miércoles, 22 de enero de 2025

100 años no son nada. Creo que el tiempo es cíclico

Algunas personas dicen que la historia no se repite. Que no es posible que vuelva a pasar exactamente lo que ya pasó, y que siempre el devenir temporal de los seres humanos es un nuevo acontecer. La historia, entonces, sería lineal. Sin embargo, desde la antigüedad hay quienes han dicho que el tiempo es cíclico. Que la humanidad ha vivido procesos cíclicos y que una y otra vez volvemos al mismo punto en la lógica de nacimiento, desarrollo, decadencia y colapso que permitiría volver a una nueva era dorada de renacer una y otra vez.

Yo no soy filósofa de la historia. Intento ser una buena historiadora, pero mi materia que es el tiempo, el tiempo humano, me llama a veces para que pueda examinarla y preguntarle sobre su naturaleza.

Cuando viví en Lisboa, Portugal, el año 2016, varios países de Europa estaban recién repuntando de una crisis económica que los había golpeado fuerte, y los países más ricos de la región se encontraban en un conflicto con los miles de refugiados de países africanos y de medio Oriente que en ese entonces escapaban de diversas guerras, la más conocida la Guerra en Siria que inició en 2011.

Mirando las noticias cada mañana, me percaté de lo diferente que es el mundo cuando lo vez desde un país europeo, de cuáles son las prioridades y problemáticas, que suelen ser distintas desde el extremo sur de América del Sur.

Sin embargo, Portugal era un país tranquilo, y a pesar de estar recién saliendo de la crisis económica, la gente vivía bastante bien. El costo de la vida era igual que en Chile, excepto tal vez por el transporte público algo más caro, pero los sueldos eran mucho mejores; además, la salud y la educación eran servicios públicos. Me tocó experimentar de cerca la educación escolar gratuita, mis hijas estudiaron todo un año en una escuela pública. Más del 80% de la escolarización era pública y gratuita.

Una de las cosas que aprendí en Portugal fue que no toda dictadura es afín a los militares, o que nuestra dictadura chilena de Pinochet fue diferente a la dictadura fascista de Salazar. Fueron los militares los que propiciaron la Revolución de los claveles que se conmemora cada 25 de abril, y que da fin a la dictadura en 1974. Portugal había estado sometida a gobierno dictatorial desde 1925; casi 50 años. El 25 de abril de 2016 que viví allá asistí a una hermosa celebración; la usual que todas mis colegas de la Universidad de Lisboa tenían cada año: una marcha por una de las principales avenidas de la ciudad en cuya vanguardia se encontraba un tanque con un clavel en su cañón. El grito principal que me llamó la atención coreaba “25 de abril siempre, fascismo nunca más”. Quedó grabado en mi memoria, porque en ese entonces me parecía que era una frase que evocaba un mundo pasado, y que había cierta afirmación que se hacía que no era necesaria de hacer: el fascismo, para mí, tal como se experimentó en buena parte del siglo XX, estaba muerto.

Había sí grandes problemas sociales en el mundo: las guerras, el racismo, la trata de personas, crisis económicas, en fin, estaban a la orden del día, pero decir fascismo era como decir monarquía absoluta, algo raro en el mundo occidental del siglo XXI.

Otra cosa que me llamó la atención fue la presencia del partido comunista en el espacio público. Y no era solo esos carteles o rayados que se suelen pegan en las paredes, como en el centro de Santiago de Chile (que también los había), si no que estaba instalada una gigantografía en el cruce de dos avenidas muy significativas: Avenida de la República y Avenida de las Fuerzas Armadas, que animaba a la gente a inscribirse en el partido comunista. De hecho, me parecía tan curiosa, que nos sacamos fotos, porque me pareció que era algo que podría haber visto en 1920, pero era anacrónico en 2016. Sabiendo que el partido comunista en el mundo gozaba y goza de plena salud, en mi percepción me parecía que ser comunista era como ser católico: había muchos creyentes, pero no eran la tendencia de moda.

Todo ello me dio la impresión de estar en un país que había superado sus contradicciones, en un continente que en general también las había superado: democracias liberales que apostaban por el bien común, que no se rebajaban a volver a las extremas dicotomías de antaño, y que toleraban partidos como el comunista, porque en verdad no estaban ya las cosas para hacer realmente la revolución. Y, claramente, Portugal se mostraba como un país que había dejado atrás la ultraderecha y todo lo que oliera a fascismo.

El año 2024, a 50 años de finalizada la dictadura de Salazar, en el congreso portugués asumieron nuevos congresistas, más la mitad de ultraderecha, de esa que, aunque no quiera reconocerlo, o se ponga mil etiquetas, en verdad admira a figuras como Hitler, Mussolini, Franco o Salazar. Una ultraderecha que ha emergido en el mundo occidental, por lo menos hasta lo que sé, en varios países de América y en varios de Europa (desconozco qué pasa en África, Asia y Oceanía), tímidamente desde 2010 y con toda su potencia después de la pandemia del Covid-19.

Ya varios analistas lo han dicho, a propósito de la emergencia de discursos y prácticas fascistas y de ultraderecha que eran impensadas en la política oficial hace 15 años: ¿las condiciones que se han generado en el norte global son semejantes a las que se vivían hacia 1920? Muchas cosas han cambiado, ciertamente, pero otras tantas son casi una réplica literal.

Esta sensación de dejá vu la sentí ya desde 2014, cuando comencé a estudiar los discursos literarios e historiográficos racistas y el racismo científico entre 1850 y 1950, y me di cuenta que había cosas que se publicaban en periódicos o circulaban en revistas, por ejemplo, que le podríamos cambiar la fecha y era posiblemente lo mismo que alguien podría decir el día de hoy, tanto en cuestiones referente a las crisis políticas, económica, las guerras, la lucha social, y sobre el tema de las diferencias raciales.

