jueves, 25 de mayo de 2017

The Young Pope (Paolo Sorrentino, 2016)


Cuando vi el trailer, protagonizado por Jude Law caracterizado como Sumo Pontífice, hace unos meses ya, supe que esta sería la siguiente serie que vería.
No soy muy de seguir series, prefiero las películas, aunque sí me he atrevido a seguir algunas desde el 2006 a la fecha.  De las últimas que he visto, una que me ha marcado, dejando la vara muy alta, fue “Isabel” (TVE, 2012-2014, tres temporadas) sobre la vida de Isabel de Castilla. Esta es una serie realista e intimista, que mixtura los conflictos íntimos con los problemas de Estado. Por supuesto, la religión cristiana y los asuntos con el papado era un elemento fundamental para comprender la dinámica de la época (Castilla, siglo XV).
De formación católica y practicante (cuando niña), siempre me ha atraído la puesta en escena de lo que pueda referirme algo sobre asuntos religiosos, su crítica o su interpretación, cualquiera esta sea. La religión, y en este caso, la Iglesia Católica, es un ingrediente esencial para entender nuestro mundo y nuestra historia.


Hasta el momento llevo sólo cinco capítulos de los diez que componen ‘The Young Pope’. El capítulo número cinco es la confirmación de los temores que tanto los miembros de la curia romana, como los espectadores hemos ido acumulando: el discurso del Papa Pío XIII dado a los cardenales es radical, revolucionario por su conservadurismo, absoluto e imperativo, literalmente imperativo. Para Pío XIII esa es la palabra que guiará su papado, eliminando para siempre la palabra consenso.
Un Papa de apenas 47 años, que ha sido electo, al parecer, por verdadera inspiración del Espíritu Santo y no por los arreglos internos del secretario, los cardenales y obispos. Un papa que tiene una extraña relación con el amor, el abandono, la fe, la maternidad/paternidad y las relaciones de amistad. Un papa que adora la belleza, la ironía, la puesta en escena, la pompa, el dominio y el miedo, pero que a su vez encuentra consuelo en las criaturas más frágiles y honestas que se pueden encontrar en aquel protocolar mundo del Vaticano. Un papa que todos tachan de santo, pero que nadie puede creer, de entrada, que lo sea. Porque intimida, porque no permite que nadie lo perturbe.
Dios es miedo, dice el joven Papa. La Iglesia sólo será nuevamente grande si da la espalda a los fieles. Quienes amen a Dios, deberán ser fanáticos, pues el verdadero amor es fanatismo. Quien ame a Dios y a la Iglesia, tiene que obedecerlo a él ciegamente. Intolerancia, silencio, autoridad. Pío XIII está dispuesto a revolucionar la Iglesia.
Pero, paradójicamente, el no cree en Dios. Dios es la ausencia. Y él, Lenny Belardo, su verdadero nombre, es la personificación de la ausencia. Que algo exista, que algún lazo humano exista, que haya amor humano, es sufrir. Sólo en la ausencia evitamos sufrir. Por eso él ama a Dios, y dice conocer a Dios, porque Dios es ausencia.
La serie es visualmente muy atractiva. Bella, intensa. Sorrentino nos sorprende con una diversidad de elementos, que se sumergen y navegan muchas veces en el surrealismo. Casi acercándose al universo de David Lynch en la serie ‘Twin Peaks’ (1990-1991) aunque con un argumento muy diferente y personajes menos extravagantes. A ratos, también colindando con la película ‘Donnie Darko’ (2001) de Richard Kelly. Lo onírico, lo surrealista, es la forma en que la historia se encadena y en que nos vamos dando cuenta que este hombre se siente tan humano, que cree que puede ser Dios. Es decir, Lenny Belardo basa su poder en sus miedos y carencias del pasado, y construye para sí y para los otros una imagen carismática pero inaccesible. Como el mismo Dios. Está ahí, puedes sentirlo, pero no puedes verlo ni tocarlo.
Hasta el capítulo cinco, a lo menos, no comprendemos el significado del canguro que vaga libre por los jardines del Vaticano, y que Belardo cada vez que lo ve le dice “salta”. En el capítulo cuatro, vemos bailando a la Primera Ministra de Groenlandia, sola en la noche, en algún salón del palacio del Vaticano, donde en el día había sido recibida, al ritmo de ‘Senza un Perché’ de Nada. Antes de dar el esperado discurso a los cardenales, vemos al Papa vestirse con todas las galas propias de su posición de príncipe de la cristiandad, y escuchamos ‘Sexy and I know it’ de LMFAO. Y así, una serie de elementos superpuestos, que nos permiten una amplia interpretación del argumento y, al mismo tiempo, conforman un juego estético que intriga. Sin duda, una superposición no menos surrealista que darse una vuelta por un muro, cualquiera, de Facebook o quedarse viendo una hora el Noticiario. 
 Las imágenes religiosas, los símbolos, la riqueza de los prelados, tiene directa relación con la revolución que quiere dirigir Belardo: el discurso del amor, de la concordia, de la tolerancia no se condice, a fin de cuentas, con las galas, los protocolos, las calumnias y los arreglos políticos del Vaticano.
La serie va trazando el camino seguido por este joven Papa que ha sido elegido, en última instancia, por designio divino. Pero dicho designio divino, no es otra cosa que la propia voluntad de Belardo. Él así lo cree. Se muestra a ratos confundido, pero en el fondo sabe, o cree estar convencido de que sabe todo lo que a su alrededor acontece. Esa omnisapiensia la basa en su miedo más grande, el miedo al abandono, al vacío del amor de quienes tendrían que haber sido los primeros en amarlo, sus padres.
Hay quienes han tachado la serie de estéticamente brillante y argumentalmente pobre. Yo creo, que como muchas obras que han sido incomprendidas en su primera pasada, el tiempo le dará el lugar que le corresponde a ‘The Young Pope’. Sin embargo, no sé si le haría un bien a la serie seguir con una segunda temporada. Aún no veo la otra mitad, los siguientes cinco capítulos, pero así como ‘Twin Peaks’ que tuvo una primera temporada brillante, y decayó tristemente en la segunda, tal vez tanto surrealismo y extravagancia de Lenny Belardo nos termine agotando.


