Por M.N.A.M.
(Reflexiones sobre las clases de Historia de Chile Contemporáneo, Profesor Gabriel Salazar, Universidad de Chile)
Desde la década de 1980 en el mundo, y desde ya antes en Chile, comienza a manifestarse la crisis del fordismo (sistema que había marcado ese ya mencionado retorno al proteccionismo estatal). Esta crisis, que se manifestó en términos económicos en su manera más cruda en la mencionada década, tuvo un fuerte impacto en el mundo cultural: comenzaron a eclipsarse las grandes teorías que caracterizaron al período anterior (descomposición de las ciencias sociales, desprestigio relativo de las Universidades nacionales como generadoras de conocimiento, aparición de las consultoras que producirían conocimiento científico –estratégico- por encargo, ya no para el mundo, sino para sus clientes[1]).
Desde la década de los ’90, Chile entró, políticamente hablando, en una etapa de salida de la dictadura militar para un desarrollo pleno en un Estado democrático, bajo gobiernos de izquierda. Sin embargo el escenario económico había sido bien bosquejado ya por la dictadura de Pinochet, desde 1973. Escenario que establecía el sistema neoliberal como principio de acción de las políticas implantadas por el gobierno. A partir de la visualización de esta realidad, una transición hacia la democracia (de izquierda) que ha afianzado estructuras de derecha liberal, surgen las interrogantes, aunque no las únicas, de ¿Por qué la izquierda ha administrado el modelo de la dictadura sin cambiarlo?¿Cómo se ha manifestado la globalización en nuestro país, y cuánto puede durar la hegemonía del capital financiero? ¿Acaso el sistema neoliberal que se ha perfeccionado desde los ’80, está entrando en crisis y, la clase política con él?
En los diversos estados que han adoptado las políticas globales liberales, han surgido graves problemas internos e internacionales; problemas desde la situación social de la población (educación, salud), los problemas laborales, hasta problemas de identidades. Por lo tanto, para analizar el último tercio del siglo XX, y la primera década del XXI, es imprescindible pensar a Chile en un contexto global, en su apertura hacia el mundo[2]. El neoliberalismo hoy en día en Chile se manifiesta por políticas extremas impulsadas por el Estado, pero que, sin embargo, no aspiran a una fiscalización por parte de él. En nuestro país, el más grande patrón es el Estado -y la clase política vendría siendo el empresariado del Estado-. Los políticos son, de hecho, empresarios puros. He aquí una similitud con lo que vemos a principios del siglo XX (la crisis moral de la política, que se manifestaba en ese afán sin medida de la oligarquía –enceguecida por el capital extranjero y las riquezas obtenidas por él- de preocuparse más de sus propios intereses que conducir con propiedad el Estado).
El modelo neoliberal fue adoptado en todo el mundo, principalmente por países que mantuvieron una deuda externa y que entraron en crisis el año 1982. La idea (de las instituciones que implementaron esas políticas) era disminuir la inflación generada por los estados fordistas (benefactores), y lograr el equilibrio macroeconómico. La generación de terapias de choque, que recomendaba el FMI, y que tenían como pilares fundamentales la austeridad fiscal, la privatización y la liberalización[3], condujeron a Chile –que tomó al pie de la letra estas “recomendaciones”- a un cambio radical hacia el neoliberalismo. Como dice Joseph Stiglitz, si las políticas de privatización y liberalización se hubiesen implementado correctamente, y sopesando el estado social completo de la nación a la que se intervenía, con el ritmo adecuado (“de modo que se creen nuevos empleos a medida que se destruyen los empleos ineficientes”[4]), se podrían lograr buenos resultados en términos de equilibrio y crecimiento. Sin embargo, las políticas en la mayoría de los países latinoamericanos, incluyendo Chile, “fueron llevadas demasiado lejos y demasiado rápido, y excluyeron otras políticas que eran necesarias”[5]. Sin embargo, según este autor, Chile, dentro de América Latina, ha sido uno de los países que mejor ha respondido a las políticas neoliberales implementadas desde la dictadura de Pinochet[6]. No obstante, esta ascendente liberalización ha tenido sus costes sociales significativos.
