martes, 24 de abril de 2007

Visión Estética del Relato Histórico

Visión Estética del Relato Histórico
Por Montserrat Arre Marfull

La historia, así como otras actividades lingüísticas del ser humano, tiene como sustento la palabra y la imagen. Evocar a través de los signos lo que existió y ya no es, o lo que posiblemente se ha transformado hasta llegar a lo que somos hoy como humanidad, sociedad, cultura, nación, ciudad, institución, deja entreverse entre enfoques diversos, como alude White:
“…de igual modo, mientras que un historiador puede considerar que su tarea consiste en invocar nuevamente, en forma lírica o poética, el ‘espíritu’ de una época pasada, otro puede considerar que su tarea cosiste en penetrar más allá de los acontecimientos a fin de revelar las ‘leyes’ o ‘principios’ de los cuales el ‘espíritu’ de una época particular es sólo una manifestación o forma fenomenal. O, para señalar otra diferencia fundamental, algunos historiadores conciben su obra principalmente como una contribución al esclarecimiento de problemas y conflictos sociales de su momento, mientras que otros tienden a suprimir tales preocupaciones del presente y a tratar de definir la medida en que determinado período del pasado difiere del suyo propio, en lo que parece ser una actitud mental ‘de anticuario’ básicamente.”
[1]
La historia en sí es un relato, y este relato puede tener varias lecturas. Si bien es cierto, la historia puede ser una ciencia en cuanto a sus métodos y en su rigurosidad en buscar evidencias y consignarlas, ciertamente puede ser también una obra literaria, donde importan grandemente la impresión lingüística y estilística de un escrito historiográfico en particular. Es necesario encontrar la historia y recrearla, y en ello no creo que haya más finalidad inicial o sustancial que el goce estético que da el ver, lo que podría asociarse a la visión de anticuario que describe White. La acción de hacer historia es la acción primera de la curiosidad, el ver lo que no es evidente. Finalmente la lectura debe ser documentada y sobre todo, bien contada, para que la obra llegue a producir efecto. De esto, luego, podemos desprender su rigurosidad histórica y su función social, como manera de abordar los problemas del hoy. Sin embargo creo que la historicidad en general, siempre remitirá a la revisión del pasado para revertir problemas del hoy, no obstante, no veo la necesidad de que toda construcción historiográfica deba cimentarse a priori en la premisa social del presente. Creo, más bien, que la historia como disciplina, debe apuntar a lo humano, en sus más diversas formas, y estudiar a este en sus manifestaciones sociales o culturales en el tiempo, sin buscar un nexo forzoso con el hoy, pues es evidente que el historiador en sí mismo ya constituye el nexo.
En tanto goce estético, la historia a veces se torna en un maravilloso o terrible libro de cuentos. Pero lo más impresionante de todo no es ver su desarrollo en sí, sino pensar que todo esto pudo ser. En este sentido, podríamos tomarla para la acción presente, no obstante creo que no es necesario que a nuestra capacidad de memoria le busquemos una finalidad. La memoria, tal vez, surge de la necesidad intrínseca de no asumir el cambio y el término, y la utilizamos con fines presentes.
Por otra parte, quisiera proponer mi visión personal en torno a la historia.
Creo que la historia es a la vez sustancia indefinible de pasado y relato sobre esta sustancia.
Creo que este relato es esencialmente forma que da orden y coherencia lingüística a esa sustancia dentro de una cultura determinada.
Creo que, en este sentido, existe aún mucho que decir sobre algo, muchos relatos de la historia.
Creo que esa sustancia allá afuera existe como tal, separable de nosotros, sin embargo somos en nuestro discurso, incapaces de recrearla afuera, ya que el lenguaje funciona sólo en tanto existe dentro de cada individuo perteneciente a una comunidad lingüística, comunidad que es social, por ende.
Creo que la literatura, como ficción Que recrea un mundo desde la mente del autor, utilizando, sin embargo, elementos del afuera, es creación, es un acto estético, pues crea imágenes a través del relato. Y así mismo, la historia como relato es un acto estético, que demanda el interés sensorial del lector. Siento que personalmente este es el sentido que he hallado en la historia. Si bien es cierto, es una función importante de la historiografía el crear una acción social para el presente, pues es indudablemente inherente a la actividad, es también esencial recrear estéticamente la imaginación de quien lee. He aquí la fascinación, la experiencia de vivir lo no vivido, de ver en la narración histórica lo que por los ojos físicos no veremos jamás: ese pasado que existió y que podemos rastrear, rearticular, y relatar a través del lenguaje, que es símbolo, sonido e imagen, lenguaje que recrea un mundo aparte del nuestro que, sin embargo, podemos ver continuidad en él. En el relato histórico podemos evidenciar un goce tanto en la diferencia como en la similitud, en la ruptura, como en la continuidad.


[1] H. White, Metahistoria, pp. 15-16.

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