
“Si yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, y me faltara el amor, no sería más que bronce que resuena y campana que toca. Si yo tuviera el don de profecía, conociendo las cosas secretas con toda clase de conocimientos, y tuviera tanta fe como para trasladar los montes, pero me faltara el amor, nada soy. Si reparto todo lo que poseo a los pobres y si entrego hasta mi propio cuerpo, pero no por amor, sino para recibir alabanzas, de nada me sirve.
El amor es paciente, servicial y sin envidia. No quiere aparentar ni se hace le importante. No actúa con bajeza, ni busca su propio interés. El amor no se deja llevar por la ira, sino que olvida las ofensas y perdona. Nunca se alegra de algo injusto y siempre le agrada la verdad. El amor disculpa todo, todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta.
El amor nunca pasará. Pasarán las profecías, se callarán las lenguas y se perderá el conocimiento. Porque el conocimiento, igual que las profecías, no son cosas acabadas. Y, cuando llegue lo perfecto, lo imperfecto desaparecerá. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba y razonaba como niño; pero, cuando ya fui hombre, dejé atrás las cosas de niño.
Del mismo modo, al presente, vemos como un mal espejo y en forma confusa, pero entonces será cara a cara. Ahora solamente conozco en parte, pero entonces le conoceré a él como él me conoce a mí. Ahora tenemos la fe, la esperanza y el amor, los tres. Pero el mayor de los tres es el amor.”
(1-Corintios 13)
Las formas espontáneas
Por Montserrat Arre Marfull – septiembre 2007
Es imposible definir el amor. Sólo es posible definir el espectro de sus manifestaciones. El amor es una fuerza, es una energía. Sin embargo, cómo se definen esos conceptos de manera “espiritual”. El amor da todo, perdona, es humilde, servicial. Entonces el amor no es humano. Para el humano hay contexto, hay entorno, personas definidas que hacen cosas determinadas que nos da el pie para actuar de una u otra manera. No somos iguales en todo ni con todos.
Dios es amor... pero qué es Dios. Cómo se define Dios, para quién Dios es, de una forma y de otra. Dios es una energía, una fuerza, pero en qué sentido. Dios anima, da la vida (nos da la vida y dio su vida, literalmente, en Jesús). Dios puede ser muchos a la vez. Dios es el viento, el fuego, el agua, lo incontrolable. Dios es a la vez lo misterioso y desconocido, tanto de la inmensidad del universo como de lo intangible de nuestras indefinidas almas.
Pero el amor que es Dios, y Dios que es amor, ¿cómo se manifiesta realmente ante nosotros y en nosotros? Acaso existe una manera confiable de decir, sí esto está hecho con amor, o esto proviene del amor, o esto no. Acaso hay una manera confiable de separar lo que es del amor o subsiste dentro del amor y lo que es aparte del amor, si sabemos que Dios es amor y que Dios es omnipresente, omnipotente, eterno y perfecto. Dios, entonces el amor, es perfecto. ¿Cómo, entonces, comprendemos la imperfección, cómo entendemos lo que subsiste fuera del amor?¿Cómo se entiende el no amor? Caemos en la cuenta de que hay algo que contiene una espacialidad, espiritual o sensorial, que se manifiesta de manera intangible en lo que sentimos y luego hacemos, una espacialidad insustancial, pero que emana hacia lo substancial. La manifestación del amor o del no amor tiene que ver con esa cercanía o lejanía espacial intangible de lo que llamamos humano de ese centro imperceptible pero abarcador que es el amor. Nuestra capacidad mental sólo es capaz de concebir un espacio limitado por las coordenadas físicas y los mapas mentales de esta espacialidad espiritual podrían ser estructurados físicamente en algún diagrama. Sin embargo es necesario salirse de esos límites físicos y concebir lo que no se ve, con herramientas que no se tocan.
Sentir el amor va más allá de una humanidad táctil, o de una visión física. Al sentir el amor se percibe inundado el espíritu de una luz inmaterial. No se explica con la voz, ni con la palabra, ni se hace tangible con el rito. Sólo llega y se manifiesta de las maneras más sencillas y directas, de las formas más espontáneas. Cuando el ser humano edifica una estructura de conocimiento demasiado contorsionada y gigantesca, de seguro se aleja a pasos agigantados de ese amor. No es el conocimiento humano, de las palabras, las cosas, vistas con el ojo imperfecto de este ser finito, lo que nos lleva a sentir de verdad el amor, ni tampoco la ignorancia pétrea del ser cuya mente y alma se cierran al otro. Ahí no hay amor. De una manera más práctica, el amor se manifiesta día a día en el respeto y la responsabilidad, humanamente, en la constancia de estar y hacer el bien para uno mismo y para otros.
El amor se respira, y se escucha, primero, y se habla, después. El amor parte de la recepción del mundo, y de la comprensión holística que en general carece de palabras. Pues, ciertamente, lo más verdadero es lo que no se puede definir.
