra ante un fenómeno nuevo: la multitudinaria presencia afrodescendiente. Hay actualmente más de 200 mil personas afrodescendientes chilenas, nacidas en Chile o nacionalizadas”. Frente a esta primera perplejidad del anónimo, es pertinente indicar que la presencia de personas de origen africano no es un fenómeno nuevo en Chile, sino que es un proceso de muy larga data, que inicia con la conquista y se extiende ininterrumpidamente hasta el presente, lo que está ya ampliamente documentado. Nuevos estudios históricos, además, que abordan diversos aspectos sobre la presencia e influencia afro en Chile durante los siglos XIX y XX, están realizándose actualmente, asimismo profundizándose otros para la época colonial.**

Luego, el texto indica que “La afro descendencia es una realidad que llegó para quedarse en Chile”, aseveración a la cual sólo puedo responder, nuevamente, insistiendo en que la afrodescendencia siempre estuvo en Chile, y es parte constitutiva, pero negada, de la identidad chilena. En ese proceso de negación y de sorpresa actual está funcionando el aparataje ideológico del Estado racista.

Más abajo, el o la autora anónima indica que “El argumento de los convencionales es que una ley de 2019 (21.151), reconoció como “pueblo  tribal” a un grupo de Arica, descendientes de una comunidad afro que quedó incorporada a Chile  en 1929”, indicación que puede ser discutible puesto que esta última fecha es, en concreto, bastante tendenciosa, ya que en la práctica los territorios entre Atacama y Arica comenzaron su proceso de "chilenización" tras la Guerra del Pacífico la segunda mitad del siglo XIX, lo cual se consolidó de manera, finalmente, oficial con los tratados limítrofes de 1929 y anteriores.

Posteriormente, el texto se pregunta “¿Se debe extender el estatus de “pueblo tribal” a todos los afrodescendientes? ¿”Tribal” es una categoría idónea en la Constitución de Chile?¿Cuál es el  alcance poblacional? ¿Solo los 8 mil de Arica o los 200 mil nuevos afros chilenos y más?”. Estas preguntas desconocen, no obstante, la posibilidad de que existan personas de origen africano de tronco colonial que se identifiquen como tales dentro de todos los otros territorios que hoy integran Chile. Esa posibilidad sí es factible, puesto que hay antecedentes genealógicos, culturales, genéticos, etc. que sí lo aseveran, tal como hemos expuesto en la bibliografía que nos sustenta y mucha otra que por espacio no he citado.

Inmediatamente después, nuestro anónimo autor o autora plantea: “Una comisión de la Convención aprobó otorgar escaño reservado en el Congreso de la República al “pueblo tribal afrodescendiente”. ¿Para quiénes será el escaño reservado “tribal”? ¿Sólo para el grupo de Arica?” a lo cual respondo de la siguiente manera, según el criterio y sentido que me mueve: no debería ser este escaño para todos quienes se reconozcan como afrodescendientes, solo lo sería para todos quienes se identifiquen con ancestría africana de tronco colonial en los diversos territorios de Chile, según indica la ley 21.151 referida, pero no los hijos de migrantes recientes (es decir de los últimos 100 años), sino de migraciones previas a 1929 (para usar la misma fecha aludida). Para los y las hijas de migrantes afrodescendientes recientes –post 1920– deben establecerse otros reconocimientos, pues para ellos prevalece hasta hoy la diferenciación de nacionalidad por sobre la diferenciación de ancestría afro.

Más abajo, siguiendo con las argumentaciones, el texto indica que, para otorgar el reconocimiento en 2019, “Los parlamentarios mezclaron antecedentes históricos sobre la presencia afro en la Capitanía colonial, o el batallón de pardos en la independencia chilena, hechos que no tienen relación la comunidad afrodescendiente de Arica, territorio peruano que pasó a Chile en 1929”. Frente a esta acusación, puedo indicar que, si bien se reconoce inicialmente al Pueblo Tribal Afrodescendiente como las comunidades situadas en Arica, la ley no desconoce la adhesión de otras comunidades afrodescendientes de tronco colonial que puedan ser reconocidas en los otros territorios del actual estado de Chile. Nunca se explicita que los afrodescendientes chilenos estén sólo en Arica: en el Artículo 2° de la ley se lee: Se entiende por afrodescendientes chilenos al grupo humano que, teniendo nacionalidad chilena en conformidad a la Constitución Política de la República, comparte la misma cultura, historia, costumbre, unidos por la conciencia de identidad y discurso antropológico, descendientes de la trata trasatlántica de esclavos africanos traídos al actual territorio nacional entre los siglos XVI y XIX y que se autoidentifique como tal.”

