martes, 16 de diciembre de 2008

Sublime Cruise

Entrevista con el vampiro - Sublime Cruise

Por: Adrián Massanet
Domingo 09 de Noviembre, 2008 (17:59)








En muchas ocasiones parece que tienen que pasar algo así como dos o tres décadas para saber apreciar según qué cosas, y de pronto lo que antes muchos despreciaban como una película más, resurge como una película valiosa, portadora de detalles que la destacan por encima de otras que quizá en su momento fueron sobrevaloradas. Es verdad que el mejor crítico es el tiempo.
No, tranquis. No voy a decir ahora que Entrevista con el vampiro (Neil Jordan, 1994) es una obra maestra incomparable y extraordinaria. No lo es. Pero sí me gustaría hablar de ella como una película notable, con sus luces y sus sombras, y que cuenta con la que es, de muy lejos, la mejor interpretación de la carrera del polémico y tan atacado Tom Cruise. 14 años después, con la forma en que se ha devaluado su nombre, ahí ha quedado su performance del vampiro Lestat.
En 1994 llegaba la adaptación de la más famosa novela de vampiros del siglo XX. Anne Rice inició una serie de volúmenes, con el sobrenombre de Crónicas Vampíricas, que contaba las andanzas de docenas de vampiros con personalidades complejas. Su creación más amada, y probablemente también la más conseguida e interesante, fue la del rubio travieso Lestat de Lioncourt, un inmortal francés absolutamente amoral, con un carácter imprevisible, sensual y feroz. A medida que sus novelas se iban convirtiendo en algo importante, muchos se preguntaban quién podría interpretarle en la inevitable adaptación.
En 1994 Tom Cruise se encontraba en los primeros años de su fama mundial, quizá los mejores de su vida. Por eso sorprende aún más que aceptara a interpretar un papel tan difícil y políticamente incorrecto, tan morboso y oscuro. Poco parecían afectar a su imagen los fracasos de Days of Thunder (Scott, 1990) o Far and Away (Howard, 1992), pues ya había avisado de que podían ser un gran actor con Born in the Fourth of July (Stone, 1989). Su carisma por aquel entonces era irresistible.
Cuando Anne Rice supo que sería Cruise el que encarnaría a su más querida creación, montó en cólera y compró una página de un conocido periódico de tirada nacional para protestar, escéptica de que pudiera hacer un buen trabajo. Después de ver el resultado compró página y media para pedir perdón y deshacerse en elogios. No se sabe si las dudas de Rice sirvieron de acicate a Cruise, pero lo cierto es que su trabajo en la película es impecable, y se come con patatas a los blandos Brad Pitt (que por entonces aún tenía mucho que aprender, aunque ahora sea un actor muy sólido), Christian Slater (en picado después de unos inicios prometedores) o Antonio Banderas (poco creíble y forzado).



La única que resiste un tú a tú con Cruise es la jovencísima Kirsten Dunst en un papel tan difícil como el del rubiales asesino. Sus escenas juntos son muy de lejos lo mejor de esta película, que goza de un formulación plástica muy notable, de una decadencia y colorimetría muy trabajada. El diseño de producción de Dante Ferreti es soberbio, creando una Nueva Orleans con muchos matices (finales del siglo XVIII, primera mitad del XIX, finales del XX),y un París de ensueño (gótico y aristocrático).
Pero por encima de esos detalles, como la estupenda fotografía de Phillipe Rousselot, a poco que uno tenga un poco de visión no puede dejar de asombrarse por el coraje que tuvieron haciendo esta historia, donde el entonces ídolo de quinceañeras Pitt, a punto de morir, con la cara chorreando de la sangre de Cruise, comienza a chupar la sangre de la muñeca de su compañero con ansia sensual. O Cruise bailando con un cadáver putrefacto mientras Pitt llora por haberse alimentado de una cría moribunda.
Pero hay mucho más que eso. Hay secuencias que ejemplifican perfectamente lo que estamos diciendo. Como aquélla en la que Lestat, un pésimo maestro para Louis, intenta convencerle de que se libere de sus complejos morales y se alimente de la prostituta. Louis no cede, y Pitt le interpreta a ratos con convicción y a ratos con ingenuidad. Mientras que Cruise da una lección de ritmo e intensidad contenida. Primero se muestra seductor, luego cruel, pasa a enfurecerse y finalmente se calma y parece hundido. Impresiona.