Por Lafayette

Ver The Young Pope 

miércoles, 5 de abril de 2017

Haiti, Caetano Veloso y Gilberto Gil, 1993: ninguno es ciudadano


Javier Lyonnet/20 de Febrero 2015/El Observador

Para celebrar los 25 años del disco fundacional del modernismo brasileño, Tropicália, Caetano Veloso y Gilberto Gil grabaron Tropicália 2, un álbum que se abre con la amarga y maravillosa Haiti


Es inevitable. Los versos de Haiti vienen a la cabeza cuando uno sube las escaleras hacia los pisos superiores de esa gran casona celeste que alberga a la Fundación Casa de Jorge Amado. Frente al “Largo del Pelourinho”, la vista desde la esquina domina la explanada y se extiende por encima de los techos inclinados del casco antiguo de Salvador de Bahía.

El sol de la tarde calienta los adoquines de la plaza semivacía, pero aun así se pueden imaginar los sucesos que inspiraron la canción: “una situación vivida en una fiesta de Olodum en el Pelourinho”, resume Caetano Veloso. Y sus mil palabras rapeadas sobre la percusión seca, electrónica, marcial, valen más que una imagen.

“Cuando fuiste invitado a la terraza / de la Fundación Casa de Jorge Amado / para ver desde lo alto la fila de soldados, casi todos negros / dando golpes en la nuca de malandros negros / de ladrones mulatos / y otros casi blancos / tratados como negros / solo para mostrar a los otros casi negros / (y son casi todos negros) / y a los casi blancos, pobres como negros / cómo es que negros, pobres y mulatos / y casi blancos casi blancos de tan pobres son tratados / Y no importa si los ojos del mundo entero / puedan estar por un momento posados sobre el Largo / donde los esclavos eran castigados / Hoy es un batuque, un batuque / Con la pureza de niños uniformados / de escuela secundaria en día de desfile / Y la grandeza épica de un pueblo en formación / nos atrae, nos deslumbra, nos estimula / No importa nada”.