En cuanto a la historia del concepto de “tribal” como forma de reconocimiento de pueblos en contexto de colonización y descolonización que nos expone el texto, ratificado en 1989, la o el autor nos dice, entre otras cosas, lo siguiente: “El concepto  “tribal” no tuvo mayor aplicación en América Latina, y ninguna constitución latinoamericana utiliza  la categoría “tribal” , ésta solo se encuentra en constituciones de Africa y Asia”, no obstante, argumentamos que esto no quiere decir que no se pueda plantear el concepto y discutir para su utilización en nuestra Constitución, toda vez que fue ratificado en la ley chilena de 2019 ya citada y tiene su base en el Convenio 169 de la OIT.

Más adelante, el texto indica que “la equiparación y confusión entre “tribal” y “afro” se ha profundizado en los discursos políticos afro latinoamericano, sin escrúpulos respecto al significado de la categoría “tribal”. Con el objetivo evidente de atribuirse la aplicación del Convenio 169. Se trata de una estrategia oportunista, quizás viable en Ecuador, Colombia, Brasil, y en países en donde existen comunidades afro tradicionales, como los quilombolas y cimarrones en la Amazonía. Pero que en el caso de Chile busca imponerse manipulando historia, inventando tradiciones y conceptos constitucionales y de derechos humanos”. El caso de Chile, si bien es diferente al de Brasil, Cuba, etc., y otros países de América que abolieron la esclavitud tardíamente en el siglo XIX y que contaban con contingentes esclavizados en plantaciones con gran densidad poblacional africana y afrodescendiente en esa centuria, la historia y la participación cultural de personas de origen africano provenientes de la trata de esclavizados en los actuales territorios del Estado chileno no es bajo ningún punto de vista un invento oportunista, sino una realidad constatable por una larga literatura y, por lo tanto, Chile se establece como un Estado partícipe del crimen de lesa humanidad que significó la trata de personas africanos y africanas.

Siguiendo con el texto que nos convoca, más adelante se indica que “Durante el debate de la ley 21.151, se presentó un estudio que mostró que el 90 % de la comunidad afro de Arica es urbana, y solo el 10% de los ellos participa de actividades culturales o sociales de la comunidad; y que la organización social “tribal” son en realidad tres ONGs. ¿“Tribales”?”. Es, sin duda, un argumento sin base pensar que para que un grupo de personas sea considerado en su particularidad histórica y cultural, en este caso como “pueblo tribal afrodescendiente”, tenga que tener una mayoría de población en zona no urbana. Es un anacronismo y esencialización indicar esto como argumento, el cual no se sustenta más que de la ignorancia histórica, pues, las miles de personas que llegaron a Chile en calidad de esclavizados, en buena parte se situaron en espacios urbanos o en espacios rurales pero en trabajos domésticos. Lo que está en juego es pensar una salida distinta a la especificidad de las personas afrodescendientes chilenas de tronco colonial, es decir, las que están en el territorio que hoy comprende Chile desde antes de 1929. Si bien los afrodescendentes chilenos participan de la diáspora africana generalizada para toda América, nuestro territorio tiene particularidades y especificidades que deben ser consideradas al momento de comprender las características propias de este grupo.

Se vuelve, luego, a esgrimir el mismo argumento de más arriba: “En caso de que la Convención incorpore la categoría “pueblo tribal” será la única Constitución en América Latina, un caso raro. Las únicas constituciones que incluyen “tribal” son de Africa y Asia”, como si el hecho de que supuestamente la categoría de “pueblo tribal” no fuera propiamente americana le quitase valor o legitimidad a esta denominación reconocida en tratados internacionales y aprobada por la ley 21.151. Por otra parte, que Chile sea un caso (supuestamente) único, no le quita validez al reconocimiento ni a su contenido.

