Por M.N.A.M. 20 enero 2010
Tengo 27 años. Nací en 1983 en Santiago de Chile, cuando el gobierno militar llevaba poco más de 10 años en el poder. Viví los primeros 7 años de mi vida bajo el régimen. Los otros 20 los he vivido en democracia durante los gobiernos de la Concertación. Me eduqué siempre en colegios católicos, pero más allá de aquello, la conciencia y sentido de la vida que me transmitieron mis padres fue lo principal. Nunca tuve todo lo que deseaba, a veces pasábamos difíciles momentos, aunque no me puedo quejar: pese a los problemas familiares nunca me faltó un techo, comida ni cariño. Soy de clase media, si se puede decir. Crecí en La Florida y Puente Alto, y estuve viviendo en la última comuna hasta los 23 años, cuando me cambié a Ñuñoa. Mis padres no terminaron la Universidad. Mi padre no tuvo la oportunidad de asistir, pues comenzó a trabajar joven. Casi toda su vida se dedicó al área bancaria, haciendo carrera en ello. Mi madre pasó por la Universidad de Chile, pero nunca terminó, por razones familiares y personales. Ella, me inculcó mucho de lo que se y siento respecto de nuestra historia reciente; con sus conversaciones apasionadas, cuando se hizo el plebiscito del SI y el NO o cuando salió Lagos, y durante mucho tiempo durante toda mi infancia y adolescencia me entregó un sentido profundo sobre la importancia de conocer lo ocurrido. Yo creo que lo hizo como una manera de reconocer sus raíces o su propia historia más que con una intención racional de crearnos conciencia política. Sea como sea, las palabras “Pinochet”, “Derecha”, “Golpe de Estado”, siempre fueron tristes resonancias de un pasado terrible.
Sin embargo, todo parecía bien. Eso ya había pasado, pero era algo que no debíamos olvidar, no se podía; aún había muchas heridas abiertas. La conciencia política era un valor que mi madre nunca agregó. Mi padre por su parte, siempre se mantuvo al margen, y según las cosas que él me contaba de su vida, parecía que después de salir del colegio todo se hubiese borrado. Nunca supe mucho de él por sus propias palabras. En ese sentido, él es un misterio para mí: sólo conozco la versión de mi madre. Tal vez sea por un miedo a no transmitir las penas y miedos a los hijos, de manera de crear “gente nueva” y sin trancas. No lo sé.
Sólo se que durante mi adolescencia y después, mi interés político o por la política sólo se reducía a mi convicción personal en que yo jamás sería de “derecha”. Siempre he sentido que la solidaridad y la justicia son valores supremos, y no se viven solamente siendo cura o juez. Es algo que se ejerce día a día por cada uno de nosotros, y más aún cuando se tiene un cargo de poder. Y siempre, o desde mucho tiempo ya he pensado que en una sociedad donde la competencia y el dinero son los parámetros y fines últimos de las acciones humanas, la solidaridad y la justicia son sólo valores vacíos y los seres humanos se convierten en cosas. Cuando el año 2003 ingresé a estudiar Licenciatura en Historia a la Universidad de Chile, sabía perfectamente por qué estaba ahí. No era la política, ni era la historia de Chile, reciente o lejana. Me preguntaron una vez que por qué estudiaba historia, y además en la Chile, si no tenía interés en la política. Mi respuesta fue que la historia era mucho más que eso, según creía. Ni siquiera me inscribí en el registro electoral cuando cumplí 18 (recién lo hice a los 26). A tal grado llegó la desidia familiar, y el desgaste de las ideas, enajenados por el mundo “globalizado” y los nuevos valores de plástico que iba enarbolando el mundo moderno, que nadie me instó a que lo hiciera. Yo, por mi parte no lo creía necesario. Tenía “tantas cosas que hacer” y por mi, las cosas no iban a cambiar. ¿Qué haría un grano de arena en una playa? Me dediqué a mis estudios, me dediqué a ser madre. Me puse muy feliz y orgullosa cuando Michelle Bachelet fue elegida presidenta; lamentablemente yo no participé de ello: no voté. Pero sentía que era justo para Chile, a pesar de que yo no sabía muy bien quien era ella, no me había interiorizado. Ahora, que ya se mucho más sobre su persona y de la historia reciente de Chile, creo que es una mujer íntegra y que representa a Chile de verdad. Por su historia personal, por el pasado vivido, y por los aportes durante su gobierno.
De los gobiernos de la Concertación, no es mucho lo que puedo decir de los dos primeros. Yo era muy chica. Sin embargo tengo memoria de cosas importantes que me afectaron directamente posteriormente. Soy una agradecida de la gestión de los gobiernos recién pasados. El año 2003 mi primera hija fue operada exitosamente en un Hospital público. Todos los gastos cubiertos y una excelente atención, con medicina de primera. Luego nació mi segunda hija, y el hospital al que ingresé igualmente bueno. Todo gratuito. Las atenciones médicas que he tenido hasta ahora han sido siempre en el sistema público, y no tengo nada que decir más que elogios (aunque siempre hay cosas por mejorar y falta mucho). Soy una beneficiara así como miles de chilenos. He recibido los bonos por hijo dados el 2009. Estudié todos mis años en la Universidad con crédito del Fondo Solidario y el último año fui becada por excelencia académica, estando exenta del pago de arancel. Recibí otras becas, además. La Universidad de Chile, la mejor universidad de nuestro país, una universidad pública me ha dado todo y me ha formado con excelencia. Es como mi segundo hogar y me siento feliz y orgullosa de eso. Hace un tiempo recibí un premio otorgado por el Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes, también del Gobierno de Chile. Soy una agradecida del Estado de Chile, y de sus gobiernos. He sido beneficiada, así como miles de otros estudiantes realmente esforzados y capaces que han sido favorecidos con becas y premios. No deben olvidarlo, es el Estado quien ha financiado. Por eso la necesidad de un Estado fuerte y de instancias públicas para el desarrollo de la cultura y la investigación.
