viernes, 26 de agosto de 2016

SÃO DOMINGOS


Igreja São Domingos, Lisboa


Fuimos a caminar a Rossio, un día de verano. Llegamos desde Avenida da Liberdade y caminando por el Largo São Domingos, vimos una iglesia. Giramos a la derecha por la calle Dom Antão de Almada y a los pocos metros estábamos ya en la entrada de la construcción. He visto muchas iglesias en Lisboa, poco he reparado en ellas. Entramos hace meses un día a la Catedral, cuando dimos un paseo por Alfama, pero fue casi de casualidad, no la buscábamos. En esta ocasión fue igual. Sólo dábamos un paseo por la zona turística, la cual estaba llena de personas que pasaban unos días en la capital portuguesa y hablaban en diversas lenguas que se confundían a medida que caminábamos.

Praça Dom Pedro IV o de Rossio, Lisboa

Tuve, en ese momento, una sensación de familiaridad con la ciudad, como si Lisboa ya fuera mi ciudad, algo ya propio y todas esas personas que hablaban alemán, inglés, castellano, chino, y otros idiomas que no conozco, fueran ajenos a esa intimidad que yo ya estaba sintiendo con la ciudad.  Ya son ocho meses. En la angosta calle peatonal a la que daba el pórtico de la iglesia, había un grupo de africanos, no sabría decir de qué país. Caboverdianos o angolanos, lo más probable. Estaban unos de pie, otros sentados en el suelo o en sillas, con atuendos propios de sus usos y vendían algunos productos, como hierbas o artesanía, aunque en una situación bastante improvisada.

Seguimos caminando, y entramos a la iglesia. Había muchos turistas entrando también. Me llamó la atención que la mayor parte de los que entraban, al escucharlos hablar, eran españoles. ¿Será mi impresión o hay una suerte de tradición y afinidad ibérica por el arte y la arquitectura católica? Bueno, heredera de los usos hispanos, estaba yo también ahí.

Fue impactante la primera vista de la iglesia. Parecía arquitectura románica por sus arcos, pero carecía de frescos en las paredes y la construcción no se veía muy antigua. El techo y las paredes de color rojo y las columnas grises, daban un interesante contraste en una primera impresión. Pero fijándome más detenidamente, comencé a notar que parecía una iglesia a medio restaurar y acercándome a los altares laterales, era evidente la destrucción de las columnas, provocada por algo más que el tiempo.

Junto a la puerta de entrada se había instalado un mural donde se leía un periódico antiguo “Fogo na casa de Deus”, que databa de 1959. Pues ahí se explicaba todo. Recorriendo uno a uno los altares laterales, todos con sus respectivos santos, cristos o vírgenes y con lugares dispuestos para la donación de velas, fuimos percibiendo la historia que la iglesia albergaba. Los rastros de la destrucción estaban en los pilares, arcos y el suelo y en algunas partes aún se notaba el hollín del fuego. Los techos y paredes habían sido reconstruidos, pues fueron destruidos por el incendio.

Las imágenes en los altares eran modernas. Algunas manteniendo ciertas formas tradicionales, otras definitivamente contemporáneas. Algunas eran estatuas otras, cuadros. Lo que daba un aire de instalación temporal en estas imágenes, a la espera de una reconstrucción total y más armónica. Aún así, ello no restaba belleza a la escena general. La música sacra que sonaba de los altavoces, las velas encendidas, esa sensación de estar dentro de semiruinas que tenían tanto que contar, hacía que se penetrara en una contemplación mística de esos vestigios vivientes. Llegando al altar mayor, estaban arriba las estatuas antiguas de piedras aún algunas en pie, pero muy ajadas. El altar era moderno y estaba bien decorado, con un suelo nuevo superpuesto y un órgano antiguo bien cuidado.

Nos sentamos en la primera fila de las sillas, frente al altar y comenzamos a contemplarlo, y, a la vez, a las personas que pasaban frente a él para admirar la belleza del monumento y sacar fotografías. Todas las personas que cruzaban frente a nosotros eran veraneantes, vestidos con sus pantalones cortos o faldas, las mujeres, camisetas frescas y sandalias, equipados con cámaras de fotos o bien smartphones. En una actitud despreocupada y a la vez absorta y curiosa del visitante que se pasea por los puntos monumentales de una ciudad, que ha visto previamente en la guía turística.  

