Por Montserrat N. Arre Marfull, diciembre 2006
Ante los hechos acontecidos desde el domingo 10 de diciembre, específicamente la muerte del General en retiro y ex gobernante de facto de Chile desde 1973 a 1990, puede haber mucho que decir, ya que su persona simboliza y sintetiza una época histórica no lejana a la realidad del Chile de hoy.
Personalmente, para mí su deceso no es un hecho ni de felicidad ni de tristeza, aunque si tuviese que inclinarme por una u otra esfera de opinión, diría que la presencia de Augusto Pinochet. en la historia de Chile, y su accionar desde 1973 hasta hoy se vio teñido, y con toda razón, de una halo de oscuridad y traición. Y no lo digo sólo por razones personales, sino por la concreción de los hechos que desde 1998 desembocaron en demandas del más variado tipo, siendo las más célebremente tristes las que tenían relación con la brutal violación de los derechos humanos.
Mas no hay felicidad, ya que no hay logro de por medio. Ciertamente me parece más significativo el momento en que el NO se erige como victorioso en el plebiscito de 1989, o hubiese sido más satisfactorio si se le hubiese condenado a Pinochet en vida, por lo menos, por los más terribles de sus delitos. Sin embargo no ocurrió así. Yo creo que no había ya intenciones en sus detractores de que Pinochet muriese pronto, y más me parece que daba casi lo mismo su muerte siempre y cuando la justicia se hubiera hecho. Pero el expresar, por parte de muchos y tan rápida y espontáneamente, la felicidad simbólica que significa su deceso, fue un acto extremo de demostración del sufrimiento acaecido durante el gobierno militar. Y, a mi parecer, las demostraciones de sufrimiento y agresividad expresada por sus seguidores son, por una parte un testimonio de la verificación de que el país sigue dividido, en algunos sentidos drásticamente, y que aún existe mucha ignorancia respecto de la historia, unido esto a la mentalidad retrograda y estancada de algunos partidarios del ex General.
“Artífice del Chile de hoy”, “padre de la Patria”, “el salvador”, “el libertador”, son algunos de los apelativos con los que sus partidarios llamaban al tristemente célebre difunto. Padre de la patria, difícilmente, pues Chile estaba instituido y constituido como país ya hace unos 150 años, y su lucha no fue contra destructores de la patria, sino contra gente que también consideraba Chile como su patria, mas contaba con otros ideales políticos. Para que hubiese sido el salvador, como algunos dicen, tenemos que constatar de que existía "la perdición", y que la única salida era la que se utilizó. Sin embargo, pese a la crisis que se vivía en la época, tanto nacional como internacional, difícilmente creo que un golpe de estado como el acontecido y las matanzas que se sucedieron fueran la única solución, como así tampoco todas las medidas económicas y constitucionales tomadas, ya que finalmente desembocaron en que Chile no sólo se transformara, sino que distara potentemente de ser lo que era, por ejemplo, en los años ’60. Un sinnúmero de reformas sociales y económicas, si tal vez salvaron a algunos, sumieron en la pobreza y la falta de educación a muchos otros.
Libertador, creo que aquí hemos equivocado un poco los valores y la semántica. Dudo mucho que un presidente electo por el pueblo, por muy "comunista" que haya sido, fuera un opresor. Tal vez su gestión no fue la mejor, aunque ciertamente la situación política mundial en este sentido contrariaba con creces las intenciones de Salvador Allende. Mas, los hecho concretos nos demuestran que el nivel de libertades sociales y culturales disminuyeron enormemente en la población chilena desde septiembre de 1973, aunque indudablemente las libertades económicas favorecieron a los pudientes. Y como artífice del Chile de hoy, creo que no es del todo errado, sin embargo, ¿quien dice que el Chile de hoy es mejor que el de 1960, ’70 o ’73? Que se tenga un sistema neoliberal no garantiza que seamos en verdad más libres. El Chile de hoy es el de la delincuencia, que tanto declaran los de derecha, el de las constantes protestas sin sentido, muchas veces, por parte de encapuchados, que aluden a hechos del gobierno militar para protestar, el de la centralización citadina, el de las casas mal hechas y minúsculas para la mayoría de los de clase media o baja, es el Chile de los privados y las tarjetas de crédito, que más que beneficiar, engañan, atrapan. No existe casi individuo mayor de edad en este país que no tenga una deuda con una casa comercial o banco, y lamentablemente una vez que un privado te agarra con sus intereses, seguros y comisiones no te suelta. Somos un Chile al que le llevó años reencontrarse con su genuino folclor, con el arte propio, con la música chilena, con la literatura. Somos un Chile dividido, que intenta caminar hacia el olvido sentimental para encontrarse con un recuerdo histórico a partir de las nuevas generaciones. No nos construyó el “artífice de Chile” los cimientos de la plenitud, aunque por designios divinos, nos logramos mantener vivos. Sin embargo era evidente de que algo tenía que pasar durante los 17 años de su mandato. Era obvio que las directrices de su accionar tendrían que estar marcadas con la oposición tajante a todo lo que sonara comunista, y además favorecer la idea del progreso como el resultado de la acción mental de unos pocos utilizando a todos los demás como obreros obedientes. Su mentalidad militar difícilmente pudo dar paso a algo que no fuera la imposición de la autoridad, que en alguna medida funcionó de manera favorable para el país.