Según Oscar Muñoz Gomá, hoy en día estamos dentro del proceso inverso que comenzó en la década de 1920 (es decir, la expansión estatal). En sus palabras, estamos viviendo “una crisis del Estado que se expresa como una pérdida de su capacidad de acción, ineficacia para ejercer el control económico, crisis fiscales que se muestran irreductibles.” Sin embargo hoy en día “no hay una demanda por recuperar el rol de las empresas públicas ni por reestablecer la matriz Estado-céntrica de los años cuarenta a los setenta. Una interpretación posible es que esa matriz perdió legitimidad social”[7].
En este sentido, Chile hoy en día está viviendo una crisis palpable a nivel de la sociedad civil. La clase política carece de credibilidad –legitimidad-, y ya no está en posición de representar a los ciudadanos. La identidad nacional se está corrompiendo a medida que penetran influjos extranjeros, y los trabajadores están atrapados en un círculo eterno -la plusvalía total- producto del endeudamiento endémico (pese a que los que antes eran “pobres”, en gran medida y no lo son, pues son capaces de ostentar mayores adquisiciones). La crisis económica vivida en los ’80 ha sido superada (en los términos que en aquellos años existían) sin embargo, estamos presenciando una nueva crisis. No vemos a los movimientos sociales en la calle, como en ese entonces se presenciaban a nivel internacional, que protestaban por las políticas neoliberales que se estaban implementando con rapidez en los países del tercer mundo, y estaban sumiendo a la población en la cesantía. La globalización penetraba con fuerza, y la participación ciudadana luchaba por la paz, la ecología, contra la guerra y la industrialización. En ese escenario, se desarrolló el Consenso de Washington de 1985, donde se establecieron los criterios para entenderse política, y principalmente, económicamente con el tercer mundo. Estas políticas abogaban por el desarrollo y el crecimiento de estos países, sin embargo, no contemplaron los costes sociales que atraerían. También, y soterradamente, estas políticas fueron debilitando los Estados Nacionales.
Según Salazar y Pinto, el libremercadismo históricamente es la “sublimación globalizada de sus primitivas y polvorientas ferias, caravanas y mercados.”[8] Desde sus orígenes, el comercio instaló ferias abiertas como lugares donde los individuos, junto con comprar y vender una amplia gama de objetos exóticos, podían liberarse de sus amarras comunalistas, ya fueran feudales, monárquicas, municipales o tribales. A esa bulliciosa atmósfera de libertad no se convocaba al Estado como tal, ni tampoco a los gremios o municipios como tales, sino que eran los individuos los elegidos. “Pues era a éstos a los que, seductoramente, se les ofrecían espectáculos circenses para ver, baratijas para comprar, especies para consumir y vivencias exóticas para rebasar los límites (rígidos) de la vida comunitaria. De este modo, a las prácticas comunales de ‘libertad participativa’ (sujeta a responsabilidades cívicas), el comercio opuso, en sus ferias de suburbio, la ‘libertad vivencial’ (basada en la sensorialidad individual), y a la identidad comunal, la identidad de lo ‘exótico’.”[9] Desde un punto de vista histórico, la globalización actual no es más que la culminación masivamente comunicacional de las antiguas caravanas intercontinentales. Su expansión actual ha cubierto todo el globo, pero su discurso de libertad individual es el mismo.