Otro ejemplo: Lestat se niega a explicarle a Claudia cómo hacer más vampiros, lo que enfurece a ésta. Pitt está aquí mejor, quizá porque habla poco o nada. La respuesta violenta de Lestat pone los pelos de punta. Durante toda la película su Lestat es un prodigio de sensualidad, riesgo e inteligencia. Sus palabras y ademanes suaves anticipan a un personaje impulsivo y caprichoso, astuto e indolente. Tan brillante es la composición de Cruise, que cuando desaparece en la segunda mitad de la película, esta baja considerablemente de fuerza e interés.
Los diálogos e intercambios de Banderas y Pitt nos hacen añorar sobremanera a Cruise, al que aún restan dos últimas secuencias magníficas. Su forma de atrapar el espíritu del personaje de Rice es absoluta, y ahora, leyendo las novelas, es muy difícil no poner el rostro del actualmente denostado actor, que asumió una hazaña digna de elogio, algo que ahora nos resulta difícil pensar que repetiría.

lunes, 20 de octubre de 2008

Chile, crisis y neoliberalismo

Por M.N.A.M.
(Reflexiones sobre las clases de Historia de Chile Contemporáneo, Profesor Gabriel Salazar, Universidad de Chile)
Desde la década de 1980 en el mundo, y desde ya antes en Chile, comienza a manifestarse la crisis del fordismo (sistema que había marcado ese ya mencionado retorno al proteccionismo estatal). Esta crisis, que se manifestó en términos económicos en su manera más cruda en la mencionada década, tuvo un fuerte impacto en el mundo cultural: comenzaron a eclipsarse las grandes teorías que caracterizaron al período anterior (descomposición de las ciencias sociales, desprestigio relativo de las Universidades nacionales como generadoras de conocimiento, aparición de las consultoras que producirían conocimiento científico –estratégico- por encargo, ya no para el mundo, sino para sus clientes[1]). Desde la década de los ’90, Chile entró, políticamente hablando, en una etapa de salida de la dictadura militar para un desarrollo pleno en un Estado democrático, bajo gobiernos de izquierda. Sin embargo el escenario económico había sido bien bosquejado ya por la dictadura de Pinochet, desde 1973. Escenario que establecía el sistema neoliberal como principio de acción de las políticas implantadas por el gobierno. A partir de la visualización de esta realidad, una transición hacia la democracia (de izquierda) que ha afianzado estructuras de derecha liberal, surgen las interrogantes, aunque no las únicas, de ¿Por qué la izquierda ha administrado el modelo de la dictadura sin cambiarlo?¿Cómo se ha manifestado la globalización en nuestro país, y cuánto puede durar la hegemonía del capital financiero? ¿Acaso el sistema neoliberal que se ha perfeccionado desde los ’80, está entrando en crisis y, la clase política con él? En los diversos estados que han adoptado las políticas globales liberales, han surgido graves problemas internos e internacionales; problemas desde la situación social de la población (educación, salud), los problemas laborales, hasta problemas de identidades. Por lo tanto, para analizar el último tercio del siglo XX, y la primera década del XXI, es imprescindible pensar a Chile en un contexto global, en su apertura hacia el mundo[2]. El neoliberalismo hoy en día en Chile se manifiesta por políticas extremas impulsadas por el Estado, pero que, sin embargo, no aspiran a una fiscalización por parte de él. En nuestro país, el más grande patrón es el Estado -y la clase política vendría siendo el empresariado del Estado-. Los políticos son, de hecho, empresarios puros. He aquí una similitud con lo que vemos a principios del siglo XX (la crisis moral de la política, que se manifestaba en ese afán sin medida de la oligarquía –enceguecida por el capital extranjero y las riquezas obtenidas por él- de preocuparse más de sus propios intereses que conducir con propiedad el Estado). El modelo neoliberal fue adoptado en todo el mundo, principalmente por países que mantuvieron una deuda externa y que entraron en crisis el año 1982. La idea (de las instituciones que implementaron esas políticas) era disminuir la inflación generada por los estados fordistas (benefactores), y lograr el equilibrio macroeconómico. La generación de terapias de choque, que recomendaba el FMI, y que tenían como pilares fundamentales la austeridad fiscal, la privatización y