Cuando el texto, más adelante, refiere escuetamente la discusión para la aprobación de la ley, el anónimo autor(a) indica lo siguiente: “Los senadores propusieron incluir una norma que acotara expresamente el reconocimiento solo a la comunidad afrodescendiente de Arica. Entonces surgió otro problema. El senador Insulza informó que las familias afro de Arica que demandaban la ley, en rigor, son de Arica y Tacna” lo que generaba, según el texto, un problema: “lo que informó el senador Insulza es que el grupo de Arica al que se le reconoce estatus de “pueblo”, son afro chileno-peruanos”. Este argumento tampoco es consistente, pues es reconocido que ni siquiera los Pueblos Originarios se distribuyen tradicionalmente o históricamente dentro de los límites de los estados nacionales modernos, por lo tanto argumentar que esta razón invalidaría el reconocimiento afrodescendiente chileno, el hecho que comparta ancestría con personas que habitan lo que hoy es Perú, no tiene sustento legal, pues podría ser extensivo a los Pueblos Originarios chilenos que también son reconocidos en Argentina, Bolivia y Perú.

Luego, el texto copia brevemente y extractado el artículo 2° (que hemos trascrito más arriba), en el cual se indica quiénes son reconocidos como afrodescendientes chilenos por ley. Ante este extracto, se comenta “¿cómo probar y distinguir población que desciende de africanos traídos entre los siglos XVI y XIX? Además, esa definición resulta discriminatoria respecto a los cientos de miles de afrodescendientes chilenos actuales”. Si el argumento consiste en que el reconocimiento a los afrodescendientes de tronco colonial, los que integran el Pueblo Tribal que han habitado y habitan todos los territorios del actual Chile irá en desmedro de los otros afrodescendientes sobre los cuales se antecede su nombramiento de nacionalidad antes que de afrodescendencia (haitianos, colombianos, etc.) y que han migrado a Chile en los últimos 100 años, el foco no debería estar puesto en el no reconocimiento del Pueblo Tribal o de los Afrodescendientes Chilenos, sino en cómo se pueden comprender a estos dos grupos diferenciados, pero participantes de una historia común continental. Es decir, la discusión podría centrarse en que es necesario y posible reconocer a ambos grupos, con las diferencias legales pertinentes y propias de la diversa situación histórica vivida en relación al Estado de Chile.

Más abajo, el anónimo señala, basándose en el informe de la tramitacipon de la ley disponible en la Biblioteca del Congreso, “Es posible que, por ejemplo, descendientes de migración afroperuana o afrocolombiana reciente, tengan la nacionalidad chilena y cumplan con los demás requisitos del proyecto, pudiendo acceder a la categoría de pueblo tribal”. Esta situación podría limitarse, pues quienes se identifiquen como afrochilenos del pueblo tribal –y que debieran legítimamente participar del futuro Congreso y la nueva Constitución– deberían probar mediante mecanismos establecidos que sus ancestros inmediatos (padres, abuelos, bisabuelos) habitaban en territorio chileno desde sus nacimientos. Para quienes tengan una identidad afrodescendiente por motivo de una migración africana o afrodescendiente americana llegada en los últimos 100 años, deberían ser reconocidos con otro estatus, pero sin nunca ir en desmedro de sus derechos como personas afrodescendientes, según lo indican los tratados internacionales. En otros países americanos existen diferentes categorías para designar a los diversos grupos o pueblos afrodescendientes, por lo tanto, Chile no sería la excepción.

Y agrega el texto, aumentando el evidente miedo a la “africanización” de la sociedad chilena: “Con toda naturalidad se habla en círculos convencionales acerca del “pueblo tribal afro chileno colombiano” “pueblo tribal afro chileno haitiano”, “pueblo tribal afro chileno venezolano” etc. Son más de 200 mil afrodescendientes chilenos y 500 mil migrantes”. Para dilucidar estas posibles confusiones, propongo que es necesario hacer esa separación entre los descendientes de quienes habitaban el territorio desde hace 100 años hacia atrás, y quienes son descendientes de migrantes posteriores que ostentan otras nacionalidades de origen. Aquello, nuevamente, sin ir en desmedro de los derechos de todas las personas afrodescendientes según indican tratados internacionales, pues es necesario recordar el carácter trasnacional y transcontinental de la trata de esclavizados, la cual no conoció las fronteras de los Estados nacionales actuales, y, por lo tanto, la reparación deben hacerla todos los Estados herederos de los territorios colonizados en América.

El texto va más allá al exponer sus miedos, y nos indica: “No se toma el peso a lo que proclaman los activistas afro transnacionales que están detrás de la presión a la Convención de Chile, acerca de que son una “pan-etnia”, un solo “pueblo afrodescendiente” continental, que comprende a 160 millones de personas en Latinoamérica”. Este argumento, más allá de toda racionalidad, posee el rasgo de ser abiertamente racista. ¿Cómo desconocer el crimen de la trata de esclavizados hacia América durante 400 años, y cuestionar el hecho de que es efectivamente un problema histórico que nos afecta a todos los países del continente americano?