Dentro de este concepto individual de libertad se excluye, de hecho, toda coacción externa, o ético-política, que provenga ya del Estado, ya del comunalismo ciudadano. A razón de esto, es que la justicia social, como discurso político, no calza. No existe otra justicia social más que asegurar la oportunidad de acceso a los beneficios del mercado, sobre la base de un poder de compra. Las desigualdades que pueden darse, en este sentido, entre individuos, es resultado de sus capacidades individuales. “El problema central del libremercadismo es su tendencia obsesiva a destruir las identidades comunales, nacionales y de carácter ‘societal’ de los sujetos. O sea: extinguir, en los individuos, su carácter ‘político’, e incluso, su misma identidad de ‘sujeto’.”[10]
No obstante, estar inmersos en esta dinámica globalizadora en la que hoy en día vivimos, en este sistema neoliberal que tambalea cada cierto tiempo –en términos internacionales, pero que repercute, asimismo en la economía interna-, que nos invita una y otra vez, mediante la luminosidad de los neones y la atractiva voluptuosidad de sus productos, a una vivencia individual de sus ventajas, hay algo que surge en nuestras experiencias como ciudadanos del mundo: no somos tan sólo eso, y queremos llegar a ser mucho más. Dos caminos se han abierto en el mar interconectado de la modernidad, que invitan a los que transitan en este mundo globalizado –perdidos-. Por una parte, está la convicción de que estamos solos y debemos ser los mejores. Asumir el discurso de la competencia como principio regente de nuestros proyectos, y abrirnos a los influjos externos, como si la moda fuese la religión del presente, y como si en el futuro no hubiese nada más que una nebulosa escala ascendente. Caer bajo el poder de la imagen, la luminosidad, la incandescencia de lo efímero, una y otra vez. Esa es una opción, que engendra en los espíritus más débiles –o menos acogidos por el entorno directo, por el calor humano- una esperanza de llegar a ser –aparentar-. La otra opción que se nos presenta, es la de dar la espalda al vacío que implica esta modernidad globalizada. Si las instituciones representativas ya no nos representan, si la televisión de por sí, o la tecnología de por sí, son nortes más significativos que la política, que la organización, que el Estado, entonces es tiempo de repensar nuestras instituciones desde las bases ciudadanas. La identidad “nacional” es cada vez más una armazón que se caracteriza por la fragmentación de sus principios. Esa solidaridad que al parecer caracterizaba al chileno, ha sido fuertemente violentada por la individualidad neoliberal. Y entonces, cansados –y temerosos de perderlo todo- hoy surgen intentos de mirarnos a nosotros mismos y construir comunidad. Hemos visto que la libertad proclamada por el liberalismo, nos ha destruido como sociedad, y ya no somos los que fuimos, sin embargo, estamos aquí hoy –las generaciones que hemos convergido a este momento y lugar, hijos de los idealistas de los ’60- para no desalentarnos del todo con el aparentemente árido paisaje.
¿Cuándo se cansarán del circo? En verdad, se ha perdido la vergüenza. Venderse públicamente, como objetos en una subasta, es poco decir para lo que apreciamos hoy en día en cada avenida. Y en verdad, no hay representatividad. Un comercial en la televisión contiene el mismo nivel de información que la propaganda política generada por los actuales candidatos. Colores, formas, música atrayente, sin contenido, sin proyecto, sin programa.
Personalmente, no soy una entendida en política. No lo soy, pues siempre me ha parecido que los políticos juegan entre ellos, y que en la realidad las cartas de la realidad son otras. Personalmente, siempre he vivido en una época en donde la militancia en el partido era cosa de antaño, donde una vez alguien estuvo. Sin embargo, pareciera ser que el país –la ciudadanía- tiene que decidir. Pareciera ser que esa es la manera en que se deben hacer las cosas en “democracia”. Tampoco soy una entendida en materias económicas. Sin embargo, veo el mundo que me rodea, y creo que hay demasiado vacío en nuestras vidas. ¿Cómo llenar ese vacío? ¿Acaso la masa en algún momento pensó por sí misma, o es una hermosa utopía? ¿Cómo dar crédito a los movimientos sociales que se manifestaron con fuerza, pero que fueron acallados para 1925? Si surgen movimientos hoy ¿no serían nuevamente acallados por un Estado populista? ¿Cómo creer que los poderosos de siempre no seguirán siendo poderosos? En verdad, aunque los actores sean otros, clase media, clase obrera, industriales, comerciantes, la clase poderosa que ostentará el poder económico y eventualmente político, sea del origen que sea, se corromperá al fin y al cabo. Y si decimos que bajo el alero del Estado desarrollista, los movimientos sociales se vieron aplacados y mediados por los partidos, por los sindicatos ¿no era eso mejor que la lucha individual y sin garantías? Como, entonces, podríamos presenciar un estado sin crisis, pues en verdad ¿cuando lograríamos aquella increíble utopía, si vivimos en el mundo (humano)?
Sobre las posibilidades de la crisis hoy, creo que estamos frente a una terrible crisis de identidad, crisis cultural, principalmente (ver como hay gente capaz de gastar $200.000.- en una entrada para un concierto de una cantorcilla cabaretera mediatizada y superexplotada, es una aberración, o cuando vemos en el “noticiario” televisivo que hay quienes hacen vigilia –literalmente- para comprar lo último en tecnología celular que está llegando desde Japón, o donde sea) y creo que estamos tremendamente perdidos, intentado encontrar una luz de razón –algunos-. Cuando veo a todos esos adolescentes que llenan sus mentes con vivencias falsas, mentiras computacionales, amistades cibernéticas, creo que ya estamos en un límite irracional, y creo que nuestra racionalidad –o capacidad de pensar- está tremendamente dañada.