la liberalización[3], condujeron a Chile –que tomó al pie de la letra estas “recomendaciones”- a un cambio radical hacia el neoliberalismo. Como dice Joseph Stiglitz, si las políticas de privatización y liberalización se hubiesen implementado correctamente, y sopesando el estado social completo de la nación a la que se intervenía, con el ritmo adecuado (“de modo que se creen nuevos empleos a medida que se destruyen los empleos ineficientes”[4]), se podrían lograr buenos resultados en términos de equilibrio y crecimiento. Sin embargo, las políticas en la mayoría de los países latinoamericanos, incluyendo Chile, “fueron llevadas demasiado lejos y demasiado rápido, y excluyeron otras políticas que eran necesarias”[5]. Sin embargo, según este autor, Chile, dentro de América Latina, ha sido uno de los países que mejor ha respondido a las políticas neoliberales implementadas desde la dictadura de Pinochet[6]. No obstante, esta ascendente liberalización ha tenido sus costes sociales significativos. Según Oscar Muñoz Gomá, hoy en día estamos dentro del proceso inverso que comenzó en la década de 1920 (es decir, la expansión estatal). En sus palabras, estamos viviendo “una crisis del Estado que se expresa como una pérdida de su capacidad de acción, ineficacia para ejercer el control económico, crisis fiscales que se muestran irreductibles.” Sin embargo hoy en día “no hay una demanda por recuperar el rol de las empresas públicas ni por reestablecer la matriz Estado-céntrica de los años cuarenta a los setenta. Una interpretación posible es que esa matriz perdió legitimidad social”[7]. En este sentido, Chile hoy en día está viviendo una crisis palpable a nivel de la sociedad civil. La clase política carece de credibilidad –legitimidad-, y ya no está en posición de representar a los ciudadanos. La identidad nacional se está corrompiendo a medida que penetran influjos extranjeros, y los trabajadores están atrapados en un círculo eterno -la plusvalía total- producto del endeudamiento endémico (pese a que los que antes eran “pobres”, en gran medida y no lo son, pues son capaces de ostentar mayores adquisiciones). La crisis económica vivida en los ’80 ha sido superada (en los términos que en aquellos años existían) sin embargo, estamos presenciando una nueva crisis. No vemos a los movimientos sociales en la calle, como en ese entonces se presenciaban a nivel internacional, que protestaban por las políticas neoliberales que se estaban implementando con rapidez en los países del tercer mundo, y estaban sumiendo a la población en la cesantía. La globalización penetraba con fuerza, y la participación ciudadana luchaba por la paz, la ecología, contra la guerra y la industrialización. En ese escenario, se desarrolló el Consenso de Washington de 1985, donde se establecieron los criterios para entenderse política, y principalmente, económicamente con el tercer mundo. Estas políticas abogaban por el desarrollo y el crecimiento de estos países, sin embargo, no contemplaron los costes sociales que atraerían. También, y soterradamente, estas políticas fueron debilitando los Estados Nacionales. Según Salazar y Pinto, el libremercadismo históricamente es la “sublimación globalizada de sus primitivas y polvorientas ferias, caravanas y mercados.”[8] Desde sus orígenes, el comercio instaló ferias abiertas como lugares donde los individuos, junto con comprar y vender una amplia gama de objetos exóticos, podían liberarse de sus amarras comunalistas, ya fueran feudales, monárquicas, municipales o tribales. A esa bulliciosa atmósfera de libertad no se convocaba al Estado como tal, ni tampoco a los gremios o municipios como tales, sino que eran los individuos los elegidos. “Pues era a éstos a los que, seductoramente, se les ofrecían espectáculos circenses para ver, baratijas para comprar, especies para consumir y vivencias exóticas para rebasar los límites (rígidos) de la vida comunitaria. De este modo, a las prácticas comunales de ‘libertad participativa’ (sujeta a responsabilidades cívicas), el comercio opuso, en sus ferias de suburbio, la ‘libertad vivencial’ (basada en la sensorialidad individual), y a la identidad comunal, la identidad de lo ‘exótico’.”