Y me imaginaba las ruinas de otras épocas, más antiguas. Imaginaba esos mismos veraneantes en los templos egipcios, griegos o romanos, donde se veneraron, en otros siglos, dioses tan fuertes e imponentes como nuestro Dios trinitario y la Virgen María su madre terrenal. Era curioso ver, hoy en día, cuando la fe católica aún tiene millones de fieles, cuando el cristianismo es un agrupamiento de religiones hermanas en plena vigencia, cómo parecía que esta iglesia, este monumento vivo, que nos contaba una historia, pero que a la vez tenía un presente, era a la vez un testimonio de una época ya ida.

No concebía el momento en que en esa iglesia, o en otras cualquieras de Europa o América, construidas hace doscientos, cuatrocientos o seiscientos años, el rito y la observancia pasaron a ser secundario y se convirtieron en monumentos de contemplación turística. Me imaginaba a esas personas en pantalones cortos y sandalias, siendo acusados de sacrilegio, si en vez del año 2016, hubiesen estado en 1916 o 1716 sobre esas mismas escalinatas contemplando el altar, así, simplemente, libremente, despreocupadamente.

La religión católica está aún viva, la Iglesia católica es aún poderosa, pero es evidente que los antiguos usos se pierden y las iglesias van tornándose cada vez más en testimonios de largos trances históricos y cada vez menos en construcciones utilitarias para el rito sagrado. No es algo bueno, no es algo malo, es simplemente lo que acontece. ¿Cuántos años pasarán cuando los turistas frente al altar de São Domingos finalmente digan: “aquí veneraban al antiguo Dios trinitario y a su madre terrenal María, los primitivos cristianos católicos”?


Nota: A Igreja de São Domingos, do Convento de São Domingos de Lisboa ocupa a metade norte do lado oriental da Praça D. Pedro IV. Sendo limitada a Norte pela Rua Barros de Queirós, a Oeste pelo Largo de São Domingos, a Sul pela Praça da Figueira e a Este pela Rua de Dom Duarte.
Foi construída no século XIII, por ordem do rei D. Sancho II tendo a sua primeira pedra sido lançada em 1241. Desde então foi alvo de inúmeras campanhas de obras que lhe alteraram a sua traça medieval por completo. O convento foi acrescentado depois por D. Afonso III e novamente aumentado por D. Manuel I. Foi aqui que começou o Massacre de Lisboa de 1506. O terramoto de 1531 arruinou-o muito, o que obrigou a nova reedificação em 1536.
Era notável a sua riqueza em alfaias preciosas, havendo uma imagem de prata maciça, que saía em procissão num andor do mesmo metal, alumiada por lâmpadas também de prata. As pinturas dos altares, os paramentos, os tesouros, tudo desapareceu durante o terramoto de 1755, salvando-se unicamente a sacristia e a capela-mor, mandada fazer por D. João V e riscada pelo arquitecto João Frederico Ludovice, em 1748. A capela-mor, toda de mármore negro, e em cujas colunas se vêem, junto à base, medalhões delicadamente cinzelados, que também avultam sobre os nichos laterais.
Em 13 de agosto de 1959, um violento incêndio destruiu por completo a decoração interior da igreja, onde constavam altares em talha dourada, imagens valiosas e pinturas de Pedro Alexandrino de Carvalho. A igreja recebeu obras e reabriu ao público em 1994, sem esconder as marcas do incêndio, como as colunas rachadas. Ainda que destruída, é uma igreja que sobressai pela policromia dos seus mármores.
Actualmente é a igreja paroquial da freguesia de Santa Justa e Santa Rufina, em plena Baixa Pombalina e foi classificada como Monumento Nacional. Expõe metade do lenço usado por Lúcia no dia 13 de Outubro de 1917 (a outra metade encontra-se no Santuário de Nossa Senhora de Fátima, em Fátima) e ainda o terço usado por Jacinta Marto no mesmo dia.
De traço predominantemente barroco, de planta em cruz latina, tem uma fachada muito simples e o interior, mesmo depois do terramoto e do fogo, evidencia ainda grande beleza e ecletismo. É uma igreja de uma só nave, majestosa. A sacristia e a portaria ainda mostram um pouco de sabor maneirista, denotando as várias campanhas de obras de que foi alvo na sua história. O mesmo estilo pode ser visto nos túmulos e lambris de azulejos de ponta de diamante na sacristia.

