sábado, 4 de febrero de 2017

"Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir"



Blade Runner (Ridley Scott, 1982)

¿Qué se puede decir (que puedo yo decir) de una película que se ha convertido en un filme de culto, la cual fue estrenada un año antes de mi nacimiento?
El ciberpunk, género que se dice inaugurado en el cine por esta cinta, no ha sido nunca mi fuerte en mi prontuario de espectadora. Tal vez ningún género sea mi fuerte, sólo busco ser sorprendida, impactada, invadida. Cuando algo ha sido tan recomendado, a veces la expectativa supera la realidad. Sentí eso al ver Blade Runner por primera vez, siendo ya adulta (espero verla una segunda vez en algún momento).
Lo que me ha parecido inmediatamente atractivo:
La estética distópica, bien lograda, mezcla de arquitectura neogótica con elementos del antiguo egipto, la noche perpetua, humo, fuego y lluvia, para generar el ambiente apocalíltico, lo que se une con esa “invasión oriental”, de luces de neón, las lenguas y la comida, que agudiza esa sensación de eclecticismo decadente.
El límite acuoso, permeable, entre lo humano y lo no humano, que permite hacer conjeturas infinitas, y percibir un sentido profundo en el juego de hombre queriendo ser un dios (creador y controlador).
Los personajes, con su puesta en escena arquetípica y modélica, el cazador retirado (el mejor que existe) que se llama para la última cacería, la chica replicante humanizada que logra amar, los replicantes que buscan a su creador para prolongar su vida y mueren en el intento.
El sentido profundo de la “imagen” dentro del universo de los personajes: la fotografía y el recuerdo. Son humanos quienes recuerdan, y quienes recuerdan sienten, puesto que el sentir se relaciona con reactivar lo que antes ya hemos pasado, lo que dejamos (por ello, el mundo que olvida, es un mundo deshumanizado, sólo la memoria nos humaniza).
Lo débil según mi primera impresión: tal vez su ritmo y la carencia de grandes diálogos (excepto las partes del replicante Roy), no me permitió sentir gran emoción, incluso en los momentos clave de la historia. Sin embargo, la atmósfera sonora crea una sensación de intranquilidad y expectación constante, a pesar del final más o menos predecible.
Sin duda, una de las mejores cosas de Blade Runner es volver mentalmente sobre la película y realizar una reflexión desde lo visto. Quizás eso sea lo más interesante o definitivo de la propuesta del filme, ir descubriendo, en retrospectiva, lo que no se vio en una primera aproximación.
¿Era Deckard un replicante a quien le habían fabricado una memoria de blade runner? ¿Cuánto tiempo de vida restaba a Rachel, y si la respuesta anterior es “sí”, cuanto le restaba a Deckard? ¿Es la vida física lo que permite prolongar la vida real, o sólo bastan los recuerdos? ¿Podrá la ingeniería genética alguna vez crear replicantes? Y si así fuera ¿cuáles serían los límites de estas creaciones y nuestros propios límites respecto de ellas? ¿Estamos preparados para humanizar lo no humano, o en ese camino en realidad deshumanizamos lo humano?
A fin de cuentas, una de las preguntas esenciales del género ciberpunk, y de este filme en particular, se relaciona con la interrogante clave de una larga y amplia literatura que une ciencia y arte: ¿Qué es lo realmente humano y dónde acaba? Tiempo, amor y muerte (tres tópicos que me ha  seguido curiosamente en estos días), es lo que nos define (tal vez) en tanto humanos: todo está en nuestra memoria y es rescatado a través de nuestros recuerdos. Somos recuerdos.

Por Lafayette