[9] Desde un punto de vista histórico, la globalización actual no es más que la culminación masivamente comunicacional de las antiguas caravanas intercontinentales. Su expansión actual ha cubierto todo el globo, pero su discurso de libertad individual es el mismo. Dentro de este concepto individual de libertad se excluye, de hecho, toda coacción externa, o ético-política, que provenga ya del Estado, ya del comunalismo ciudadano. A razón de esto, es que la justicia social, como discurso político, no calza. No existe otra justicia social más que asegurar la oportunidad de acceso a los beneficios del mercado, sobre la base de un poder de compra. Las desigualdades que pueden darse, en este sentido, entre individuos, es resultado de sus capacidades individuales. “El problema central del libremercadismo es su tendencia obsesiva a destruir las identidades comunales, nacionales y de carácter ‘societal’ de los sujetos. O sea: extinguir, en los individuos, su carácter ‘político’, e incluso, su misma identidad de ‘sujeto’.”[10] No obstante, estar inmersos en esta dinámica globalizadora en la que hoy en día vivimos, en este sistema neoliberal que tambalea cada cierto tiempo –en términos internacionales, pero que repercute, asimismo en la economía interna-, que nos invita una y otra vez, mediante la luminosidad de los neones y la atractiva voluptuosidad de sus productos, a una vivencia individual de sus ventajas, hay algo que surge en nuestras experiencias como ciudadanos del mundo: no somos tan sólo eso, y queremos llegar a ser mucho más. Dos caminos se han abierto en el mar interconectado de la modernidad, que invitan a los que transitan en este mundo globalizado –perdidos-. Por una parte, está la convicción de que estamos solos y debemos ser los mejores. Asumir el discurso de la competencia como principio regente de nuestros proyectos, y abrirnos a los influjos externos, como si la moda fuese la religión del presente, y como si en el futuro no hubiese nada más que una nebulosa escala ascendente. Caer bajo el poder de la imagen, la luminosidad, la incandescencia de lo efímero, una y otra vez. Esa es una opción, que engendra en los espíritus más débiles –o menos acogidos por el entorno directo, por el calor humano- una esperanza de llegar a ser –aparentar-. La otra opción que se nos presenta, es la de dar la espalda al vacío que implica esta modernidad globalizada. Si las instituciones representativas ya no nos representan, si la televisión de por sí, o la tecnología de por sí, son nortes más significativos que la política, que la organización, que el Estado, entonces es tiempo de repensar nuestras instituciones desde las bases ciudadanas. La identidad “nacional” es cada vez más una armazón que se caracteriza por la fragmentación de sus principios. Esa solidaridad que al parecer caracterizaba al chileno, ha sido fuertemente violentada por la individualidad neoliberal. Y entonces, cansados –y temerosos de perderlo todo- hoy surgen intentos de mirarnos a nosotros mismos y construir comunidad. Hemos visto que la libertad proclamada por el liberalismo, nos ha destruido como sociedad, y ya no somos los que fuimos, sin embargo, estamos aquí hoy –las generaciones que hemos convergido a este momento y lugar, hijos de los idealistas de los ’60- para no desalentarnos del todo con el aparentemente árido paisaje. ¿Cuándo se cansarán del circo? En verdad, se ha perdido la vergüenza. Venderse públicamente, como objetos en una subasta, es poco decir para lo que apreciamos hoy en día en cada avenida. Y en verdad, no hay representatividad. Un comercial en la televisión contiene el mismo nivel de información que la propaganda política generada por los actuales candidatos. Colores, formas, música atrayente, sin contenido, sin proyecto, sin programa. Personalmente, no soy una entendida en política. No lo soy, pues siempre me ha parecido que los políticos juegan entre ellos, y que en la realidad las cartas de la realidad son otras. Personalmente, siempre he vivido en una época en donde la militancia en el partido era cosa de antaño, donde una vez alguien estuvo. Sin embargo, pareciera ser que el país –la ciudadanía- tiene que decidir. Pareciera ser que esa es la manera en que se deben hacer las cosas en “democracia”. Tampoco soy una entendida en materias económicas. Sin embargo, veo el mundo que me rodea, y creo que hay demasiado vacío en nuestras vidas. ¿Cómo llenar ese vacío? ¿Acaso la masa en algún momento