Domingo, 2 de
octubre de 2011
Pocas horas después de este
encuentro promocional en Londres con Tori Amos, se hallaba muerta a Amy
Winehouse en su casa. Es una pena no haber podido recabar la impresión de la
pianista y cantante sobre la pérdida de una de las mujeres llamadas a renovar generacionalmente
la industria. Pero, casi premonitoriamente, minutos antes del encuentro, el
mánager de toda la vida de Tori Amos (Newton, Carolina del Norte, 1963), el
simpático y gordinflón John Witherspoon, reflexionaba en voz alta:
"Prefiero no dar nombres, pero, créeme, la mayoría de chavales que se
creen lo máximo habiendo sacado apenas un disco son infinitamente más duros de
sobrellevar que artistas como Tori Amos. Llevo con ella más de dos décadas,
desde sus inicios, y te juro que jamás me ha dado un problema. Nunca he tenido
que sacarla resacosa y medio dormida de una habitación de hotel, ni soportar
las ínfulas que en el rock han acabado con muchas carreras antes de que
realmente despegaran". Lo dice mientras muestra en su ordenador una selección
de fotos promocionales que se ha tomado la cantante estadounidense junto a su
hija Natashya, de 11 años, al sur de Irlanda, uno de los escenarios reales e
imaginarios de su duodécimo disco de estudio, Night of hunters.
Cuesta creer que la madre
protectora que juega a los disfraces medievales con esa niña maquillada de
zorrito (y que se estrena como cantante acompañándola en este álbum) sea la
misma que en 1991 rompió con el canon de solista femenina en el pop. El
espíritu combativo aún reluce tras esa melena de fuego y sus ojos de cristal,
pero las tormentas que le llevaron a exponer en carne viva sus traumas
personales parecen haberse calmado. Tras su renovada aura de suma sacerdotisa
se revela una mujer que disfruta compartiendo impresiones más que largando el
discurso promocional de turno.
El de este disco intenta
resumirlo como sigue: "Se acabó mi contrato con mi anterior discográfica.
Yo pensaba aprovechar para centrarme en mis conciertos y en la adaptación
musical que estoy preparando de The light princess para el Royal National
Theatre [que, se supone, verá la luz en 2012]. Pero apareció Deutsche
Grammophon con una oferta que no pude rechazar: grabar un ciclo de canciones
del siglo XXI inspirado en clásicos de hasta 400 años de antigüedad".
Se volvió loca. Se puso a
estudiar la obra de esos tótemes, empezando por el Winterreise, de Schubert. Y
siguiendo por Bach, Chopin, Debussy, Satie o Granados. A todos ellos les ha
tomado prestadas piezas para construir una leyenda propia, cuajada de mitos
irlandeses y alegorías ancestrales. "¿Sabías que Granados murió ahogado?
Yo no lo supe hasta que tenía casi terminada una canción basada en una de sus
danzas españolas. Es curioso, porque en ella relato el viaje de mis
protagonistas, un hombre y una mujer, que viajan del Viejo Mundo al Nuevo Mundo
en barco". Con esos amantes como hilo conductor y un envoltorio musical no
siempre fácil, Amos reflexiona sobre "la velocidad excesiva que nos
arrastra hoy día, las fuerzas oscuras que quieren controlar la Tierra o la
dualidad intercambiable de cazadores y presas. Todos encarnamos un rol u otro
según la ocasión".
Un nuevo reto artístico que le
obligó a ella también, una vez más, a enfrentarse a su otro yo; a aquella niña
virtuosa que ingresó con 5 años en el conservatorio de Baltimore (la persona
más joven hasta la fecha) y que fue expulsada a los 11 por indomable. Sus
primeros discos han dado explícita cuenta de su complicada infancia en una
familia metodista. Mientras su padre pastor y sus colegas teólogos discutían en
el piso de abajo sobre la luz divina, ella descubría su propia "luz
divina" masturbándose en su habitación. Su madre, de descendencia
cherokee, trabajaba en una tienda de discos y alentó su formación musical.
Aunque, cuando desaparecían sus progenitores de casa, aparcaba las partituras
de Sonrisas y lágrimas y Oklahoma! y le daba a Little Richard y los Rolling
Stones. "Yo lo que quería era fugarme con John Lennon y entregarle mi
virginidad a Robert Plant", se ríe. "En cambio, lo que hacía era soportar
los rígidos discursos de mi abuela sobre los horrores que esperaban en el
infierno a las mujeres que se entregaban sexualmente". Curiosamente, es su
padre quien aún hoy gestiona los derechos editoriales de sus canciones,
"aunque muchas veces me diga: 'Por Dios, hija, ¿cómo cantas esto?".
La defensa de la sexualidad
femenina es uno de sus caballos de batalla. Con el Evangelio apócrifo de María
Magdalena como lectura de cabecera, defiende la "espiritualidad
erótica". "Cuando viajo por el mundo, veo que la mayoría de las
mujeres aún mantienen una relación complicada con su propio sexo. El
cristianismo y sus voces autorizadas han ejercido, y seguirán ejerciendo, de
figuras castrantes para nosotras. El erotismo se ha entendido como algo
blasfemo y distorsionador: se ha derivado la cultura del deseo a formas muy
extrañas, desde asumir tu papel de víctima hasta entenderlo como vampirismo
emocional. ¡No! Todas tenemos derecho a sentirnos sexis y románticas".