El amor, entonces, como Dios, no se define, no se alaba estructuradamente, pues cualquier manifestación humana hacia lo perfecto es ciertamente imperfecta, y por lo pronto lo más cercano que podríamos tener de la perfección es el cerrar los ojos y palpar el silencio del viento, y la constancia de la luz celeste.
El amor es paciente, servicial y sin envidia. No quiere aparentar ni se hace le importante. No actúa con bajeza, ni busca su propio interés. El amor no se deja llevar por la ira, sino que olvida las ofensas y perdona. Nunca se alegra de algo injusto y siempre le agrada la verdad. El amor disculpa todo, todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta.
El amor nunca pasará. Pasarán las profecías, se callarán las lenguas y se perderá el conocimiento. Porque el conocimiento, igual que las profecías, no son cosas acabadas. Y, cuando llegue lo perfecto, lo imperfecto desaparecerá. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba y razonaba como niño; pero, cuando ya fui hombre, dejé atrás las cosas de niño.
Del mismo modo, al presente, vemos como un mal espejo y en forma confusa, pero entonces será cara a cara. Ahora solamente conozco en parte, pero entonces le conoceré a él como él me conoce a mí. Ahora tenemos la fe, la esperanza y el amor, los tres. Pero el mayor de los tres es el amor.”
(1-Corintios 13)
Las formas espontáneas
Por Montserrat Arre Marfull – septiembre 2007
Es imposible definir el amor. Sólo es posible definir el espectro de sus manifestaciones. El amor es una fuerza, es una energía. Sin embargo, cómo se definen esos conceptos de manera “espiritual”. El amor da todo, perdona, es humilde, servicial. Entonces el amor no es humano. Para el humano hay contexto, hay entorno, personas definidas que hacen cosas determinadas que nos da el pie para actuar de una u otra manera. No somos iguales en todo ni con todos.
Dios es amor... pero qué es Dios. Cómo se define Dios, para quién Dios es, de una forma y de otra. Dios es una energía, una fuerza, pero en qué sentido. Dios anima, da la vida (nos da la vida y dio su vida, literalmente, en Jesús). Dios puede ser muchos a la vez. Dios es el viento, el fuego, el agua, lo incontrolable. Dios es a la vez lo misterioso y desconocido, tanto de la inmensidad del universo como de lo intangible de nuestras indefinidas almas.
Pero el amor que es Dios, y Dios que es amor, ¿cómo se manifiesta realmente ante nosotros y en nosotros? Acaso existe una manera confiable de decir, sí esto está hecho con amor, o esto proviene del amor, o esto no. Acaso hay una manera confiable de separar lo que es del amor o subsiste dentro del amor y lo que es aparte del amor, si sabemos que Dios es amor y que Dios es omnipresente, omnipotente, eterno y perfecto. Dios, entonces el amor, es perfecto. ¿Cómo, entonces, comprendemos la imperfección, cómo entendemos lo que subsiste fuera del amor?¿Cómo se entiende el no amor? Caemos en la cuenta de que hay algo que contiene una espacialidad, espiritual o sensorial, que se manifiesta de manera intangible en lo que sentimos y luego hacemos, una espacialidad insustancial, pero que emana hacia lo substancial. La manifestación del amor o del no amor tiene que ver con esa cercanía o lejanía espacial intangible de lo que llamamos humano de ese centro imperceptible pero abarcador que es el amor. Nuestra capacidad mental sólo es capaz de concebir un espacio limitado por las coordenadas físicas y los mapas mentales de esta espacialidad espiritual podrían ser estructurados físicamente en algún diagrama. Sin embargo es necesario salirse de esos límites físicos y concebir lo que no se ve, con herramientas que no se tocan.
Sentir el amor va más allá de una humanidad táctil, o de una visión física. Al sentir el amor se percibe inundado el espíritu de una luz inmaterial. No se explica con la voz, ni con la palabra, ni se hace tangible con el rito. Sólo llega y se manifiesta de las maneras más sencillas y directas, de las formas más espontáneas. Cuando el ser humano edifica una estructura de conocimiento demasiado contorsionada y gigantesca, de seguro se aleja a pasos agigantados de ese amor. No es el conocimiento humano, de las palabras, las cosas, vistas con el ojo imperfecto de este ser finito, lo que nos lleva a sentir de verdad el amor, ni tampoco la ignorancia pétrea del ser cuya mente y alma se cierran al otro. Ahí no hay amor. De una manera más práctica, el amor se manifiesta día a día en el respeto y la responsabilidad, humanamente, en la constancia de estar y hacer el bien para uno mismo y para otros.
El amor se respira, y se escucha, primero, y se habla, después. El amor parte de la recepción del mundo, y de la comprensión holística que en general carece de palabras. Pues, ciertamente, lo más verdadero es lo que no se puede definir.
El amor, entonces, como Dios, no se define, no se alaba estructuradamente, pues cualquier manifestación humana hacia lo perfecto es ciertamente imperfecta, y por lo pronto lo más cercano que podríamos tener de la perfección es el cerrar los ojos y palpar el silencio del viento, y la constancia de la luz celeste.