Hace algunos años, en aquel que falleció Pinochet (2006), o el gran año de los universitarios, hidroaysén y los cacerolazos, el 2011, escribí algunas palabras, conmocionada por lo que veía aparecer en las calles y lo que se veía venir a futuro. Nunca he sido de discursos (de oratoria), lo mío son las letras escritas. Me confundo a veces, olvido en ocasiones lo que tengo que hablar, o tartamudeo. Pese a que he ejercido la docencia (universitaria) en algunas ocasiones, y la seguiré ejerciendo, nunca me vi como una oradora. No soy dirigente de nada, nunca participé en agrupaciones de ningún tipo, partidos, sindicatos. Nada. Una más de los miles de "desorganizados" chilenos. Pero escribo sobre lo que sé, y sobre lo que veo y me parece relevante. Y, por ahí se ha dicho, que la "pluma es más fuerte que la espada"; pues vamos a ensayar cómo esta pluma, que tal vez muy poca gente llegue a leer, podría desafilar un poquito la espada de la ambición, y la violencia de la indiferencia.
Justo el 15 de octubre de 2019, yo volvía de Santiago a Temuco, de unas actividades que tuve que realizar en la capital. Me alertaron de las evasiones masivas del metro por el alza del pasaje que se estaban ya produciendo, cosa que no alcancé a ver, pese a que anduve, esos dos o tres días que estuve por allá, bastante en metro (y siempre pagué, obedientemente).
La explosión se dio el viernes y sábado, estaciones quemadas, estado de caos general, manifestaciones espontáneas del descontento. La crónica de los hechos son fácilmente rastreables en Internet. Miles de videos, testimonios, fotografías, circularon por las redes sociales, por Youtube, etc.
Estamos, en este momento, 28 de octubre, aún en el medio de torbellino. El gobierno llama a "volver a la normalidad", pero para la gran mayoría de los chilenos, ya no existe esa normalidad. Decenas perdieron a sus seres queridos por culpa de la represión militar y policial. Otros tantos fueron violenta e injustamente detenidos. Casos de abusos sexuales y de tortura comenzaron a circular ya el día lunes (hace una semana). Las cosas no fueron tan sencillas. Un halo de dictadura, un aire a los años '73-'89 estaba cargando el ambiente de fetidez.
Son los hijos e hijas del siglo XXI los que dieron la voz de alarma: ¡debemos cambiar el aire de este viciado ambiente! ¡Debemos abrir las ventanas del mañana! Los muchachos y muchachas de 15, 16, 17 años, nacidos en este nuevo milenio, que crecieron con celulares y youtubers, son los que se saltaron las "reglas", y dijeron, ya es mucho; esto, ya es mucho.
¿Cómo escribiremos esta historia? ¿Cómo explicaremos a nuestros nietos y bisnietos este momento crucial de Chile, en donde hemos visto que nos estamos transformando un poquito más en humanos?
Es justamente esta generación, que ha interactuado con las máquinas mucho más que ninguna otra anteriormente, la que nos ha demostrado que la unión hace la fuerza, que es la persona la que vale, y que la tecnología es un medio, un maravilloso medio, pero nunca un fín.
El tecnologisismo del siglo XXI, la era digital que parece comernos, dio más luces a nuestros hijos y hermanos menores de lo que nunca nos dio a nosotros, los hijos del siglo XX. A las generaciones que tienen más de 20 años, y, sobre todo, a las que ya contamos con más de 35, que vivimos la dictadura, o a lo menos los últimos estertores de esta, y que recordamos muy bien los 90 de la "transición" y que saludamos el siglo XXI con esperanza e ideas de futuro, a estas generaciones (y qué hablar de los que tienen entre 45 y 60 años que les tocó la peor parte de crecer y ser adolescentes y jóvenes en el '73), a estas generaciones, repito, ya "viejas" nos atormentó el miedo a perder lo que "ganamos" con la democracia, y nos entretuvo en demasía la tecnología, el cibermonday, el blackfriday, sturbucks, los viajes por booking y las compras por amazon.
Pero a los hijos del siglo XXI, esas cosas son tan normales, que no tienen ese "miedo" a perderlas, porque parecen ser parte esencial de la existencia, como los árboles o los pájaros. Y si las perdieran, qué ¿Acaso la gente antes no vivía igual y feliz sin todo aquello?
El punto es que no son las cosas ni los bienes que nos da este sistema neoliberal lo que ahora, después que los jóvenes nos abrieron los ojos, lo que se teme perder. Al diablo con todo ello! Es ese poquito de dignidad y libertad que estábamos hipotecando por tener todo eso otro.
Los hijos del siglo XX estuvimos prefiriendo tener un televisor con más pulgadas, que tener un acceso más equitativo a la salud. Preferimos cambiar cada 6 meses el celular, que poder tener un acceso universal a la educación de calidad. Optamos por aumentar nuestros cupos en tarjetas de crédito (para endeudarnos a mil años por cosas lindas y a la moda) que mejorar nuestros ahorros para nuestra vejez...
Y todo eso se nos dijo que era bueno. Y creímos. Creímos que la felicidad estaba en todo ello.
Y los jóvenes, como siempre, menos temerosos y menos contaminados, nos dijeron, "¿qué hacen hijos del siglo XX? Ahora somos nosotros. Nosotros y nosotras, mujeres y hombres, nacidos en el nuevo siglo, los que tomaremos la batuta de futuro, y los haremos entrar en un tiempo en donde los anquilosados espíritus heridos del pasado, tendrán su recompensa y paz, y construiremos un mundo mejor."
No cerremos nuestros oídos, ni nuestros espíritus. No nos quedemos en el miedo (es difícil, yo misma temo, tengo miedo). No desistamos de hacer oír la verdad. Hay muchos hijos del siglo XX que están luchando por la misma causa. Y las generaciones unidas son más fuertes que un grupo de adinerados que viven encerrados en sus castillos de cristal desoyendo las verdades de la sociedad.
Es un todo diversos, una masa multicolor, llena de contradicciones y diferencias, la que marcha cada día. Pero hay un bien mayor, una idea en común que todos podemos comprender.
Todo esto, ha sido escrito, para presentar este video que me ha sacado lágrimas.
¿Un escenario posible de aquí a unos, no sé, 25 años? Ya lo veremos!