No alude a ello de una manera
directa, pero de fondo está la violación que ella misma sufrió con 22 años por
parte de un tipo que acudió a uno de sus conciertos y que cercenó su propia
vida sexual posterior. Lo cantó en uno de los turbulentos temas de Little
earthquakes, el debut como solista que la trajo a un primer plano del rock
alternativo. "No siento como un error haberlo expuesto en una canción,
pero a lo largo de los años te agotas de responder a preguntas relacionadas con
ello. Mi única respuesta ha sido seguir viviendo", dice, sin querer
ahondar más en el tema. Hablar sobre las consecuencias traumáticas en sus
relaciones de pareja de aquella experiencia le valió que su novio de entonces,
el productor Eric Rose, acabara por abandonarla. Hoy, casada desde hace 13 años
con otro productor, su compromiso con RAINN, la asociación que fundó para las
víctimas de abusos sexuales, es más elocuente que cualquier comentario.
en sus múltiples reconversiones,
Tori Amos ha ejercido también como icono atípico. El mundo de la moda la ha
tentado en diversas ocasiones, sin suscitar un interés particular más allá de
alguna colaboración. En 2005 la vimos a un piano de cola interpretando versos
dedicados a Salomón mientras las modelos de Viktor & Rolf desfilaban,
literalmente, con la almohada pegada. Ella se ríe solo de recordarlo. "Lo
hice por consejo de mi estilista, Karen Binns, y me divirtió muchísimo, pero
jamás me he considerado particularmente fashionista. De hecho, recuerdo una
serie de conciertos que hice en clubes, en 1998, en los que salía a actuar como
si estuviera en el salón de mi casa, en vaqueros y camiseta. Karen me echó la
bronca: '¡Nena, he venido a ver tu show y yo voy mejor vestida que tú! En el
futuro, cuando veas las fotos de estos conciertos te vas a mortificar'. ¿Y
sabes qué? Tenía razón".
Lo cierto es que hubo un tiempo
en el que Tori Amos sí actuaba para gente en el salón de su casa, cuando se
mudó a Los Ángeles, en 1984, en busca de una vida que la sacara del restringido
circuito de clubes del Estado de Washington, donde vivía. Sus primeros buenos
amigos en la ciudad de los sueños rotos fueron el batería Matt Sorum (que
acabaría tocando en Guns N' Roses); el actual juez de American idol, Randy
Jackson, y Narada Michael Walden (productor de Freeway of love, de Aretha
Franklin, o I wanna dance with somebody, de Whitney Houston). "Nos
pasábamos el día tocando unos con otros, a ver qué iba saliendo". Era la
época del hair rock (un estilo derivado del glam y el metal en el que se
afilian grupos como Mötley Crüe, W.A.S.P. o Twisted Sister), que la propia
cantante, entre risas, reconoce como uno de sus peores momentos estéticos.
"Compraba la ropa en Retail Slut [emblemática tienda punk de Melrose
Avenue] y siempre llevaba un bote de laca en mi coche. Al menos cuatro veces al
día, tenías que usarla para asegurarte de mantener un volumen de pelo
descomunal".
El fracaso de su propia banda de
tecnopop, Y Kant Tori Read, no impidió que Atlantic Records apostara por su
lanzamiento en solitario a principios de los noventa. Por entonces, Tori ya era
amiga de la mitad de los músicos de Los Ángeles (acabaría teniendo un romance
con Trent Reznor). A un colega suyo fanático de los cómics se le ocurrió enviar
una casete con la maqueta de sus primeras canciones en solitario a Neil Gaiman,
por entonces enfrascado en su mítica serie Sandman. "¡Se la mandó sin
decirme nada! Cuando le conocí personalmente, me moría de vergüenza. Y me dijo:
'Oye, creo que deberías dedicarte a la música, en serio, podrías hacer carrera
con ello'. Ahora es mi hermano del alma. Es el padrino de mi hija [de hecho, le
escribió un cuento al nacer, que ha publicado, Blueberry girl]".
El propio Gaiman y aquel amigo
"traidor" se convirtieron en promotores de un proyecto inaudito hasta
entonces, la confección de un cómic, Tattoo, publicado en 2008, donde
participaron 80 autores diferentes, basado en el cancionero de Amos, con ella
convertida en superheroína de la era posfeminista. "Aún hoy no sé cómo
tomarme aquel proyecto. Soy consciente de que yo he explorado múltiples caras
de mi personalidad a lo largo de estas casi tres décadas de carrera, pero no
sabría dar una imagen concluyente de mí misma. Puede que, después de todo, no
seamos más que lo que ven los demás en nosotros. Sí, esa es, posiblemente, mi
máxima intención con mis canciones: animarnos a buscar en nosotros mismos para
propiciar que los demás realmente nos encuentren", dice en un tono
pausado, como quien acaba de tener una revelación, justo antes de concluir la
entrevista. Y se levanta, parsimoniosa, y se dirige a un tocador donde la
espera su peluquero. Después de todo, hasta las sacerdotisas necesitan
acicalarse a cada rato.
