Igreja São Domingos,
Lisboa
Fuimos a caminar
a Rossio, un día de verano. Llegamos desde Avenida da Liberdade y caminando por
el Largo São Domingos, vimos una iglesia. Giramos a la derecha por la calle Dom
Antão de Almada y a los pocos metros estábamos ya en la entrada de la
construcción. He visto muchas iglesias en Lisboa, poco he reparado en ellas.
Entramos hace meses un día a la Catedral, cuando dimos un paseo por Alfama, pero
fue casi de casualidad, no la buscábamos. En esta ocasión fue igual. Sólo
dábamos un paseo por la zona turística, la cual estaba llena de personas que
pasaban unos días en la capital portuguesa y hablaban en diversas lenguas que
se confundían a medida que caminábamos.
![]() |
| Praça Dom Pedro IV o de Rossio, Lisboa |
Tuve, en ese
momento, una sensación de familiaridad con la ciudad, como si Lisboa ya fuera
mi ciudad, algo ya propio y todas esas personas que hablaban alemán, inglés,
castellano, chino, y otros idiomas que no conozco, fueran ajenos a esa intimidad
que yo ya estaba sintiendo con la ciudad. Ya son ocho meses. En la angosta calle
peatonal a la que daba el pórtico de la iglesia, había un grupo de africanos,
no sabría decir de qué país. Caboverdianos o angolanos, lo más probable. Estaban
unos de pie, otros sentados en el suelo o en sillas, con atuendos propios de
sus usos y vendían algunos productos, como hierbas o artesanía, aunque en una
situación bastante improvisada.
Seguimos caminando,
y entramos a la iglesia. Había muchos turistas entrando también. Me llamó la
atención que la mayor parte de los que entraban, al escucharlos hablar, eran
españoles. ¿Será mi impresión o hay una suerte de tradición y afinidad ibérica
por el arte y la arquitectura católica? Bueno, heredera de los usos hispanos,
estaba yo también ahí.
Fue impactante
la primera vista de la iglesia. Parecía arquitectura románica por sus arcos,
pero carecía de frescos en las paredes y la construcción no se veía muy
antigua. El techo y las paredes de color rojo y las columnas grises, daban un
interesante contraste en una primera impresión. Pero fijándome más
detenidamente, comencé a notar que parecía una iglesia a medio restaurar y
acercándome a los altares laterales, era evidente la destrucción de las
columnas, provocada por algo más que el tiempo.
Junto a la
puerta de entrada se había instalado un mural donde se leía un periódico
antiguo “Fogo na casa de Deus”, que databa de 1959. Pues ahí se explicaba todo.
Recorriendo uno a uno los altares laterales, todos con sus respectivos santos,
cristos o vírgenes y con lugares dispuestos para la donación de velas, fuimos
percibiendo la historia que la iglesia albergaba. Los rastros de la destrucción
estaban en los pilares, arcos y el suelo y en algunas partes aún se notaba el hollín
del fuego. Los techos y paredes habían sido reconstruidos, pues fueron destruidos
por el incendio.
Las imágenes en
los altares eran modernas. Algunas manteniendo ciertas formas tradicionales,
otras definitivamente contemporáneas. Algunas eran estatuas otras, cuadros. Lo que
daba un aire de instalación temporal en estas imágenes, a la espera de una reconstrucción
total y más armónica. Aún así, ello no restaba belleza a la escena general. La música
sacra que sonaba de los altavoces, las velas encendidas, esa sensación de estar
dentro de semiruinas que tenían tanto que contar, hacía que se penetrara en una
contemplación mística de esos vestigios vivientes. Llegando al altar mayor,
estaban arriba las estatuas antiguas de piedras aún algunas en pie, pero muy
ajadas. El altar era moderno y estaba bien decorado, con un suelo nuevo
superpuesto y un órgano antiguo bien cuidado.
Nos sentamos en
la primera fila de las sillas, frente al altar y comenzamos a contemplarlo, y,
a la vez, a las personas que pasaban frente a él para admirar la belleza del
monumento y sacar fotografías. Todas las personas que cruzaban frente a
nosotros eran veraneantes, vestidos con sus pantalones cortos o faldas, las
mujeres, camisetas frescas y sandalias, equipados con cámaras de fotos o bien smartphones. En una actitud
despreocupada y a la vez absorta y curiosa del visitante que se pasea por los
puntos monumentales de una ciudad, que ha visto previamente en la guía turística.