En términos económicos, la sociedad civil está reaccionando, frente a los abusos de los que administran mal las finanzas, sea por negligencia, sea por intereses creados. La sociedad civil está reaccionando ante la irracionalidad del mercado, y el juego de la politiquería, sin embargo, ¿hasta donde llegarán estas manifestaciones? ¿Colapsará el sistema, primero, en el mundo, y luego le llegará su tiempo a Chile? Creo que, al igual como sucedió con la crisis liberal de 1910, donde el Estado chileno se reformó hacia políticas populistas y/o desarrollistas, tras la Primera Guerra y la Gran Depresión del ’30, tal vez se realizarán reformas tendientes a aplacar los ánimos, sin embargo, es probable, que nuevamente la sociedad civil, la que actualmente está despertando, sea aplacada también, bajo el alero de una institucionalidad fuerte.
El futuro no es predecible. Sin embargo hay cosas que cumplen sus ciclos, si existen circunstancias similares. Tal vez, 2010, no sea muy distinto a 1910. Una crisis de gobernabilidad en el contexto de un estado libremercadista, es algo que ya suena en la historia de nuestro país. Pero, tal vez el futuro nos dará otra respuesta.
[1] “El grueso de las investigaciones que se hacen hoy en día en Chile se realizan por consultoras, que se han unido para formar un consorcio –monopolio- para pensar el Estado. Todas son de derecha y liberales, y están financiadas por el Banco Mundial y el Estado. Hoy no hay pensamiento organizado de Izquierda.” Gabriel Salazar, clase 19 de Agosto 2008.
[2] Gabriel Salazar, clase 19 agosto 2008.
[3] “La austeridad fiscal, la privatización y la liberalización de los mercados fueron los tres pilares aconsejados por el Consenso de Washington durante los años ochenta y noventa. Las políticas del consenso de Washington fueron diseñadas para responder a problemas muy reales de América Latina, y tenían mucho sentido. En los años ochenta los Gobiernos de dichos países habían tenido a menudo grandes déficits. Las pérdidas en las ineficientes empresas públicas contribuyeron a dichos déficits. (…) El problema radicó en que muchas de esas políticas se transformaron en fines en sí mismas, más que en medios para un crecimiento equitativo sostenible”, Joseph E. Stiglitz, El Malestar en la Globalización, Taurus, 2003, p. 89-90.
[4] Ibid., p 89.
[5] Ibid., p. 90.
[6] Ibid., p. 258.
[7] Oscar Muñoz Gomá, “El nuevo rol del Estado en el desarrollo económico (liberal)”, en Proposiciones, 24, SUR Ediciones, Santiago de Chile, 1994, p. 52.
[8] Salazar y Pinto, Historia Contemporánea Tomo I…, p. 174
[9] Ibid.
[10] Ibid., p.175.
En los diversos estados que han adoptado las políticas globales liberales, han surgido graves problemas internos e internacionales; problemas desde la situación social de la población (educación, salud), los problemas laborales, hasta problemas de identidades. Por lo tanto, para analizar el último tercio del siglo XX, y la primera década del XXI, es imprescindible pensar a Chile en un contexto global, en su apertura hacia el mundo[2]. El neoliberalismo hoy en día en Chile se manifiesta por políticas extremas impulsadas por el Estado, pero que, sin embargo, no aspiran a una fiscalización por parte de él. En nuestro país, el más grande patrón es el Estado -y la clase política vendría siendo el empresariado del Estado-. Los políticos son, de hecho, empresarios puros. He aquí una similitud con lo que vemos a principios del siglo XX (la crisis moral de la política, que se manifestaba en ese afán sin medida de la oligarquía –enceguecida por el capital extranjero y las riquezas obtenidas por él- de preocuparse más de sus propios intereses que conducir con propiedad el Estado).
