“Ninguno de nosotros cree que un desnudo es para ganar en el rating. Simplemente nos parece parte de una narración, de un erotismo que existía en una época donde las personas vivían pasiones bastante desatadas sin muchos códigos sociales que cumplir.” (Claudia Di Girolamo, La Segunda, 7 octubre 2011)
La Doña.
Decepción… la historia nos dará la razón o el dilema de la cultura televisiva
Por M.N.A.M., Licenciada en Historia Universidad de Chile
13 de Octubre de 2011
Millones de dólares en vestuarios y producción, un elenco de actores consagrados y nuevos rostros jóvenes, una historia ya conocida por muchos chilenos como parte de las leyendas nacionales. Sin embargo, una producción que, pese a algunas críticas positivas, a la sintonía y a las defensas de sus protagonistas, deja mucho que desear.
Catalina de los Ríos Lisperguer, La Quintrala, fue una mujer que pasó a la historia a través de la pluma del famoso historiador decimonónico Benjamín Vicuña Mackenna, tal vez por el impacto que habría causado por sus prácticas excesivamente violentas que escandalizaron a muchos santiaguinos del siglo XVII, y principalmente por ser ella una poderosa mujer de elite, que por cuya venas corría sangre alemana, india y española.
El argumento de la telenovela en sí es potente y atractivo: una mujer intensa e independiente en una época de fuerte control estatal, religioso y masculino, que se niega a ser controlada por los hombres, y que no teme en utilizar hechicería y violencia para lograr sus cometidos.
El poder que ostentaban por derecho los hombres blancos sobre las mujeres, es sin duda un tema esencial y que pone en tensión el actuar de esta mujer. Este poder, manifiesto en parte a través del control sexual sobre españolas, indias y negras, es innegable, como parte de las prácticas sociales conocidas, pero que no dejan de pertenecer al ámbito de la vida privada que, sin embargo, podía ventilarse en los estrados en caso de transgresiones como el adulterio, el amancebamiento y la sodomía (que quede claro que la homosexualidad como concepto, no era el utilizado en la época, como erróneamente se ha dicho en por lo menos uno de los capítulos).
Sin embargo, mucho hay de mito y mucho de verdad; y esa verdad también fue compartida por los contemporáneos de Catalina de los Ríos. Era una época violenta. Lo era. Los colonos españoles y europeos que se habían instalado en el territorio pugnaban por ganar espacio en las tierras indígenas que estaban ocupando de manera a momentos violenta y a momentos transada. La llamada guerra de Arauco era un peligro latente, y en cualquier instante se podían sufrir sublevaciones.
La Quintrala vivía en ese entorno agreste, parcialmente conocido, multicultural y en formación. Pero no era un entorno sin códigos sociales. Una sociedad no puede subsistir sin normas, sean estas de carácter legalista o bien de acuerdo común. La iglesia controlaba las vidas de todos, pero asimismo había espacios para las libertades soterradas, y las prácticas “poco católicas”, partiendo por la evidente legalidad del castigo corporal: el azote era la forma más fácil de hacer trabajar a un negro o a un indio porfiado, castigo que sin duda daba poder y muchas veces placer a sus ejecutores.
No obstante, teniendo un argumento tan potente, un entorno de época con tantas posibilidades, los guionistas y productores de esta nueva adaptación de la historia de la Quintrala no han hecho más que una versión de capítulos continuados y con ropajes antiguos de la ya conocida serie de Chilevisión “Infieles”.
Desnudos injustificados, escenas sexuales forzadas, irrelevantes, sobreactuadas. Una nula profundización de la psicología de los personajes, los cuales se delinean escasamente. Cada uno de los señores, españoles e indios parecen una caricatura de ellos mismos, mostrados a través de diálogos que carecen de contenido y redundan en el absurdo. Se suman las inexactitudes históricas, como por ejemplo el uso de conceptos nunca utilizados en la época, entre otras cosas.
Más allá de este mal tratamiento a la historia y del escaso, equívoco y torpe lineamiento de los eventos y personajes, se agrega que el relato se conforma de una sucesión de hitos, y no de una narración coherente. ¿Que acaso no trabajaban, no comían, no se reían, no se divertían sin entrar constantemente en conflictos? Se desaprovecha enormemente el potencial de mostrar la vida en aquel entonces, favoreciendo la atracción de sintonía que supuestamente da el recurso excesivamente usado por Chilevisión del desnudo y el sexo.
Enumerar las falencias de la producción es poco provechoso y demasiado extenso. Sólo pretendo agregar algunos puntos. Es curioso que los indios sean tan poco “nativos” y tan mestizos; mala elección de actores. Y me parece aberrante que se los caricaturice de manera poco fiel a lo que la historia ha contado sobre ellos en ese entonces.
Como se ha dicho, la sociedad americana y chilena en particular en aquella época era tremendamente multicultural. Un importante número de los habitantes de Santiago era de negros y mulatos, y muchos de ellos eran libres y no esclavos. No hay ningún africano o afroamericano en el elenco.
Pareciera ser que el móvil principal de todos es retozar en el establo o en cualquier parte con alguien, como si las únicas motivaciones de la gente en el siglo XVII fueran sexuales. Por qué caer en ese facilismo, cuando podrían complejizarse mucho más las tensiones existentes en estas luchas constantes de poder. No se siente a través de los personajes lo que se supone se debería sentir, el espectador no es capaz de identificarse con nada. Ese es el gran problema de este tipo de producciones rimbombantes y sin sentido.
Finalmente, debo decir que estoy totalmente en desacuerdo con la señora di Girolamo. Lamentablemente ella y otros en el elenco son buenos actores, que otrora, cuando el efecto sexo no era tan recurrente como forma de vender una historia, y las teleseries solían tener algo más de argumento y mejores guiones, fueron también protagonistas. Ahora están en esta decadente producción, que pudo haber instado a los televidentes a instruirse e interesarse un poco más en nuestra (maravillosa) historia, generando un relato más creíble y menos de telecomedia erótica.
Es lamentable que tanta sintonía se desperdicie en otra producción de esas que ya nos tiene cansados la televisión chilena, donde todo termina en una cama. Es triste ver que tanto trabajo en trajes y escenarios, se mal utilice para llenar de dinero nuevamente a algunos a cambio de productos mediocres, teniendo en nuestro país tantas mentes brillantes que por menos de la mitad del dinero podrían hacer obras de arte. Pero lamentablemente la televisión actual está lejos de llegar a ese nivel intelectual y espiritual, instando a los espectadores a que cada noche enciendan la TV a conformarse con “entretenerse” mirando estupideces.