“¿Cuál es la mejor canción de la historia?” le preguntaron a Jorge Drexler en una entrevista online colectiva del diario español El Mundo, en 2001. “Haiti, de Caetano Veloso y Gilberto Gil”, contestó el uruguayo

La denuncia social y racial que evidencia la canción desde la interminable y desoladora estrofa inicial recoge el espíritu original de la Tropicália de fines de los años de 1960. Aquel hipismo brazuca se condensó en una manifestación artística “con mensaje”, basada en las tradiciones folclóricas pero con inspiración vanguardista, crítica política y validación de la diversidad en un manifiesto libre, caótico, que fusionaba estilos desprejuiciadamente.

Regreso al tropicalismo 

La canción compara la realidad brasileña con la de Haití, el país más pobre de América y uno de los más sumergidos del mundo; pero también el primero en obtener su independencia mediante una revolución encabezada por esclavos. “Piensa en Haití, reza por Haití. Haití es aquí, Haití no es aquí”.

Cumpliendo con cada una de esas características, Haiti se ganó su lugar como primer tema del álbum Tropicália 2, que Caetano y Gilberto Gil lanzaron en 1993, tras poco más de un año de trabajo.

¿Cómo surgió Tropicália 2? Según cuenta Caetano en la carátula del disco, que conmemora el cuarto de siglo de la edición del mítico Tropicália (1968) –unió a Caetano y Gil con Gal Costa, Tom Zé y Os Mutantes, Nara Leão y Rogério Duprat, así como los poetas Torquato Neto y José Capinan–, fue concebido inicialmente “como una forma de escaparle a otras formas de conmemoración que nos eran propuestas”.

El autor relata que el día de la fiesta de los 80 años de Jorge Amado, en el altillo que servía de camarín para muchos artistas y para muchos políticos, “frente a invitaciones para una celebración de las bodas de plata del tropicalismo en la plaza pública, con sinfónica y honras oficiales, me volví hacia Gil y le sugerí conmemorar los dos solos, haciendo un disco aparte, un disco que valiera por sí mismo como una reafirmación de la garra tropicalista”.

Gilberto, futuro ministro de Cultura del gobierno de Lula, se mostró entusiasmado con la idea. Caetano empezó a bocetar temas y Gil comenzó a arrimar sus canciones, como Baião atemporal y Tradição.

Entre esas primeras ideas figuran los gérmenes de las canciones Cinema Novo, Rap Popcreto, Haiti y Aboio, y la versión de la canción de Jimi Hendrix, Wait Until Tomorrow.

Si bien Haiti está firmada por los dos, Caetano asume la autoría casi total del tema. “Hice toda la letra y la música del estribillo, incluso la relación tonal entre el estribillo y la armonía que acompaña a las estrofas; Gil creó el riff de guitarra que va sobre las palabras”, según detalló en el libro Sobre las letras.

Pionero hip hop

En Haiti, afirma Veloso, como en O cu do mundo (El culo del mundo), aparece una visión de la sociedad como mera degradación de la condición humana. Esas escenas de pesadilla surgen en un contexto de “permanente preocupación con la idea de Brasil”.

Caetano es etiquetado a menudo como un intelectual de primer orden y su obra es calificada de clave para la percepción cultural de Brasil desde el exterior. El cantautor lo asume como una responsabilidad y, si bien no está plenamente de acuerdo en su trascendencia como formador de opinión, reconoce que ha intentado influir en la autopercepción de sus compatriotas. Haití es un ejemplo de esta vocación, desnudando el racismo y la prepotencia ocultos en una celebración tradicional.

Sin falsa modestia –la composición ha sido elogiada por su osadía estética– Veloso opina sobre su creación. “Creo que el abordaje en forma de rap, con un patrón rítmico diferente, la fuerza de las imágenes, la visión pionera de explicitar la no aceptación de la masacre de los 111 presos de Carandirú: en suma, el hecho de haberme anticipado a los mejores músicos y poetas del hip hop brasileño que surgieron en los años de 1990 son razones para que me guste especialmente esa composición”.