Siguiendo, más abajo, con la serie de preguntas, el anónimo indica que “¿La Convención no se ha dado cuenta que incluir la categoría inventada de “pueblo tribal” implica que la soberanía residirá también en el “pueblo tribal” afro chileno-peruano, “pueblo tribal” afro chileno colombiano, “pueblo tribal” afro-chileno venezolano? Y en cuanto pueblo se invente”, lo que se establece como un argumento falaz y desproporcionado, toda vez que es posible establecer limitaciones a las consideraciones sobre quienes se entienden como integrantes del Pueblo Tribal Afrodescendiente Chileno, y nunca se ha hablado de “inventar” pueblos, sino de reconocer colectividades que tienen particularidades históricas específicas, como lo son los pueblos afrodescendientes.

Finalmente, el anónimo expone que “La inclusión de la categoría “pueblo-tribal” es un experimento transnacional, que generará serios conflictos constitucionales y de gobernabilidad de la pluralidad en Chile, con alto riesgo de incrementar el racismo y el “tribalismo”, además de dejar en la indefinición los derechos de miles, cientos de miles, de personas afrodescendientes”. Por una parte, más que experimento, podría decirse que es la búsqueda de generar la condición de posibilidad para el necesario reconocimiento y reparación a personas y grupos negados y discriminados en la historia de los estados nacionales. Por otra parte, respecto de la supuesta “indefinición” de miles de personas afrodescendientes que no pertenecerían al Pueblo Tribal Afrodescendiente Chileno, es un tema que igualmente puede estar presente en la discusión, toda vez que se defina cuáles serán las personas consideradas afrochilenas del Pueblo Tribal (tronco colonial) y cuáles como afrochilenas descendientes de migrantes. En las distinciones que se establezcan, debe poder satisfacerse los requerimientos de los tratados internacionales sobre reparación histórica.

Por último, y para finalizar esta revisión, preciso decir que existen varios elementos a tener en consideración a la hora de comprender la necesaria acción reparatoria de los Estados, y la inclusión de personas en colectivos diferenciados dentro de un Estado.

Primero que nada, y en términos generales, los grupos humanos tienen derecho a la autodefinición y a tener su propia identidad, la cual no puede ser negociable en cuanto a identidad, sí en cuanto a prerrogativas y derechos dentro de un Estado que reconoce, asimismo, otras colectividades. Esta discusión tiene que partir de la base de que, si existe un colectivo que se autodefine por diversas razones como “pueblo”, es deber iniciar la discusión teniendo esto en consideración de partida. La negación de la categoría de pueblo, al Pueblo Tribal Afrodescendiente, desconoce la larga lucha por el autorreconocimiento en un proceso de etnogénesis no exclusivo de ellos, sino de muchos pueblos hoy reconocidos con escaños reservados en la Convención Constitucional. Los procesos de etnogénesis son el resultado presente de sistemáticas acciones negacionistas y de exterminio que propiciaron y ejecutaron los Estados nacionales de las Américas durante todo el siglo XIX y XX, y no surgen del capricho de un grupo aislado.

Los colectivos afrodescendientes no corresponden históricamente al mismo tipo de colectivo migrante de los muchos que existen dentro de los Estados modernos, puesto que descienden de personas provenientes de la trata de esclavizados, lo que marca una esencial diferencia, y su reconocimiento se hace perentorio en el día de hoy.

3 de abril de 2022

 

**Referencias

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Arre Marfull, Montserrat, “Amos y esclavos en tierras del Limarí: un estudio de genealogías cruzadas”. en Sergio Peña Álvarez (ed.), Entre Vuelos y Pájaros. Estudios históricos y lingüísticos sobre el Limarí. Homenaje a Guillermo Pizarro Vega. Ovalle: Corporación Cultural Municipal, pp. 225-246, 2019.

Arre Marfull, Montserrat, González Romero, Rafael, Madrid Moraga, Luis y Sanzana Sáez, Andrea, Antecedentes para estudiar la presencia afrodescendiente y afromestiza en la Región de Coquimbo. Siglos XVI-XIX, Ovalle: Corporación Municipal de Ovalle, 2020.