M.N.AM.

sábado, 20 de agosto de 2016

IMPRESIONES PARLAMENTARIAS

IMPRESIONES PARLAMENTARIAS
(Por Azorín, España, Madrid, 04/03/1904)



Yo ya no sé nada. ¿De qué queréis que os hable? Yo ya no sé nada. Yo he escrito algunos pequeños libros de erudición, y hoy me veo sumamente apretado cuando he de recordar algo de nuestra historia. Ya he tramado algunas estimables novelas, y al presente siento mi espíritu angustiado si intento imaginar una ligera fábula. Yo he farfullado brillantes crónicas, y llego ya a sentir remisa y anodina la pluma. Ya no sé nada. En la Biblioteca Nacional yo me pasaba horas y horas revolviendo libros, registrando esas cajas misteriosas que hay en la Sección de Varios, llenando anchas hojas de menudas notas: ya no voy a la Biblioteca Nacional. Las librerías tenían en mí un cliente asiduo, que compraba todos los volúmenes nuevos, que encargaba otros a París y a Italia: hoy, cuando por casualidad entro en la librería, acaso cojo un libro; pero le doy una vuelta lentamente, contemplo el lomo y lo vuelvo a dejar en donde estaba. Los bibliotecarios del Ateneo -estos buenos hombres- llegaron a tomarme cierta ojeriza porque yo les traía como zarandillos de una parte a otra, reclamándoles tales o cuales obras: hoy –ya lo he dicho- paso distraído por la biblioteca del Ateneo, y estos buenos hombres –los bibliotecarios- me observan casi con cierta vaga tristeza, como miramos al bebedor empedernido que ya no bebe y cuyo acabamiento próximo presentimos…
Escribo estas palabras sencillamente; esto es una confesión sincera. Si yo no la hiciera, vosotros adivinaríais de todos modos estas intimidades de mi espíritu. Lo digo con toda la efusión de mi alma: yo soy un pobre hombre; yo no sé nada; en mi cerebro no hay ni un remoto rasgo de una idea; artículos, no puedo escribirlos; libros, no puedo hacerlos; la suerte, próspera o adversa, holgada o angustiosa, de mis conciudadanos, me deja impasible; la situación de España, su bienestar o su desquiciamiento, no mueve en mí ningún sentimiento hondo o somero… ¿Qué queréis que haga? “Este hombre fracasado en plena juventud –diréis vosotros-, este hombre que no puede ser ni literato, ni filósofo, ni sociólogo, ni comerciante, ni industrial, ni agricultor, debe de sentir una desesperación íntima, profunda”. Y yo os contestaré: “No estoy desesperado, no estoy triste, no estoy perplejo ante mi porvenir incierto. Es verdad; no puedo ser nada; soy un ser desdichado que ya no tiene idea de lo que le rodea ni siente curiosidad oír la vida de sus conciudadanos. Y bien, amigos míos, ¡seré político!”.
Y esta sencilla respuesta será toda cordialidad y toda verdad. ¿Por qué voy yo todas las tardes al congreso? Hay algo aquí que me previene e inmuniza contra la tristeza íntima que mi fracaso aportara a mi espíritu. Estos hombres son simples, sencillos, ingenuos; no tienen ideas, no abren libros, no se interesan por el espectáculo del mundo y de la vida; no observan, no estudian… Y, sin embargo, son respetados y aplaudidos por sus compatriotas, y viven felices y contentos. ¿Por qué no he de ser yo también un hombre feliz? La paz y el contentamiento de estos hombres me atrae; este es el secreto por qué yo busco compañía, y por qué, entre todos ellos, mis predilecciones van a los individuos de la minoría republicana. ¿Hay razones ocultas e incontestables para que yo no llegue a ser modesto diputado republicano? Mi suspirado ideal es sentarme a los escaños de izquierda, entre el Sr. Muro, respetable, y el Sr. Marenco, no menos respetable; ¿por qué no se ha de realizar mi ensueño? Yo llevaré –si es menester- unas botas rojas, llenas de polvo, como el Sr. Junoy; yo buscaré –si se me exige- al sastre más arcaico y vetusto de Madrid, para que me cosa un chaquet ribeteado con galón de seda, como el del Sr. Ortega; yo me esforzaré en no pasar por la peluquería sino una vez cada semana, como el Sr. Lletget; yo intentaré –aunque tenga que vencer íntimas repulsiones- escupir, y tornar a escupir sobre la alfombra, como el Sr. Llano y Persi… Yo soy dócil a todos: ¿qué más se me puede exigir? Y esta actual disposición de mi espíritu –remiso a todo trabajo mental- es una garantía de mis aptitudes parlamentarias… En estos mismos días, una Cámara de Comercio –la de Oviedo- a dirigido a sus similares de toda España una circular invitándolas a inaugurar una acción común “contra el avance de la chismografía parlamentaria”. ¿Dónde está esa odiada chismografía? ¿Qué entienden por tal cosa los iracundos reformadores asturianos?
Ayer tarde, antes del inevitable escándalo cuotidiano, el señor marqués de Taverga daba una respuesta solemne a los propósitos de la Cámara de Oviedo. El Sr. Maura intenta hacer de los Ayuntamientos organismos puramente administrativos. El señor marqués de Taverga se siente indignado ante tales Proyectos. “Se intenta apartar la administración de la política –decía en la sesión de ayer el señor marqués, exasperado. –Señores diputados, ¿esto es posible?” “Dejémonos –añadía- de cosas totalmente imposibles; la política viene con nosotros, convive con nosotros, nos acompaña a todas partes. ¿Cómo podremos separarla de nuestro lado?”.
No, no la separemos; seamos todos políticos y todo lo más políticos que podamos, es decir, no pensemos en nada. Yo presentaré también –como el Sr. Junoy, o como el Sr. Lacierva, o como el Sr. Sánchez Guerra- mi candidatura en las próximas elecciones… Y podrá suceder que un día –quizás no muy lejano-, cansados de tanta zalagarda y de tantas triquiñuelas, este albañil que vemos pasar todas las mañanas, o todas las noches; y este carpintero, que labra la madera; y este herrero, que golpea el hierro sobre el yunque; y este minero, que arranca el mineral de la honda mina; y este maquinista, que mira a todas horas el regulador de su máquina; y este tipógrafo, que compone mi artículo; y este labriego, que abre con su azadón la tierra; podrá suceder que todos estos hombres ingenuos digan un día: “¡Ya no hay más políticos, ni liberales, ni conservadores, ni republicanos de extrema izquierda, ni republicanos de extrema derecha!”. Pero, ¡qué le vamos a hacer! Todo tiene sus quiebras naturales, y entre tanto, seamos políticos; es decir, no pensemos en nada…