Ese dejá vu era incómodo, y me preguntaba cómo nadie más lo veía ¡Necesitamos más clases de historia! Sin embargo, no era en ese entonces, hace 10 años, tan alarmante como hoy. Por que lo que eran a inicios del siglo XXI disparates de gente fanática o conspiranoica, discursos y pensamientos que aún eran políticamente inapropiados, cosas que no llegaban a las altas esferas ni a las grandes masas, hoy son cosas totalmente normalizadas, vistas como posibilidades en un abanico de “libertad de expresión” mal entendida; y es más, para muchas y  muchos (¡demasiados diría yo!), es el único camino a seguir, a partir de esa necesidad de superar la supuesta “decadencia” creada por las acciones en pos de la tolerancia cultural y el antirracismo, en favor de las mujeres y las minorías sexuales, del respeto por el medioambiente, y otras tantas consignas que emergieron desde la década de 1960 especialmente, pero que se consolidaron desde la última década del siglo XX.

Ahora, mi incomodidad y sorpresa han pasado a desazón y temor.

La llegada de Donald Trump nuevamente al poder, elegido por los estadounidenses, recargado, rearmado, y fortalecido con el apoyo de los magnates de las redes sociales y de las empresas tecnológicas más importantes del mundo, en un contexto de crisis moral, política, económica abrumadora para buena parte del hemisferio occidental, tanto del norte como del sur global, donde han emergido partidos nazi y de ultraderecha afines a los nazi o al fascismo (de manera implícita o explícita), es un escenario, por qué no decirlo, trágico.

La soberbia y autoridad burlona con que Trump, Musk y otros se están moviendo en este momento, lanzando sus ofensas, ataques y amenazas a quien se les cruce para el logro de sus intereses, es la prueba fehaciente de la gravedad de las circunstancias actuales.

¿De verdad, no hemos aprendido nada, las lecciones del pasado se olvidaron completamente?

La aseveración de “si no me pasa a mí, no importa, porque en verdad no pasa” del mundo neoliberal llevada al extremo en una individualidad narcisista está cobrando ya sus víctimas. Vivimos en un mundo enfermo, donde hay muchas mentes y cuerpos que han luchado, luchan y seguirán luchando por la justicia social, por los derechos humanos, por la protección de nuestro planeta (¡que es de todos!), pero, como sabemos, los que muchas veces llegan al poder (y a este nivel de poder) son los que no les importa velar por el bien común, sino por sus propios intereses, egoísmos y obsesiones que disfrazan de un discurso universal de beneficios y bonanza, de un discurso de “libertad”.

No es posible que olvidemos de repente, como humanidad, las atrocidades del pasado, que comenzaron a partir de teorías conspiranoicas, mentiras, prejuicios y odio fundado en la intolerancia a la diferencia y rechazo a la equidad; peor también, en el miedo y en la inseguridad de ser desplazados del centro de poder por esos otros considerados inferiores. No podemos olvidar las innumerables matanzas a personas y pueblos afrodescendientes e indígenas en las Américas, en nombre de la civilización y pureza racial; no podemos olvidar la misoginia de la ciencia moderna que fundamentaba la inferioridad de la mujer y que tanto ha costado desarticularla, ni la criminalización de la homosexualidad, que tantas vidas ha cobrado; no podemos olvidar la esclavitud y la colonización en África y Oriente, y las masacres que sufrieron varios de sus pueblos antes y durante lo procesos de descolonización; no podemos olvidar el exterminio de judíos, comunistas, homosexuales y discapacitados que propició y ejecutó el nazismo, y los brazos colaboradores que tuvo esa despreciable ideología en las dictaduras latinoamericanas, como fue el caso de Chile.

Temo por el presente, y por el futuro. Temo porque aún me quedan muchas cosas por vivir, y tengo unas ansias enormes por transmitir lo que sé, pero ¿servirá de algo? ¿Qué debemos esperar de las nuevas generaciones?

Temo porque tengo hijos, a los que heredaremos un mundo convulso. Un mundo donde tal vez nos enfrentemos a una tercera guerra mundial. Pero ahora, ahora si que podría ser peligrosa. ¿Nuestro planeta, resistirá? ¿Nuestras sociedades tal como las conocemos, sobrevivirán?

Estados Unidos no dudó en usar la última tecnología en armas el mes de agosto de 1945, lanzando dos bombas atómicas sobre Japón, aliados de la Alemania nazi. Estados Unidos hoy en día está en una situación crítica, como imperio que ve su pronta caída frente a otros poderes económicos, como China. Pero, es en ese preciso momento, en el juego del todo o nada, que los poderosos que han perdido toda perspectiva humana no temen lanzar toda la artillería, porque saben que en última instancia si cae su régimen, ellos van a vencer igualmente: van a haber logrado su cometido, que era pasar a la historia como alguien que tuvo el mayor poder del mundo y lo utilizó, no para el bien (¡qué tontería es esa!) sino para destruir a esos otros que se han convertido en los enemigos de aquella superioridad.

Es triste ver que la consigna del 25 de abril portugués no era solo un recuerdo de aquel despertar de 1974, si no un mantra que deberíamos repetir constantemente en las escuelas, en nuestros hogares, en los espacios públicos y privados: racismo nunca más, intolerancia nunca más, crímenes de odio nunca más, torturas nunca más, exterminio nunca más, discriminación nunca más, supremacía racial nunca más. Porque vemos que después de algunas décadas, volvemos a lo mismo; 100 años no son nada, y creo que el tiempo es cíclico. Ya sabemos lo que viene.


Montserrat Arre M.