La canción compara la realidad brasileña con la de Haití, el país más pobre de América y uno de los más sumergidos del mundo; pero también el primero en obtener su independencia mediante una revolución encabezada por esclavos. “Piensa en Haití, reza por Haití. Haití es aquí, Haití no es aquí”

Casi como una elegante ironía escénica, Caetano, Gil y toda su banda (con Carlinhos Brown en percusión) vistieron de inmaculado blanco –símil frac en el caso de los cantantes– para la presentación en vivo del disco Tropicália 2 en los multitudinarios recitales realizados en Río y San Pablo en 1993.

Además del conflicto racial-social y del episodio de la cárcel paulista de Carandirú –murieron 111 presos durante un incendio-, en Haiti el autor hace referencia al conservadurismo político y religioso que defiende la pena capital y condena el aborto, la corrupción, la brecha social y la televisión chatarra que espectaculariza la mediocridad.

Menciona también a Paul Simon y su viraje estético hacia la world music, primero con el oído vuelto a África, en Graceland (1986), más tarde a Brasil, en The Rhythm of the Saints (1990).

El investigador brasileño Túlio Villaça hace un análisis interesante en el cual explica que en Haiti, Caetano y Gil recorren el camino de Paul Simon, sólo que en sentido inverso; mientras que el ex Simon & Garfunkel toma como punto de partida la música estadounidense tradicional e intenta incorporar ritmos brasileños a su lenguaje, los brasileños zarpan desde Olodum para incorporar el estilo originalmente estadounidense del rap.

La diferencia, entiende Villaça, es que Caetano y Gil no caen en paracaídas en una cultura extraña y ajena, sino que “tienen un punto de apoyo que es el movimiento de hip hop brasileño, particularmente paulista, y a partir de esta referencia se construye Haití con una mezcla de ritmos mucho más orgánica que la que obtiene Paul Simon”.

“¿Cuál es la mejor canción de la historia?” le preguntaron a Jorge Drexler en una entrevista online colectiva del diario español El Mundo, en 2001. “Haiti, de Caetano Veloso y Gilberto Gil”, contestó el uruguayo, que por entonces no había ganado Oscar ni Grammys, y que lo más cerca que había estado de Caetano Veloso –uno de sus principales referentes– había sido como telonero suyo en Montevideo.

En 2010, una desgraciada circunstancia le brindó una oportunidad artística. Radio Televisión Española (RTVE) organizó un festival solidario para colaborar con Haití, cuya capital Puerto Príncipe había sido arrasada por un intenso terremoto el 12 de enero. Drexler, junto a un seleccionado de músicos españoles, eligió hacer una intensa versión en español de Haiti. Piensa en Haití, reza por Haití. Haití es aquí, Haití no es aquí.


Fuente: 
http://www.elobservador.com.uy/haiti-caetano-veloso-y-gilberto-gil-1993-ninguno-es-ciudadano-n298686

Video: https://www.youtube.com/watch?v=lh0kGdyozfw
Letra original y traducida: http://librodelossecretos.blogspot.cl/2017/04/haiti.html

jueves, 23 de marzo de 2017

UN DÍA de Pablo Neruda


















UN DÍA

A ti, amor, este día
a ti te lo consagro.
Nació azul, con un ala
blanca en la mitad del cielo.
Llegó la luz
a la inmovilidad de los cipreses.
Los seres diminutos
salieron a la orilla de una hoja
o a la mancha del sol en una piedra.
Y el día sigue azul
hasta que entre en la noche como un río
y haga temblar la sombra con sus aguas azules.
A ti, amor, este día.

Apenas, desde lejos, desde el sueño,
lo presentí y apenas
me tocó su tejido
de red incalculable
yo pensé: es para ella.
Fue un latido de plata,
fue sobre el mar volando un pez azul,
fue un contacto de arenas deslumbrantes,
fue el vuelo de una flecha
que entre en cielo y la tierra
atravesó mi sangre
y como un rayo recogí en mi cuerpo
la desbordada claridad del día.