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González Undurraga, Carolina, “En busca de la libertad: la petición judicial como estrategia política. El caso de las esclavas negras (1750-1823)”, en Tomás Cornejo & Carolina González (Eds.), Justicia, poder y sociedad en Chile: recorridos históricos (pp. 57-83), Santiago: Editorial Universidad Diego Portales, 2007.

Loyola Palacios, Margot y Cádiz Valenzuela, Osvaldo, Me niegan pero existo: la presencia e influencia del negro en la cultura chilena, Santiago: Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, FONDART, 2013.

Mellafe, Rolando, La Introducción de la esclavitud negra en Chile: tráfico y rutas, Santiago: Ediciones de la Universidad de Chile, 1959.

Muñoz Correa, Juan Guillermo, “El apellido Gumera: fichero de mulatos y españoles en Chile”, en Origen. Genealogías de familias chilenas, n° 4, pp. 71-79, 1987.

Ogass Bilbao, Claudio, “Por mi pecio o mi buen comportamiento: oportunidades y estrategias de manumisión de los esclavos negros y mulatos en Santiago de Chile, 1698-1750”, Revista Historia, vol. 42(1), pp. 141-184, 2009.

Perucci González, Cristián, “Runaway Freedom: Fugitive Black Slaves’ Destinies in Late Colonial Chile (1760–1805)”. en Indigenous, Aboriginal, Fugitive and Ethnic Groups Around the Globe, IntechOpen https://www.intechopen.com/books/indigenous-aboriginal-fugitive-and-ethnic-groups-around-the-globe/runaway-freedom-fugitive-black-slaves-destinies-in-late-colonial-chile-1760-1805-, 2019.

Quilaqueo Gallardo, Víctor, “ ‘Un negro biejo nonbrado Alexandro...’ Relaciones sociales en el seno de una estancia colonial. Chile Central, 1680-1692”, Tesis para optar al Grado de Licenciado en Historia. Universidad de Chile, 2004.

Zúñiga Ide, Jorge, La consanguinidad en el Valle del Elqui. Un estudio de Genética de población humanas, Ediciones de la Universidad de Chile, Sede La Serena, 1980.


sábado, 17 de julio de 2021

Castamar: nobles y plebeyos

 

“La cocinera de Castamar” (2021)

Por M.N.A.M

La serie histórica española “La cocinera de Castamar” estrenada en febrero de 2021, dirigida por Iñaki Peñafiel y Norberto López Amado, basada en la novela homónima, publicada en 2019 por Fernando J. Múñez, ha sido la última producción que me ha tocado ver, sugerida por Netflix (hace unos meses tuve a bien ver “Bridgerton”, serie de similares características, la cual finalmente no comenté en escrito, aunque tuve muchas ganas).

La pareja romántica protagonista de esta historia, Diego de Castamar (Roberto Enríquez) y Clara Belmonte (Michelle Jenner), comparte aventuras y desventuras en esta recreación de época, bien lograda y claramente revivida a partir de una mirada del siglo XXI, donde junto a una trama y personajes reconocibles para este tipo de producciones, somos capaces de asistir a una propuesta crítica y renovada, donde aparece, entre otros elementos, una reflexión sobre el lugar de la mujer en la sociedad tradicional, tanto en las clases nobles como plebeyas, una mirada a la homosexualidad, la experiencia cotidiana y las relaciones entre las clase sociales, las enfermedades mentales y la presencia de afrodescendientes y esclavitud de origen africano y sus dinámicas en la sociedad española del 1700.



Dejando fuera algunas cuestiones que me parecen simples efectos de marketing, especialmente escenas de sexo más o menos explícitas en momentos que no venían tan al caso, ya usuales en algunas de estas series, especialmente en los primeros capítulos para captar la atención de cierta audiencia (lo que no critico, y hasta en ocasiones celebro, siempre y cuando estas escenas sean necesarias para dar cuenta de las relaciones entre los personajes y sean tratadas adecuadamente, pero, a veces, parecen estar de más), la serie nos da un recorrido por diversos aspectos ya profundamente documentados por la historiografía de los últimos 50 años, especialmente, que nos ha contado cómo era la vida en la Europa del siglo XVIII. Me refiero a aspectos que nos llevan a ahondar en las vidas privadas, las emociones, la historia de las mujeres, la historia del bajo pueblo, de las enfermedades y de la esclavitud y afrodescendencia, más allá de la historia de las élites, los grandes personajes y los reyes y sus hazañas.