(Azorín, Los pueblos. La Andalucía trágica y otros artículos (1904-1905), Edición de José María Valverde, Clásicos Castalia, Madrid, 1987, pp. 57-60)


lunes, 15 de agosto de 2016

Lo chileno y los chilenos

Plaza y Torre del Reloj, Iquique, 1910


  "Qué es para mí la búsqueda de lo chileno? Es la búsqueda de mí mismo. No una búsqueda demasiado intencionada, porque a base de conceptos acabaría hallando otra cosa. Es un encuentro que celebro a diario con mi lenguaje, con mi memoria o, para ser más exacto, con mi nostalgia –irrealidad-, ya que lo chileno para mí es objeto de nostalgia, con cierta poesía de Chile, cierto histrionismo de mis compatriotas, cierta música. Todo en el proceso de forjarse. En la búsqueda de algunas razones: ¿Por qué un país de tan bella naturaleza muere a diario en convulsiones?¿Por qué nos movemos con tanta decisión hacia una meta que no conocemos?(…)
Esta es, entonces, la respuesta más directa: busco lo chileno en lo humano, no en lo circunstancial del paisaje. Busco un mundo de relaciones humanas que, aun sin comprender, pueda hacer vivir en una obra la creación. (…) ¿Civilización y barbarie? ¿Viejo y nuevo mundo? No importan las denominaciones. El chileno lleva una pugna de culturas que no logra aún armonizar. Es el caso de todos los pueblos hispanoamericanos. En última instancia, creo que buscar la ‘chilenidad’ es buscar lo que une a los hombres de todas partes, no aquello que los divide.” (Fernando Alegría, Literatura Chilena del Siglo XX, Editorial ZigZag, Santiago, 1967, pp. 13-14)