Cuando se habla de privatización, de libre competencia, de la entrada de la educación al mercado, de la educación de mercado, siento terror. La educación no es una empresa; debe ser pública y equitativa. La educación debe tener el fin último en sí misma y en generar gente consciente y socialmente capaz de crear avance intelectual, técnico, tecnológico y científico. La educación debe crear gente íntegra, con conocimiento amplio, y que mire más allá del mero valor económico. Las cosas materiales, a fin de cuentas, son efímeras; las relaciones humanas reales son las que quedan y el conocimiento adquirido. ¿Por qué ser tan egoístas y no permitir que todos accedan a las mismas posibilidades? ¿Por qué bloquear informativamente los medios de difusión generando una masa de gente sin opinión, sin conciencia, sin inteligencia? La modernidad enajenante y privatizante, que establece como parámetros la exterioridad de las personas genera seres deshumanizados. Lo primero que nos hace seres humanos es la capacidad de RECORDAR y TRANSMITIR lo que sabemos. Sin esa capacidad no hubiese sido posible generar cultura, avances técnicos ni nada humano: seríamos animales. Lo segundo que nos humaniza es la capacidad de REFLEXIONAR y DISCERNIR; lo tercero, la capacidad de SOCIALIZAR y COMPARTIR. La educación no sólo es privativa de los colegios o las universidades. La calle, con sus estímulos constantes, los afiches, los periódicos, las revistas, generan pensamiento y entregan valores o anti-valores. La televisión, Internet, las radios, entregan informaciones, imágenes, palabras que van formando (o deformando) a las personas. La familia es la institución educativa por excelencia. Entonces, si las personas son estimuladas y educadas por la “globalización” (qué diablos es eso!), por la farándula, por la sensualidad desbordada, la silicona, los “relities”, y toda la porquería que uno ve con solo prender la tele, ingresar a Internet, o asomarse a un quiosco…. ¿cómo podemos realmente educar?
No es solo de Izquierda o Derecha. No es sólo que éste habla más bonito, o este otro habla más feo. No es sólo lo que se promete o no. No es sólo que “todos los políticos son iguales”. Es algo de integridad. Es algo de dignidad. Es algo de coherencia. Los grupos de poder económico, los cuales en Chile son básicamente afines con el ala “derecha” del mundo político, han monopolizado la producción del conocimiento, o más bien han limitado la expansión de éste a favor de la proliferación de una multitud de estímulos enajenantes e idiotizantes. Finalmente han convencido a más de la mitad de Chile que es mejor llegar a la casa a prender la caja brillante y consumir un programa vacío de contenido que aprender, leer o simplemente conversar. Es así como se construye el cambio. De la humanidad a la deshumanización. Es así como caemos es la estupidez y la animalidad.
No es sólo abanderarse. No es sólo jugársela por una idea. Es creer que soy persona y que todos podemos llegar a serlo. Es juntar todo lo aprendido durante mis estudios, y razonar sobre la verdadera condición que nos instala en nuestro lugar en el mundo. Es no creer mentiras, aunque se que todos mienten. Es ser consiente y consecuente con lo que pensé y pienso. Es no dejarme embaucar. Es creer en la justicia social y el bien público, y en que el dinero es finalmente una ilusión de algo, pues todos nos vamos a la tumba desnudos, así como nacemos. Es creer que un millón de trabajos deberían sustituirse por un millón de sueldos dignos, y no tragarme esa asquerosa promesa cuando se que lo que ellos ven en el pueblo chileno es a 15 millones de empleados en esta gran empresa que será Chile. Es convencerme de que en verdad no existe un candado gigante que cierre las puertas de las cárceles para que los “delincuentes” no salgan de allí. Es entender que el problema no es la delincuencia, sino la MARGINALIDAD. Que terminar con los campamentos y crear poblaciones de casas que son poco más que mediaguas, sin un solo árbol, es realmente avanzar. No digo que la Concertación no se equivocó en esto. No es negar que durante estos 20 años se ha facilitado la intervención de éstos poderes económicos. No me ciego ante esa realidad. Sino que es más bien pensar que lo que estaba en algo contenido se va a desatar libremente. Es pensar que no nos daremos cuenta en verdad que poco a poco nos terminarán de comprar, y que hasta nuestros cerebros estarán fichados en el catastro de bienes muebles e inmuebles de esta gran empresa que será Chile.
Yo estoy aquí. Sigo viva y consciente. Creo que no puedo olvidar, y reconozco el valor de la memoria. Soy aprendiz de historiadora, ya Licenciada, y mi labor como en consecuencia, y como ciudadana de Chile es NO SILENCIAR mi molestia, y transformar mi disgusto e inconformidad en palabras, y ojalá junto a otros, en actos.
Aquí estamos, seremos OPOSICIÓN.

No hay comentarios:
Publicar un comentario