Hay muchos elementos que me gustaría hacer notar, por llamativos, y por ser aspectos que logran captar una sensibilidad actual sobre temas que nunca sabremos a ciencia cierta cómo fueron abordados en su momento contemporáneo. Sin embargo, y esto es lo esencial, la representación de una época otra siempre la realizamos, tanto historiadores, como novelistas o cineastas, en base a lo que queremos decir hoy. Bregamos, claramente, contra los anacronismos, e intentamos ser lo más fidedignos al “espíritu de la época” o a la “mentalidad del siglo”, pero sin duda los valores, descubrimientos y problemáticas del hoy se inmiscuyen en nuestra interpretación del ayer.

Estoy segura que una historia como “La cocinera de Castamar” (o la misma “Bridgerton”) no podrían haber sido escritas, tal cual, en el 1850, 1900, ni siquiera en 1980. Sólo los cuestionamientos surgidos a partir, especialmente, de una historiografía profundamente crítica de las hegemonías, desde las miradas de la subalternidad, del feminismo, de las posturas decoloniales, poscoloniales y desde los estudios afrodescendientes, que han calado profundamente en la teoría y metodología actual a todo nivel, han posibilitado el surgimiento de esta literatura.

No ahondaré en los muy complejos y diversos entramados entre personajes, sólo me interesa resaltar algunos asuntos. Primero, el protagonismo otorgado a Clara, la cocinera, quien da título a la obra y a la serie. Su función en la narración es esencial desde varios puntos de vista, más allá de su funcionalidad como la pareja romántica del duque de Castamar, cuyo amor se desarrolla durante toda la serie y sólo se consuma al final de la misma (primera temporada). Ella, a través de su relación con los diversos personajes, los de la cocina o plebeyos y los de la casa o nobles, es el ingrediente aglutinador que permite humanizar ambos espacios, que logra hacer de los problemas de unos y otros, problemas eminentemente humanos. Aquella es su explícita consigna desde el inicio de la serie: todos somos iguales, en lo externo no somos realmente nosotros, sino que lo somos en las oscuridades y secretos que llevamos dentro y nos cuesta, a veces muchos años, expresar. Es aquello lo que nos determina como personas.

En ese sentido, el símil que realiza la voz narrativa de Clara en algunos momentos de los capítulos, entre las amalgamas de sentimientos y experiencias y las preparaciones de las comidas, dan como resultado una metáfora de la vida misma, trasmitida a través del quehacer culinario, que se transforma en el hacer propio de lo humano: todos comen, todos estamos determinados, en última instancia, por lo que comemos (por lo que esconde la preparación de cada comida).

No puedo negar que, en este aspecto, la serie me recordó la novela de la mexicana Laura Esquivel “Como agua para chocolate” (1989) también llevada a la pantalla con gran éxito en 1992. En otros momentos, especialmente a partir de la dupla antagonista representada por Sol Montijos y el marqués de Soto, hay fuertes evocaciones a “Dangerous Liaisons” película estadounidense de 1988, basada en la novela epistolar del siglo XVIII “Las amistades peligrosas” (“Les Liaisons dangereuses”), del francés Pierre Choderlos de Laclos. En ese sentido, “La cocinera de Castamar” retoma argumentos y temáticas no sólo de la historiografía, sino de otras tantas obras literarias reconocidas.

Antes de pasar a mencionar un punto esencial que me urge indicar, mencionaré dos aspectos que me parecen bastante curiosos, no por su presencia, sino por su ausencia: el elemento religioso y los bailes de salón.

Normalmente, cuando se evocan estas épocas de antiguo régimen o de sociedades tradicionales, incluso hasta avanzado el siglo XIX, pero sobre todo los siglos anteriores, y especialmente cuando se remiten a historias referidas a las clases altas o la nobleza, el elemento religioso suele ser esencial, especialmente si pensamos en España. No hay que olvidar que la religiosidad católica marcaba el calendario anual, las devociones personales, los momentos de la vida, nacimiento, matrimonio, muerte, y todos los ámbitos de la vida, incluso la sexualidad, y que normalmente uno o más integrantes de una familia en cada generación terminaba adhiriendo al clero secular o al espacio monacal.  