Es para ti, amor mío.

Yo dije: es para ella.
Este vestido es suyo.
El relámpago azul que se detuvo
sobre el agua y la tierra
a ti te lo consagro.

A ti, amor, este día.

Como una copa eléctrica
o una corola de aguas temblorosa,
levántalo en tus manos,
bébelo con los ojos y la boca,
derrámalo en tus venas para que arda
la misma luz en tu sangre y en la mía.

Y te doy este día
con todo lo que traiga:
las transparentes uvas de zafiro
y la ráfaga rota
que acerque a tu ventana
los dolores del mundo.

Yo te doy todo el día.
De claridad y de dolor haremos
el pan de nuestra vida,
sin rechazar lo que nos traiga el viento
ni recoger sólo la luz del cielo,
sino las cifras ásperas
de la sombra en la tierra.

Todo te pertenece.
Todo en este día con su azul racimo
y la secreta lágrima de sangre
que tú encontrarás en la tierra.

Y no te cegará la oscuridad
ni la luz deslumbrante:
de este amasijo humano
están hechas las vidas
y de este pan del hombre comeremos.
Y nuestro amor hecho de luz oscura
y de sombra radiante
será como este día vencedor
que entrará como un río
de claridad en medio de la noche.

Toma este día, amada.
Todo este día es tuyo.

Se lo doy a tus ojos, amor mío,
se lo doy a tu pecho,
te lo dejo en las manos y en el pelo,
como un ramo celeste.
Te lo doy para que hagas un vestido
de plata azul y de agua.
Cuando llegue
la noche que este día inundará
con su red temblorosa,
tiéndete junto a mí,
tócame y cúbreme
con todos los tejidos estrellados
de la luz y la sombra
y cierra tus ojos entonces
 para que yo me duerma.


(Pablo Neruda, XI Nostalgias y Regresos (Intermedio) en “La Uvas y el Viento” [1954], Seix Barral, México, 1986, pp. 218-221)

sábado, 4 de febrero de 2017

"Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir"



Blade Runner (Ridley Scott, 1982)

¿Qué se puede decir (que puedo yo decir) de una película que se ha convertido en un filme de culto, la cual fue estrenada un año antes de mi nacimiento?
El ciberpunk, género que se dice inaugurado en el cine por esta cinta, no ha sido nunca mi fuerte en mi prontuario de espectadora. Tal vez ningún género sea mi fuerte, sólo busco ser sorprendida, impactada, invadida. Cuando algo ha sido tan recomendado, a veces la expectativa supera la realidad. Sentí eso al ver Blade Runner por primera vez, siendo ya adulta (espero verla una segunda vez en algún momento).
Lo que me ha parecido inmediatamente atractivo:
La estética distópica, bien lograda, mezcla de arquitectura neogótica con elementos del antiguo egipto, la noche perpetua, humo, fuego y lluvia, para generar el ambiente apocalíltico, lo que se une con esa “invasión oriental”, de luces de neón, las lenguas y la comida, que agudiza esa sensación de eclecticismo decadente.
El límite acuoso, permeable, entre lo humano y lo no humano, que permite hacer conjeturas infinitas, y percibir un sentido profundo en el juego de hombre queriendo ser un dios (creador y controlador).
Los personajes, con su puesta en escena arquetípica y modélica, el cazador retirado (el mejor que existe) que se llama para la última cacería, la chica replicante humanizada que logra amar, los replicantes que buscan a su creador para prolongar su vida y mueren en el intento.
El sentido profundo de la “imagen” dentro del universo de los personajes: la fotografía y el recuerdo. Son humanos quienes recuerdan, y quienes recuerdan sienten, puesto que el sentir se relaciona con reactivar lo que antes ya hemos pasado, lo que dejamos (por ello, el mundo que olvida, es un mundo deshumanizado, sólo la memoria nos humaniza).
Lo débil según mi primera impresión: tal vez su ritmo y la carencia de grandes diálogos (excepto las partes del replicante Roy), no me permitió sentir gran emoción, incluso en los momentos clave de la historia. Sin embargo, la atmósfera sonora crea una sensación de intranquilidad y expectación constante, a pesar del final más o menos predecible.
Sin duda, una de las mejores cosas de Blade Runner es volver mentalmente sobre la película y realizar una reflexión desde lo visto. Quizás eso sea lo más interesante o definitivo de la propuesta del filme, ir descubriendo, en retrospectiva, lo que no se vio en una primera aproximación.
¿Era Deckard un replicante a quien le habían fabricado una memoria de blade runner? ¿Cuánto tiempo de vida restaba a Rachel, y si la respuesta anterior es “sí”, cuanto le restaba a Deckard? ¿Es la vida física lo que permite prolongar la vida real, o sólo bastan los recuerdos? ¿Podrá la ingeniería genética alguna vez crear replicantes? Y si así fuera ¿cuáles serían los límites de estas creaciones y nuestros propios límites respecto de ellas? ¿Estamos preparados para humanizar lo no humano, o en ese camino en realidad deshumanizamos lo humano?
A fin de cuentas, una de las preguntas esenciales del género ciberpunk, y de este filme en particular, se relaciona con la interrogante clave de una larga y amplia literatura que une ciencia y arte: ¿Qué es lo realmente humano y dónde acaba? Tiempo, amor y muerte (tres tópicos que me ha  seguido curiosamente en estos días), es lo que nos define (tal vez) en tanto humanos: todo está en nuestra memoria y es rescatado a través de nuestros recuerdos. Somos recuerdos.