El modelo neoliberal fue adoptado en todo el mundo, principalmente por países que mantuvieron una deuda externa y que entraron en crisis el año 1982. La idea (de las instituciones que implementaron esas políticas) era disminuir la inflación generada por los estados fordistas (benefactores), y lograr el equilibrio macroeconómico. La generación de terapias de choque, que recomendaba el FMI, y que tenían como pilares fundamentales la austeridad fiscal, la privatización y la liberalización[3], condujeron a Chile –que tomó al pie de la letra estas “recomendaciones”- a un cambio radical hacia el neoliberalismo. Como dice Joseph Stiglitz, si las políticas de privatización y liberalización se hubiesen implementado correctamente, y sopesando el estado social completo de la nación a la que se intervenía, con el ritmo adecuado (“de modo que se creen nuevos empleos a medida que se destruyen los empleos ineficientes”[4]), se podrían lograr buenos resultados en términos de equilibrio y crecimiento. Sin embargo, las políticas en la mayoría de los países latinoamericanos, incluyendo Chile, “fueron llevadas demasiado lejos y demasiado rápido, y excluyeron otras políticas que eran necesarias”[5]. Sin embargo, según este autor, Chile, dentro de América Latina, ha sido uno de los países que mejor ha respondido a las políticas neoliberales implementadas desde la dictadura de Pinochet[6]. No obstante, esta ascendente liberalización ha tenido sus costes sociales significativos.
Según Oscar Muñoz Gomá, hoy en día estamos dentro del proceso inverso que comenzó en la década de 1920 (es decir, la expansión estatal). En sus palabras, estamos viviendo “una crisis del Estado que se expresa como una pérdida de su capacidad de acción, ineficacia para ejercer el control económico, crisis fiscales que se muestran irreductibles.” Sin embargo hoy en día “no hay una demanda por recuperar el rol de las empresas públicas ni por reestablecer la matriz Estado-céntrica de los años cuarenta a los setenta. Una interpretación posible es que esa matriz perdió legitimidad social”[7].
En este sentido, Chile hoy en día está viviendo una crisis palpable a nivel de la sociedad civil. La clase política carece de credibilidad –legitimidad-, y ya no está en posición de representar a los ciudadanos. La identidad nacional se está corrompiendo a medida que penetran influjos extranjeros, y los trabajadores están atrapados en un círculo eterno -la plusvalía total- producto del endeudamiento endémico (pese a que los que antes eran “pobres”, en gran medida y no lo son, pues son capaces de ostentar mayores adquisiciones). La crisis económica vivida en los ’80 ha sido superada (en los términos que en aquellos años existían) sin embargo, estamos presenciando una nueva crisis. No vemos a los movimientos sociales en la calle, como en ese entonces se presenciaban a nivel internacional, que protestaban por las políticas neoliberales que se estaban implementando con rapidez en los países del tercer mundo, y estaban sumiendo a la población en la cesantía. La globalización penetraba con fuerza, y la participación ciudadana luchaba por la paz, la ecología, contra la guerra y la industrialización. En ese escenario, se desarrolló el Consenso de Washington de 1985, donde se establecieron los criterios para entenderse política, y principalmente, económicamente con el tercer mundo. Estas políticas abogaban por el desarrollo y el crecimiento de estos países, sin embargo, no contemplaron los costes sociales que atraerían. También, y soterradamente, estas políticas fueron debilitando los Estados Nacionales.
Según Salazar y Pinto, el libremercadismo históricamente es la “sublimación globalizada de sus primitivas y polvorientas ferias, caravanas y mercados.”[8] Desde sus orígenes, el comercio instaló ferias abiertas como lugares donde los individuos, junto con comprar y vender una amplia gama de objetos exóticos, podían liberarse de sus amarras comunalistas, ya fueran feudales, monárquicas, municipales o tribales. A esa bulliciosa atmósfera de libertad no se convocaba al Estado como tal, ni tampoco a los gremios o municipios como tales, sino que eran los individuos los elegidos. “Pues era a éstos a los que, seductoramente, se les ofrecían espectáculos circenses para ver, baratijas para comprar, especies para consumir y vivencias exóticas para rebasar los límites (rígidos) de la vida comunitaria. De este modo, a las prácticas comunales de ‘libertad participativa’ (sujeta a responsabilidades cívicas), el comercio opuso, en sus ferias de suburbio, la ‘libertad vivencial’ (basada en la sensorialidad individual), y a la identidad comunal, la identidad de lo ‘exótico’.”[9] Desde un punto de vista histórico, la globalización actual no es más que la culminación masivamente comunicacional de las antiguas caravanas intercontinentales. Su expansión actual ha cubierto todo el globo, pero su discurso de libertad individual es el mismo.