pensó por sí misma, o es una hermosa utopía? ¿Cómo dar crédito a los movimientos sociales que se manifestaron con fuerza, pero que fueron acallados para 1925? Si surgen movimientos hoy ¿no serían nuevamente acallados por un Estado populista? ¿Cómo creer que los poderosos de siempre no seguirán siendo poderosos? En verdad, aunque los actores sean otros, clase media, clase obrera, industriales, comerciantes, la clase poderosa que ostentará el poder económico y eventualmente político, sea del origen que sea, se corromperá al fin y al cabo. Y si decimos que bajo el alero del Estado desarrollista, los movimientos sociales se vieron aplacados y mediados por los partidos, por los sindicatos ¿no era eso mejor que la lucha individual y sin garantías? Como, entonces, podríamos presenciar un estado sin crisis, pues en verdad ¿cuando lograríamos aquella increíble utopía, si vivimos en el mundo (humano)? Sobre las posibilidades de la crisis hoy, creo que estamos frente a una terrible crisis de identidad, crisis cultural, principalmente (ver como hay gente capaz de gastar $200.000.- en una entrada para un concierto de una cantorcilla cabaretera mediatizada y superexplotada, es una aberración, o cuando vemos en el “noticiario” televisivo que hay quienes hacen vigilia –literalmente- para comprar lo último en tecnología celular que está llegando desde Japón, o donde sea) y creo que estamos tremendamente perdidos, intentado encontrar una luz de razón –algunos-. Cuando veo a todos esos adolescentes que llenan sus mentes con vivencias falsas, mentiras computacionales, amistades cibernéticas, creo que ya estamos en un límite irracional, y creo que nuestra racionalidad –o capacidad de pensar- está tremendamente dañada. En términos económicos, la sociedad civil está reaccionando, frente a los abusos de los que administran mal las finanzas, sea por negligencia, sea por intereses creados. La sociedad civil está reaccionando ante la irracionalidad del mercado, y el juego de la politiquería, sin embargo, ¿hasta donde llegarán estas manifestaciones? ¿Colapsará el sistema, primero, en el mundo, y luego le llegará su tiempo a Chile? Creo que, al igual como sucedió con la crisis liberal de 1910, donde el Estado chileno se reformó hacia políticas populistas y/o desarrollistas, tras la Primera Guerra y la Gran Depresión del ’30, tal vez se realizarán reformas tendientes a aplacar los ánimos, sin embargo, es probable, que nuevamente la sociedad civil, la que actualmente está despertando, sea aplacada también, bajo el alero de una institucionalidad fuerte. El futuro no es predecible. Sin embargo hay cosas que cumplen sus ciclos, si existen circunstancias similares. Tal vez, 2010, no sea muy distinto a 1910. Una crisis de gobernabilidad en el contexto de un estado libremercadista, es algo que ya suena en la historia de nuestro país. Pero, tal vez el futuro nos dará otra respuesta. [1] “El grueso de las investigaciones que se hacen hoy en día en Chile se realizan por consultoras, que se han unido para formar un consorcio –monopolio- para pensar el Estado. Todas son de derecha y liberales, y están financiadas por el Banco Mundial y el Estado. Hoy no hay pensamiento organizado de Izquierda.” Gabriel Salazar, clase 19 de Agosto 2008. [2] Gabriel Salazar, clase 19 agosto 2008. [3] “La austeridad fiscal, la privatización y la liberalización de los mercados fueron los tres pilares aconsejados por el Consenso de Washington durante los años ochenta y noventa. Las políticas del consenso de Washington fueron diseñadas para responder a problemas muy reales de América Latina, y tenían mucho sentido. En los años ochenta los Gobiernos de dichos países habían tenido a menudo grandes déficits. Las pérdidas en las ineficientes empresas públicas contribuyeron a dichos déficits. (…) El problema radicó en que muchas de esas políticas se transformaron en fines en sí mismas, más que en medios para un crecimiento equitativo sostenible”, Joseph E. Stiglitz, El Malestar en la Globalización, Taurus, 2003, p. 89-90. [4] Ibid., p 89. [5] Ibid., p. 90. [6] Ibid., p. 258. [7] Oscar Muñoz Gomá, “El nuevo rol del Estado en el desarrollo económico (liberal)”, en Proposiciones, 24, SUR Ediciones, Santiago de Chile, 1994, p. 52. [8] Salazar y Pinto, Historia Contemporánea Tomo I…, p. 174 [9] Ibid. [10] Ibid., p.175.