No quiere decir que todas las personas fueran, por el hecho de vivir en aquel entonces, profundamente religiosas, sino que una importante parte de los eventos sociales, tanto positivos como negativos (por ejemplo, ajusticiamientos) estaban marcados por dicha religiosidad. Es cierto, que el siglo XVIII marca, a lo largo de sus años, un proceso de cambio en el sentir de las sociedades occidentales, la “razón” comienza a “circular” por doquier, como discurso organizativo de algunas nuevas sociabilidades. No obstante, la sociedad española sigue siendo profundamente católica, y la acción del clero y el mundo monacal es tremendamente relevante. El elemento religioso, si bien aparece, pues vemos a algunos de sus personajes rezar frente a algún altar privado o con rosarios, no parece ser un espacio de mucha recurrencia para la sociedad representada en la serie, pues se tiende a resaltar los eventos sociales de tipo secular y sin invitados eclesiásticos de relevancia (nota: el único que parece sentir una culpa ligada al sentir religioso es uno de los personajes homosexuales).  

Por otra parte, los bailes de salón que tanta importancia tienen en producciones de época como las películas o series basadas en los libros de Jane Austen, o en películas como “Vanity Fair” (2004) basada, asimismo, en la novela “Vanity Fair: A Novel without a Hero” (“La feria de las vanidades: una novela sin héroe”) del autor inglés William Makepeace Thackeray publicada en 1848, prácticamente no aparecen en esta serie. Lo importante de las reuniones son las conversaciones y contubernios y, por otra parte, la comida. Vemos, eso sí, aparecer bailes improvisados que organiza el servicio de la casa Castamar, con música popular cantada, que ejemplifican la festividad plebeya de aquel entonces.



Luego de estas reflexiones intertextuales de la serie, o bien, de las ausencias intertextuales, apuntaré a un tema que me parece de suma relevancia en el presente: la presencia de personajes afrodescendientes no esclavos y la relación de éstos con la esclavitud. Hasta el momento no tengo información de los motivos que tuvo el autor de incluir estos personajes, y sería pertinente preguntarle (y la tentación está puesta en ello) ¿dé dónde sacó esta idea? De la historiografía leída, de algún caso real documentado, o inventó al hermano negro del duque, Gabriel de Castamar.

A primera vista, parece un “neologismo” del siglo XXI, toda vez que tenemos muy presente la serie “Bridgerton”, y sabemos que en la novela homónima Simon Basset o la Reina Carlota no eran precisamente personajes con rasgos afrodescendientes. Sin embargo, si miramos con más atención la historia propiamente tal (y eso es lo que he hecho durante los últimos 15 años) sabremos que descendientes de africanos negros presentes durante el antiguo régimen en la alta sociedad ibérica, España y Portugal, no eran cosa extraña. Quizás no tan común, pero no extraña. Y, qué decir, de afrodescendientes en espacios plebeyos, como libres o esclavos: aún más común. Es decir, la interculturalidad o la interracialidad estaba a la orden del día en la península, aunque no sea un lugar común del imaginario actual, y tendamos a sorprendernos cuando vemos a estos personajes negros en este tipo de series.

No es mi afán contar detalles mayores de la serie “La cocinera de Castamar”, sino estimular a que quienes lean esta humilde reseña crítica, puedan acercarse a ella, disfrutarla y también analizarla. Sin embargo, no puedo dejar de mencionar que me parece tremendamente relevante, para los tiempos que corren, que se le asigne a Gabriel, el hermano adoptivo del duque protagonista, un pasado de esclavizado: Gabriel es realmente hijo de la media hermana de la matriarca de Castamar, que había nacido de los amores del antiguo duque con una esclava. Me parece de vital relevancia dar cuenta de esta práctica usual en este mundo esclavista: hijos e hijas de amos con esclavas negras son cosa más que común, y muchos de estos descendientes llegaron a ocupar, tanto en la península Ibérica como en América, lugares importantes en las familias. Dar cuenta de esta realidad pasada escasamente visualizada o representada en cierto tipo de novela o filmografía histórica europea (y americana) más tradicional o extendida, me parece que es de perentoria importancia: tenemos que hacernos cargo del relato histórico con cada uno de los participantes en él, con todas sus particularidades y complejidades.

No queda más que invitar a aprovechar las posibilidades de Netflix, y asistir a una de las buenas series históricas que ha producido la televisión española, que, sin duda, se une a una lista de buenas y muy buenas producciones que hemos visto aparecer en nuestro idioma en los último 20 años.

 

martes, 9 de febrero de 2021

Comentarios a propósito de la lectura de "Coquimbo Episodios Coloniales. Los claroscuros del desierto" de Nicole Pardo-Vilú (Acto Editores, 2021)

"En esas gratas charlas de sobremesa familiar"

Luis Madrid Moraga, 8 de febrero de 2021

@madridluis1814


La lectura de “Coquimbo Episodios Coloniales” resultó en una sorpresa grata e instructiva.