Y me imaginaba
las ruinas de otras épocas, más antiguas. Imaginaba esos mismos veraneantes en
los templos egipcios, griegos o romanos, donde se veneraron, en otros siglos,
dioses tan fuertes e imponentes como nuestro Dios trinitario y la Virgen María
su madre terrenal. Era curioso ver, hoy en día, cuando la fe católica aún tiene
millones de fieles, cuando el cristianismo es un agrupamiento de religiones
hermanas en plena vigencia, cómo parecía que esta iglesia, este monumento vivo,
que nos contaba una historia, pero que a la vez tenía un presente, era a la vez
un testimonio de una época ya ida.
No concebía el
momento en que en esa iglesia, o en otras cualquieras de Europa o América,
construidas hace doscientos, cuatrocientos o seiscientos años, el rito y la
observancia pasaron a ser secundario y se convirtieron en monumentos de
contemplación turística. Me imaginaba a esas personas en pantalones cortos y
sandalias, siendo acusados de sacrilegio, si en vez del año 2016, hubiesen
estado en 1916 o 1716 sobre esas mismas escalinatas contemplando el altar, así,
simplemente, libremente, despreocupadamente.
La religión
católica está aún viva, la Iglesia católica es aún poderosa, pero es evidente que
los antiguos usos se pierden y las iglesias van tornándose cada vez más en testimonios
de largos trances históricos y cada vez menos en construcciones utilitarias
para el rito sagrado. No es algo bueno, no es algo malo, es simplemente lo que
acontece. ¿Cuántos años pasarán cuando los turistas frente al altar de São
Domingos finalmente digan: “aquí veneraban al antiguo Dios trinitario y a su
madre terrenal María, los primitivos cristianos católicos”?
Nota: A Igreja de São Domingos, do Convento de São
Domingos de Lisboa ocupa a metade norte do lado oriental da Praça D. Pedro IV.
Sendo limitada a Norte pela Rua Barros de Queirós, a Oeste pelo Largo de São
Domingos, a Sul pela Praça da Figueira e a Este pela Rua de Dom Duarte.
Foi construída no século XIII, por ordem do rei D.
Sancho II tendo a sua primeira pedra sido lançada em 1241. Desde então foi alvo
de inúmeras campanhas de obras que lhe alteraram a sua traça medieval por
completo. O convento foi acrescentado depois por D. Afonso III e novamente
aumentado por D. Manuel I. Foi aqui que começou o Massacre de Lisboa de 1506. O
terramoto de 1531 arruinou-o muito, o que obrigou a nova reedificação em 1536.
Era notável a sua riqueza em alfaias preciosas,
havendo uma imagem de prata maciça, que saía em procissão num andor do mesmo
metal, alumiada por lâmpadas também de prata. As pinturas dos altares, os
paramentos, os tesouros, tudo desapareceu durante o terramoto de 1755,
salvando-se unicamente a sacristia e a capela-mor, mandada fazer por D. João V
e riscada pelo arquitecto João Frederico Ludovice, em 1748. A capela-mor, toda de mármore negro, e
em cujas colunas se vêem, junto à base, medalhões delicadamente cinzelados, que
também avultam sobre os nichos laterais.
Em 13 de agosto de 1959, um violento incêndio
destruiu por completo a decoração interior da igreja, onde constavam altares em
talha dourada, imagens valiosas e pinturas de Pedro Alexandrino de Carvalho. A
igreja recebeu obras e reabriu ao público em 1994, sem esconder as marcas do
incêndio, como as colunas rachadas. Ainda que destruída, é uma igreja que
sobressai pela policromia dos seus mármores.
Actualmente é a igreja paroquial da freguesia de
Santa Justa e Santa Rufina, em plena Baixa Pombalina e foi classificada como
Monumento Nacional. Expõe metade do lenço usado por Lúcia no dia 13 de Outubro
de 1917 (a outra metade encontra-se no Santuário de Nossa Senhora de Fátima, em
Fátima) e ainda o terço usado por Jacinta Marto no mesmo dia.
De traço predominantemente barroco, de planta em
cruz latina, tem uma fachada muito simples e o interior, mesmo depois do
terramoto e do fogo, evidencia ainda grande beleza e ecletismo. É uma igreja de
uma só nave, majestosa. A sacristia e a portaria ainda mostram um pouco de
sabor maneirista, denotando as várias campanhas de obras de que foi alvo na sua
história. O mesmo estilo pode ser visto nos túmulos e lambris de azulejos de
ponta de diamante na sacristia.
M.N.AM.