viernes, 25 de abril de 2008

La Representación de lo Real
Por M.N.A.M., Abril 2008.

El mundo de la historia, así como de la transmisión de conocimiento en general, que es, además, implicancia de la historiografía (aventurándonos en la idea de que todo es historiable), ha transmitido su saber a través de la palabra escrita, tradicionalmente. Chartier nos refiere a esta esfera de la transmisión del conocimiento para iniciar su revisión en su libro El Mundo como Representación. Qué se escribe y qué se lee, son dos preguntas primordiales, de varias, para abordar el tema de las representaciones a través del tiempo.
La lectura, y con ello la escritura, durante siglos relegada a unos poco iniciados, esparció su influencia por mayores espectros, más allá de los pocos letrados, abarcando a un número de personas poco a poco más crecientes, a medida que el mundo moderno transformaba la Europa medieval, o tal vez decir, a medida que el medioevo quedaba atrás, dando entrada al mundo moderno.
La lectura, como decía, es fundamental en la historia (la historiografía), puesto que no es tan sólo qué dicen los escritos, sino que junto con esto, hay variadas posibilidades de análisis del texto escrito, iniciándose con la premisa: todo texto nos da un trozo de un gran rompecabezas que podríamos decir o llamar “sistema cultural”, caracterizado por una “mentalidad” particular. Qué se escribe, por qué se escribe, quién escribe, quién lee, qué difusión tienen los escritos, se lee en privado o a viva voz, cuál es el contexto de surgimiento del texto. Así, volvemos en torno a lo que al inicio del curso nos planteábamos. No son las fuentes en sí las que nos posibilitan las mayores alternativas de análisis, sino las preguntas que nos planteamos en torno a esas fuentes. Así quedamos con la idea de que, entonces, las imágenes mentales o pensamientos que nos formamos sobre una época o cultura determinada, se reproducen en tanto representación de lo real, real de la fuente, real del pasado, sin embargo no es en torno a la materialidad “real” con la que se trabaja, sino con una versión filtrada de ella: a saber, esa realidad que ya no existe, esa muerte revivida de los textos, eso que pasó, ya no está pasando y que reconstruimos para volverla a realizar, a reactivar, representar, actualizar, en lo que llamamos historiografía ¿con qué objeto?¿con qué sentido?¿por medio de qué prácticas?¿para qué?
En la intelectualidad moderna, o posmoderna, si se quiere, han surgido los que han criticado, e ido más allá en los planteamientos sobre las metodologías y perspectivas en el tratamiento de la historia.
Para las mentalidades, la noción de colectivo y de visión de mundo, son conceptos esenciales a la hora de establecer nociones operativas desde donde iniciar una investigación. Esta conceptualización, de la mano con las preguntas que nos plantearemos sobre las fuentes escogidas, nos irán configurando la interpretación y el uso mismo de las fuente, entonces ¿acaso estamos dando cuenta de la historia? ¿Acaso la historia es o en verdad la historia significa.?
Dentro de las controversias surgidas en los estudios de las mentalidades, el cuestionamiento a las parejas de oposiciones clásicas es uno de los más interesantes. Las idas ordenadas de acuerdo a principios de oposición que dan luz sobre el funcionamiento del mundo, y nos explican nuestra realidad de manera tremendamente operativa, han tendido a estar en la mira. Chartier menciona tres parejas, a saber: culto / popular, producción / consumo (creación / recepción) y realidad / ficción.
Si hiciéramos el ejercicio de en verdad comparar estos conceptos con ejemplos, tal como nos lo expone Chartier, pareciera que, ciertamente, se relativizan estas nociones, y las vemos más cercanos que opuestos. Como nos dice Roger Chartier: hay que poner atención hacia “una reevaluación crítica de las distinciones tenidas como evidentes y que de hecho son aquellas que hay que cuestionar”
[1].
Pareciera ser que en mentalidades el principio básico es la duda ante todo, o el cuestionamiento. Cuestionarse desde las fuentes hasta los principios, de modo que tal vez no se puedan conseguir certidumbres, sino tan sólo avances. El escenario se vislumbra como si antes hubiese sido posible llegar a la verdad mediante principios inalterables en los que se basaba la existencia desde siempre, pero hoy el mundo de la investigación historiográfica se constituye desde la base de dos ejes primordiales: la variabilidad de la temporalidad y de la acción humana total en sí, bajo el prisma de la representación.