Por Lafayette


jueves, 26 de enero de 2017

Amor, Tiempo y Muerte



“Collateral Beauty” (David Frankel, 2016)


Protagonizado por nombres ya célebres de la pantalla grande, como Kate Winslet, Edward Norton, Will Smith, Keira Knightley y Helen Mirren el filme “Collateral Beauty” (“Belleza Inesperada”) se fundamenta en el desarrollo de tres tópicos: Amor, Tiempo y Muerte, los cuales se establecen como los tres pilares fundamentales de nuestra vida. El amor nos incita a la unión y a la creación, la muerte es nuestro destino y nos lleva por diversas sendas en nuestra lucha por evitarla que surge del miedo frente a ese necesario y universal fin, y el tiempo, es ese trascurrir que acontece entre lo uno y lo otro, es el espacio que tenemos para actuar.
Partiendo de la experiencia traumática de una pareja que ha perdido a su pequeña hija y el seguimiento que hacemos de la imposibilidad de consuelo del padre de la pequeña (Smith), vamos encontrándonos con otros seis personajes que entrelazan sus vidas necesariamente a este hecho, en tanto se transforman en representantes de los tópicos mencionados: Amor, Tiempo y Muerte.
Sin embargo, el filme no es tanto sobre las trayectorias de vida de sus protagonistas, ni sobre sus decisiones, sino sobre algo superior a ellos que los antecede y envuelve. Y en tanto este triunvirato determina o simboliza las vidas de estos personajes, nos permite comprender la dinámica existencial de sus destinos.
No es, sin embargo, sobre saber lo que pasa después de la muerte, ni llegar a comprender en abstracto lo que son el amor y el tiempo. Se trata, a fin de cuentas, de llevar a la experiencia cotidiana, a lo físicamente comprobable, al día a día, la experiencia de sentir amor y luchar por él, a pesar de las pérdidas, de los errores y las rupturas; se trata de dar una mirada al pasado, pero teniendo en cuenta las posibilidades del futuro, del camino no recorrido, de lo que aún es posible hacer; se trata de darle una oportunidad a la muerte de decirnos “no es preciso que sepas qué pasa con quien muere, lo importante es saber qué pasa con quienes le sobreviven” y, así, estar conscientes que aún hay una vida que vivir, que toda pérdida trae consigo un nuevo porvenir y el recuerdo nos debe permitir ser felices y avanzar, no anclarnos en un pasado que fue y ya no será.

El amor lo mueve todo, el tiempo es nuestro aliado y la muerte no es un final.  

Por Lafayette