Grata, en primer lugar, por la pluma de la autora que supo congeniar la investigación histórica con la ficción que muchos y muchas soñamos como una forma de acercarnos al pasado y, más aún, viajar en el tiempo. El viaje hacia atrás implica sumergirnos en lo que filmes y novelas nos muestran con contenidos cotidianos y generales; al llegar a la última siesta del siglo XVIII, la novela de Nicole Pardo-Vilú nos sitúa en una mentalidad posible de un grupo de mujeres esclavizadas afrodescendientes, ya sea en el amor, en el sexo, la identidad, el desprecio, o el dolor. No es fácil imaginar -en definitiva esta es la materia prima intangible de la cual se nutre esta obra, al igual que cualquier otra- las visiones, ambiciones y sufrimientos de mujeres en nuestra historia, puesto que tanto ellas como la “infame” institución de la esclavitud, tal como fue llamada, han sido muchas veces desautorizadas en nuestros salones escolares y peor todavía, también en esas gratas charlas de sobremesa familiar, lugar primigenio de la maduración discursiva y argumentativa de niños y niñas en torno a conocimientos variados con sus padres y familiares. 

Es instructiva, por el simple hecho de decirnos que somos parte de una misma historia y por mostrarnos lugares comunes y conocidos por todas y todos. Al igual que voces, pieles, orígenes, injusticias y esperanzas, que nos dicen que no estaba tan lejano ese mundo, al parecer. 

De esta obra tenemos mucho para reflexionar, del mismo modo debemos hacerlo con nuestra historia y estoy seguro que estos ejercicios harán enormemente más grata las charlas de sobremesa, esas que discuten una historia lejana tan cercana como la esclavitud en Chile. 


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"Todos somos portadores de alguna porción de herencia de aquellos migrantes, voluntarios o forzados"

 Marcelo Arre Gutiérrez, 8 de enero de 2021

He tenido la oportunidad de leer el libro, recientemente aparecido, “Coquimbo Episodios Coloniales; Los claroscuros del desierto” de Nicole Pardo-Vilú. Su lectura, que ha sido fácil por su muy ágil estructura e interesante tema, no me ha dejado indiferente. Y puesto a pensar porqué ha sido así, he concluido que mi experiencia del paso por las clases de historia de Chile en el colegio de mi época (tengo casi 77 años) fue bastante restringida en cuanto a que aprendí a memorizar algunos hechos y fechas, pero no a entender las situaciones. Y respecto al tema de esta obra, que es el sistema y la trata de esclavos que se ocupó acá entre 1.536 y 1.823, prácticamente desde la invasión y conquista española hasta los albores de la patria chilena, sólo he venido a conocerlo más detalladamente cuando me he puesto a investigar algo hace algún tiempo. En mi época de escolar muy poco o nada se trató de ello, tal vez porque debía ponerse en entredicho a algunas instituciones que ampararon esta actividad. Por eso, considero de máxima importancia la publicación de esta obra, muy bien fundamentada, que viene a mostrar en forma práctica, amena, de lectura fácil, una realidad tremendamente cruel que se vivió en nuestras tierras (por cierto, no siendo exclusivo de acá) y que debiera llenarnos de vergüenza y, sobre todo, a aquellas instituciones que, en su momento, validaron este sistema. La trata de personas funcionaba porque la autoridad de entonces, eclesiástica y jurídica, le prestaron apoyo y legislaron para ayudar a su funcionamiento. Ninguno de ellos pensó en las víctimas al parecer. Recomiendo la lectura de este libro, nos lleva a una época y una realidad que se ha querido esconder u omitir al menos. Pero que debe ser conocida y servirnos de experiencia para estos días actuales en que, por ejemplo, vemos cómo las migraciones están provocando ciertos rechazos y problemas en el mundo. A menudo nos olvidamos qué, sin dudas, todos somos portadores de alguna porción de herencia de aquellos migrantes, voluntarios o forzados, que llegaron por estos lados desde hace 480 años. También olvidamos de que todos los seres humanos tenemos los mismos derechos y merecemos un trato justo.

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Más información:

La compra del libro es de manera directa con Acto Editores. Toda la información está en el sitio web www.actoeditores.com (ir a la parte de abajo).

Para cualquier consulta escribir a actoeditores@gmail.com

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