Dentro de las oposiciones, producción / consumo es esencial para integrarnos al estudio de las mentalidades. Producción, asociado con invención, creación, libertad y conciencia, se opone al consumo, a la recepción, la pasividad, la dependencia y la alienación.
En este sentido, los que producen los textos, estarían dando de antemano las pautas de la lectura, es decir escribiendo a su vez el camino al lector-consumidor, al receptor de la información, así como un político construye su discurso, o un vendedor promociona su producto. Sin embargo, he aquí la duda, ¿acaso el receptor cae sin más bajo el influjo de la producción, de la creación, de la invención? o ¿el “receptor” engendra en sí el germen de la interpretación, produciendo así mismo cambios de actitud? ¿No es acaso cierto que los textos o imágenes no tienen significaciones dadas, sino que el análisis, en base a categorías de pensamiento que poseen historicidad, y por lo tanto varían en la generación de actitudes-respuestas? “Anular la ruptura entre producir y consumir es afirmar que la obra no adquiere sentido más que a través de las estrategias de interpretación que construyen sus deficientes significados”
[2].
Durante la construcción de una investigación historiográfica, se van haciendo presentes ideas impuestas a priori, personales, heredadas, institucionales, que podrían ser ratificadas, recepcionadas y aceptadas, o que pueden dar pie al cuestionamiento. Que surja la herencia conceptual o ideológica, o si se quiere, la mentalidad, tanto en la investigación en sí, o en el investigador, da cuenta que el historiador no está ajeno a la historicidad, sino que está inmerso en una realidad simbólica dada, y que la interpretación “textual” de la lectura que haga de un texto, recaerá de una u otra manera en su escala de valores en base a la experiencia social y personal desde donde venga el investigador. En suma, lo que uno ve en los documentos podría ser, en primera instancia, motivaciones personales semiinconscientes, que van decantando con el tiempo y se van concientizando y actualizando mediante la puesta en práctica de la reflexión en torno al conocimiento.
Leer, en Chartier, se transformará, entonces, no tan sólo en el acto de pasar los ojos por líneas de símbolos convencionalmente aceptados como letras que significan algo, sino que leer es restituir, reconstruir de retazos, qué son esas letras, qué son esos símbolos, que inevitablemente no poseen más significado que el lector les asigna. Ciertamente ese significado asignado no es dependiente de la voluntad pura del lector, sino que esta cruzado por un sin fin de sistemas establecidos previamente en la psiquis, pero es una interpretación al fin. Dos personas puede leer exactamente lo mismo, pero nunca será exactamente lo mismo. Todo cambia de una persona a otra y de una condición a otra en las lecturas que emprendemos. Ya sea lecturas de lo cotidiano, lecturas de las imágenes que llegan a mi, o lectura de textos convencionalmente llamados textos escritos.
No hay una linealidad o unilateralidad a la hora de representar lo que se lee. El grado y tipo de significado que le entreguemos a un texto, de la clase que sea, es, así, una cosa personal, pero más interesante aun, un fenómeno que puede ser rastreado desde lo colectivo, y es por eso, que puede ser utilizado por la historia de las mentalidades. De aquí surge la idea de intertextualidad, de que nunca el texto tiene una relación transparente con la realidad que plasma. Las cosas no son, sino que se hacen, se representan e interpretan, se construyen y materializan.
La realidad está, ciertamente ahí, desde el momento en que mi cuerpo se mueve, y se que existo. Sin embargo la realidad es más inasible de lo que parece, hasta el punto de ser totalmente distinta para unos y para otros a lo ancho del planeta y a lo largo de la historia.
La significación cultural signando la representación que nos hacemos de un tiempo y un espacio particulares, es conceptualmente, y metodológicamente hablando, primordial a la hora de cuestionarnos, o preguntarnos en torno a una fuente sobre la realidad. Y las preguntas que surjan del análisis de fuentes, querámoslo o no, se entrecruzan siempre con una percepción particular y colectiva, marcada por la herencia inevitable del historiador.

[1] Roger Chartier, El Mundo como Representación. Estudios sobre historia cultural, Gedisa Editorial, Barcelona, 2005, p. 33.
[2] Ibid., p. 37.