Dicha autoridad, ciertamente, que inspiró tantas emociones divergentes, hace ya años que sucumbió en una especie de olvido por etapas. Pinochet hizo muchas cosas, de las cuales se pueden nombrar algunas muy buenas, sin embargo por más errores y aciertos que cometa una persona como gobernante, el mandar, permitir o el mirar para el lado en relación a las atrocidades contra gente de su patria, contra chilenos, es algo imperdonable y que ciertamente cubre toda buena voluntad que pudo en algún momento haber tenido. Y es una vergüenza que los partidarios sucumban ante ideas infundadas y fanáticas de una casi glorificación de su nombre, cuando por otras partes, e incluso a nivel mundial, se habla de él como el penúltimo dictador, como el dictador de derecha que violó los derechos humanos, y se lo persiguió durante los últimos años de su vida. Es un desconcierto la falta de objetividad y los argumentos erigidos por parte de sus admiradores.
Es una vergüenza también, que en vista de las manifestaciones luego de su muerte, donde ciertamente se produjeron incidentes de violencia por parte de manifestantes, la policía haya actuado con tanta energía contra los opositores de Pinochet y con tanta negligencia contra los partidarios, los cuales incluso atacaron verbalmente y con objetos arrojadizos a periodistas chilenos y extranjeros y no fueron reprendidos, ni los periodistas protegidos, mientras en las marchas hacia la estatua de Allende hubo una constante represión, con gases y lanza-aguas. Sin embargo esta contrariada actitud, creo que el accionar del gobierno era el esperado por todos los que en mayor o menor medida vemos a este personaje por lo que realmente fue, tanto en Chile como en el extranjero, dejando de lado los juicios favorables en demasía.
El señor Pinochet fue un militar toda su vida, y así actuó como mandatario de facto. Su colocación en el poder no fue aprobada por el pueblo, por más constitucional y legítima que haya sido su salida del poder, sin el uso de la fuerza. Sin embargo esto, lo acontecido durante su dictadura merma, como ya dije, los rasgos, en algunos sentidos, de buen estadista que pudo tener, y el acto legítimo de traspaso de mando. Lo merma enormemente, pues ciertamente no hay duda que seguir en le poder significaba para él mismo un riesgo, dada las circunstancias de desapruebo por parte de muchos, en el país y en el extranjero. Por lo tanto creo que la prudencia en este sentido viene del hecho de que no había necedad en su actuar y tal vez seguir en el poder por la fuerza significaría un acto de locura y autodestrucción. Por otra parte, por más que existieran comunistas aún en el mundo, la Guerra Fría era ya pasado, estaban llegando otros tiempos, la democracia se imponía.
Finalmente quiero agregar que simbólicamente y emotivamente la muerte del ex dictador es un hecho relevante, mas no creo que conlleve reacciones políticas de envergadura, sin embargo judicialmente deja cargos y juicios impunes, lo que para muchos resulta lamentable, pues es necesario pagar en vida lo que se hace en vida. Por otra parte, aunque muchos partidarios de su gobierno aún existan, y que tal vez sigan existiendo, su nombre tenderá a desaparecer como un elemento de discordia frenética, y se unirá a la lista de hombres famosos pero tristemente célebres, a la lista de gobernantes que hicieron de la masacre su estandarte de mando y su maniobra de lucha contra el enemigo, que en este caso, fue contra enemigos políticos que contaban con otra manera de ver las cosas, con un idealismo desconocido para el militar tradicional.
Como se ha dicho tanto, la historia lo juzgará, y se verá cada vez más claro como fueron las cosas. Sin embargo las cosas pasan, porque así es como tienen que pasar. La muerte, el odio, las injusticias, lamentablemente son cosas humanas, y la historia se repite una y otra vez, y el tiempo infaliblemente se torna en el mejor juez: paciencia y objetividad dan los años para una mejor elaboración de soluciones y desciframiento de verdades. Aunque en verdad es aquí y ahora como el ser humano realmente se hace responsable de sí, y a veces no es preciso dejar que el tiempo borre las heridas.
¿Cómo nos juzgarán nuestros nietos y bisnietos? ¿Qué dirán de estos días? ¿Acaso Pinochet y Allende tendrán para ellos la relevancia que para esta generación de heridos de guerra que está muriendo? ¿Acaso vale la pena abanderizarse por una causa perdida, por una idea obsoleta? ¿Es necesario descubrir la verdad, saber? La generación culpable y la generación dañada está en sus últimas décadas, y sólo quedamos sus descendientes. Creo que ya es suficiente con el espectáculo de estas últimas horas, y definitivamente hay que dejarse de fanatismos pretéritos y hacer surgir un futuro más digno y más realista. Mirar un poco al mundo y ver que no estamos solos en este planeta, y darnos cuenta que a veces las personas se equivocan colosalmente, y de la juventud depende abrir los ojos y rectificar. Buscar la justicia y la coherencia de las ideas, el respeto por la vida, y la tolerancia hacia el otro, pienso que son premisas esenciales para un buen vivir, en todo ámbito. No todas las personas somos iguales, sin embargo todas las personas somos seres humanos que merecemos un trato digno en tanto nos comportemos dignamente. La acción determina a los sujetos, y es imprescindible que nos exijamos a nosotros mismos y a nuestros gobernantes dignidad y respeto al actuar.