Dentro de este concepto individual de libertad se excluye, de hecho, toda coacción externa, o ético-política, que provenga ya del Estado, ya del comunalismo ciudadano. A razón de esto, es que la justicia social, como discurso político, no calza. No existe otra justicia social más que asegurar la oportunidad de acceso a los beneficios del mercado, sobre la base de un poder de compra. Las desigualdades que pueden darse, en este sentido, entre individuos, es resultado de sus capacidades individuales. “El problema central del libremercadismo es su tendencia obsesiva a destruir las identidades comunales, nacionales y de carácter ‘societal’ de los sujetos. O sea: extinguir, en los individuos, su carácter ‘político’, e incluso, su misma identidad de ‘sujeto’.”[10]
No obstante, estar inmersos en esta dinámica globalizadora en la que hoy en día vivimos, en este sistema neoliberal que tambalea cada cierto tiempo –en términos internacionales, pero que repercute, asimismo en la economía interna-, que nos invita una y otra vez, mediante la luminosidad de los neones y la atractiva voluptuosidad de sus productos, a una vivencia individual de sus ventajas, hay algo que surge en nuestras experiencias como ciudadanos del mundo: no somos tan sólo eso, y queremos llegar a ser mucho más. Dos caminos se han abierto en el mar interconectado de la modernidad, que invitan a los que transitan en este mundo globalizado –perdidos-. Por una parte, está la convicción de que estamos solos y debemos ser los mejores. Asumir el discurso de la competencia como principio regente de nuestros proyectos, y abrirnos a los influjos externos, como si la moda fuese la religión del presente, y como si en el futuro no hubiese nada más que una nebulosa escala ascendente. Caer bajo el poder de la imagen, la luminosidad, la incandescencia de lo efímero, una y otra vez. Esa es una opción, que engendra en los espíritus más débiles –o menos acogidos por el entorno directo, por el calor humano- una esperanza de llegar a ser –aparentar-. La otra opción que se nos presenta, es la de dar la espalda al vacío que implica esta modernidad globalizada. Si las instituciones representativas ya no nos representan, si la televisión de por sí, o la tecnología de por sí, son nortes más significativos que la política, que la organización, que el Estado, entonces es tiempo de repensar nuestras instituciones desde las bases ciudadanas. La identidad “nacional” es cada vez más una armazón que se caracteriza por la fragmentación de sus principios. Esa solidaridad que al parecer caracterizaba al chileno, ha sido fuertemente violentada por la individualidad neoliberal. Y entonces, cansados –y temerosos de perderlo todo- hoy surgen intentos de mirarnos a nosotros mismos y construir comunidad. Hemos visto que la libertad proclamada por el liberalismo, nos ha destruido como sociedad, y ya no somos los que fuimos, sin embargo, estamos aquí hoy –las generaciones que hemos convergido a este momento y lugar, hijos de los idealistas de los ’60- para no desalentarnos del todo con el aparentemente árido paisaje.
¿Cuándo se cansarán del circo? En verdad, se ha perdido la vergüenza. Venderse públicamente, como objetos en una subasta, es poco decir para lo que apreciamos hoy en día en cada avenida. Y en verdad, no hay representatividad. Un comercial en la televisión contiene el mismo nivel de información que la propaganda política generada por los actuales candidatos. Colores, formas, música atrayente, sin contenido, sin proyecto, sin programa.
Personalmente, no soy una entendida en política. No lo soy, pues siempre me ha parecido que los políticos juegan entre ellos, y que en la realidad las cartas de la realidad son otras. Personalmente, siempre he vivido en una época en donde la militancia en el partido era cosa de antaño, donde una vez alguien estuvo. Sin embargo, pareciera ser que el país –la ciudadanía- tiene que decidir. Pareciera ser que esa es la manera en que se deben hacer las cosas en “democracia”. Tampoco soy una entendida en materias económicas. Sin embargo, veo el mundo que me rodea, y creo que hay demasiado vacío en nuestras vidas. ¿Cómo llenar ese vacío? ¿Acaso la masa en algún momento pensó por sí misma, o es una hermosa utopía? ¿Cómo dar crédito a los movimientos sociales que se manifestaron con fuerza, pero que fueron acallados para 1925? Si surgen movimientos hoy ¿no serían nuevamente acallados por un Estado populista? ¿Cómo creer que los poderosos de siempre no seguirán siendo poderosos? En verdad, aunque los actores sean otros, clase media, clase obrera, industriales, comerciantes, la clase poderosa que ostentará el poder económico y eventualmente político, sea del origen que sea, se corromperá al fin y al cabo. Y si decimos que bajo el alero del Estado desarrollista, los movimientos sociales se vieron aplacados y mediados por los partidos, por los sindicatos ¿no era eso mejor que la lucha individual y sin garantías? Como, entonces, podríamos presenciar un estado sin crisis, pues en verdad ¿cuando lograríamos aquella increíble utopía, si vivimos en el mundo (humano)?