“Leyendo las Memorias de un Tolstoyano, de Fernando Santiván, he pensado cuán poco nos separa a nosotros, los chilenos del átomo y del espacio, de esos otros chilenos que a principios del siglo transcurrían por el mundo en coches de caballos alumbrados por pálidas lámparas de gas. Ha cambiado el ritmo exterior de nuestra vida, se ha transmutado nuestra conciencia del tiempo, ha disminuido un instante nuestra perspectiva para extenderse luego hasta el infinito, pero, en el fondo, seguimos angustiados por la misma falta de propósitos fundamentales, ofendidos por la presencia de crueles desigualdades y prejuicios, desconcertados ante la violencia, empequeñecidos por la ineficacia de nuestros esfuerzos de redención. Se hablaba entonces de un progreso material ilimitado. Hoy, ante la realidad de tal progreso, dejamos de considerarlo un atributo de grandeza para medirlo de acuerdo con los nuevos vacíos que descubre, las nuevas interrogaciones que plantea, los abismos con los que rodea nuestra relativa insignificancia.”  (Fernando Alegría, Literatura Chilena del Siglo XX, Editorial ZigZag, Santiago, 1967, pp. 171)

sábado, 6 de agosto de 2016

INTI-RA

Ponerse el sol, cada día, 365 veces en un año. No es un evento peculiar, por su repetición, pero cada vez que el sol se esconde tras el mar, es un momento mágico, por más veces que lo hayamos vivido.
Mirando hacia el Atlántico, mientras el sol se pone a las 20:50 de un día de agosto, en la costa portuguesa, evoco mi país, lejano allá al otro lado de ese inmenso océano el cual ha sido surcado una y otra vez con el afán de unir dos mundos separados por la naturaleza y unidos trágicamente por la cultura y la historia: América y Europa.
Areia Branca, Lourinhã 2016

Han venido a mi mente diversas impresiones de todo lo por mí vivido, ahora y antes. Siete meses en este hermoso país, donde he experimentado muchos sentimientos traídos, unos, por los eventos acá acontecidos, y otros, por lo que dejé en Chile, y por aquello a lo que debo volver, que en parte es lo mismo, y que en muchos aspectos será otra cosa. La realidad de lo que sea, por más ínfimo que esto sea, cambia en un año. Y a veces, los cambios, aunque no lo queramos, resultan radicales, esenciales, arrancan tu alma de la base, la revuelven y debes luchar contra el miedo para volverla a recomponer.

El aire fresco del viento que agita mi cabello y choca suavemente contra mi piel, el sonido hipnótico del oleaje mecerse siempre igual, pero siempre distinto, expandiendo la espuma y el agua fría por la arena; pájaros que casi imperceptiblemente surcan el cielo, ya rojizo, parecen apurados en llegar a su hogar, antes que el sol decida esconderse y mezquinar su luz. Y ahí me detengo, y ahí me siento en una roca, que durante el día estuvo cubierta de agua. Es que ha bajado la marea y ahora lo que estuvo bajo las aguas, emerge, mostrándome a mí, invasora en esta arena virgen, la vida que guarda ese secreto húmedo.

Algo se agolpa en mi garganta. Mil cosas, mil cosas se agolpan, quiero llorar. Pero no logro hacerlo. Es un antes y un después, ese sol se pone, rápidamente cae ese perfecto círculo dorado, Ra, Horus, Apolo, Inti. Un antes y un después, me anuncia. Ya nada será igual. No fue el viaje, no, ha sido todo. No es sólo estar a miles de kilómetros de mi hogar, de mi lengua, de mi tierra, no. No ha sido sólo dejar por tantos meses ese espacio conocido, por este otro, desconocido, pero cada vez más familiar. No. Es algo más fuerte, es un momento de decisión. Un momento que vislumbré desde hace años, que sentí precipitarse hacia mi alma, hacia mi persona, hacia mi materialidad, pero no quise comprender. Y ese sol naranjo, ese sol cayendo, le dice, me dice que me precipite. Me dice que estoy también cayendo y leo en sus reflejos acuosos, esa senda que me espera.
Areia Branca, Lourinhã, 2016


Y lloro, por dentro. Llora el mar por mí, esas lágrimas saladas de la que está lleno. Mis ojos ya no pueden llorar. Y vuelvo a sentirme en esa profunda soledad que inunda todo cuando pareciera que no hay ya pasado, pero tampoco futuro y te encuentras frente a un abismo sin sentido, sin salida, cuya única opción es caer al vacío. Ese sol naranjo, que baja, que es engullido por el mar, me dice que lo siga. Y yo quiero, como Alfonsina, seguirle. Pero mi conciencia, tan consciente, me lo prohíbe. Mi conciencia de lo que aún está, de lo que significo yo para este mundo, para algunas personas que me rodean, es demasiado consciente. Y olvido, entonces, esa parte de mí que quiere arrancarse el corazón y no sentir nada, esa parte de mí que quiere simplemente dejarse arrastrar por esa hostia roja, ya roja, que está siendo engullida por las lágrimas eternas que burbujean en la arena, en un sacrificio divino que es el atardecer.

Lafayette