Sobre las posibilidades de la crisis hoy, creo que estamos frente a una terrible crisis de identidad, crisis cultural, principalmente (ver como hay gente capaz de gastar $200.000.- en una entrada para un concierto de una cantorcilla cabaretera mediatizada y superexplotada, es una aberración, o cuando vemos en el “noticiario” televisivo que hay quienes hacen vigilia –literalmente- para comprar lo último en tecnología celular que está llegando desde Japón, o donde sea) y creo que estamos tremendamente perdidos, intentado encontrar una luz de razón –algunos-. Cuando veo a todos esos adolescentes que llenan sus mentes con vivencias falsas, mentiras computacionales, amistades cibernéticas, creo que ya estamos en un límite irracional, y creo que nuestra racionalidad –o capacidad de pensar- está tremendamente dañada.
En términos económicos, la sociedad civil está reaccionando, frente a los abusos de los que administran mal las finanzas, sea por negligencia, sea por intereses creados. La sociedad civil está reaccionando ante la irracionalidad del mercado, y el juego de la politiquería, sin embargo, ¿hasta donde llegarán estas manifestaciones? ¿Colapsará el sistema, primero, en el mundo, y luego le llegará su tiempo a Chile? Creo que, al igual como sucedió con la crisis liberal de 1910, donde el Estado chileno se reformó hacia políticas populistas y/o desarrollistas, tras la Primera Guerra y la Gran Depresión del ’30, tal vez se realizarán reformas tendientes a aplacar los ánimos, sin embargo, es probable, que nuevamente la sociedad civil, la que actualmente está despertando, sea aplacada también, bajo el alero de una institucionalidad fuerte.
El futuro no es predecible. Sin embargo hay cosas que cumplen sus ciclos, si existen circunstancias similares. Tal vez, 2010, no sea muy distinto a 1910. Una crisis de gobernabilidad en el contexto de un estado libremercadista, es algo que ya suena en la historia de nuestro país. Pero, tal vez el futuro nos dará otra respuesta.
[1] “El grueso de las investigaciones que se hacen hoy en día en Chile se realizan por consultoras, que se han unido para formar un consorcio –monopolio- para pensar el Estado. Todas son de derecha y liberales, y están financiadas por el Banco Mundial y el Estado. Hoy no hay pensamiento organizado de Izquierda.” Gabriel Salazar, clase 19 de Agosto 2008.
[2] Gabriel Salazar, clase 19 agosto 2008.
[3] “La austeridad fiscal, la privatización y la liberalización de los mercados fueron los tres pilares aconsejados por el Consenso de Washington durante los años ochenta y noventa. Las políticas del consenso de Washington fueron diseñadas para responder a problemas muy reales de América Latina, y tenían mucho sentido. En los años ochenta los Gobiernos de dichos países habían tenido a menudo grandes déficits. Las pérdidas en las ineficientes empresas públicas contribuyeron a dichos déficits. (…) El problema radicó en que muchas de esas políticas se transformaron en fines en sí mismas, más que en medios para un crecimiento equitativo sostenible”, Joseph E. Stiglitz, El Malestar en la Globalización, Taurus, 2003, p. 89-90.
[4] Ibid., p 89.
[5] Ibid., p. 90.
[6] Ibid., p. 258.
[7] Oscar Muñoz Gomá, “El nuevo rol del Estado en el desarrollo económico (liberal)”, en Proposiciones, 24, SUR Ediciones, Santiago de Chile, 1994, p. 52.
[8] Salazar y Pinto, Historia Contemporánea Tomo I…, p. 174
[9] Ibid.
[10] Ibid., p.175.
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