Por Lafayette
Marzo 2006
Suele suceder que al encender la TV, artefacto casi indispensable en todo hogar dentro de la cultura occidental globalizada, me bombardeen comerciales y programas que hacen referencia a dos ámbitos de la vida, aunque de maneras contradictorias.
Por un lado, las comidas rebosantes de colores, ricas en azúcar y grasas, que se promocionan con juegos y sorpresas agregadas, como estímulo adicional para los más chicos; y por otro, un ataque despiadado de figuras ideales, de cuerpos perfectos, y la idea de que la cirugía y la fórmula “llame ya, y bajará 10 kilos en dos días mientras ve televisión”, cambiará tu vida.
McDonald, Burger King, Pizza Hut, Kentucky Fried Chicken, y otros tantos locales de la ya famosa comida rápida (chatarra), entregan a la venta diariamente millones de porciones de “alimentos” que sólo producen daños a nuestro organismo, como celulitis, hipertensión, diabetes, cirrosis, colesterol alto, etc, y de partida, hacen engordar si uno los consume de manera regular (más de una vez por semana). Esos productos hacen de tu cuerpo un bote de basura, literalmente. Por otra parte, los mismos medios te dicen que hay un modo fácil (entre otros modos fáciles, como medicamentos o máquinas mágicas) para eliminar eso que tu fuerza de voluntad no pudo, y esculpir tu cuerpo como una “barbie”.
¿Acaso tener un cuerpo bien formado no es sinónimo de buena salud...? Pero entonces la salud debería venir primero. Pues, que tengas una talla más de sostén o que luzcas una cintura más pronunciada no cambiará tus costumbres alimenticias o mejorará tu cuerpo interiormente (ni tu cerebro).
Vivimos en un mundo que se vuelve cada vez más hacia la ficción frívola. Esa verdadera fe en lo fácil y rápido, como la solución a todos nuestros problemas nos está destruyendo poco a poco.
Corremos de un lado para otro para lograr hacer todo lo que debemos durante el día, y preferimos sentarnos frente a la TV y comer chatarra, que servirnos una taza de té y un sándwich de palta junto a nuestra familia. Nos esforzamos poco en la preparación de nuestras comidas, siendo que la alimentación es una de las cosas más importantes para cuidar nuestros cuerpos y mantener un vínculo social. El modo como se cocina, quien cocina y con qué ingredientes son factores esenciales para que el alimento nos siente bien y seamos sanos y felices. Preferimos comprarnos un completo en el casino o unas sopaipillas con mostaza en la esquina, que llevar el charquicán o la ensalada que nuestra mamá o nosotros mismos nos podríamos preparar antes de salir de casa hacia el trabajo o los estudios.
Vivimos en ciudades oscurecidas por el smog, intoxicando nuestros pulmones, mientras alimentamos nuestra sangre con tóxicas sustancias asesinas. Lo fácil y lo rápido suelen ser también lo rico y al alcance del bolsillo, pero no reparamos en nuestro real estado de salud, y en lo que física y psicológicamente la comida nos afecta en nuestro bienestar.
La magia de lo rápido nos muestra que junto a los obesos y enfermos del corazón, están las estrellas de la farándula, que por más que lucen perfectos, están igual de contaminados. Como una procesión de muñequitos descerebrados circulan por las pantallas simulando felicidad, estimulando a inocentes (estúpidos) jóvenes a creer en esa aparente perfección. Estos ven sus cuerpos decaer ante la corrupción diaria de la ciudad, mientras les muestran la posibilidad de alanzar el modelo esperado.
Y de eso se trata, existe una creciente y patética necesidad por parte de la juventud (y de la no tan juventud) de alcanzar el modelo esperado del mundo actual: lo rápido, lo fácil, lo desechable, lo individual, lo que más se asemeje a lo plástico y artificial.
Es lamentable ver como tantas personas, de una u otra manera, caen en el juego de este mercado implacable, y creen que comprado un par de siliconas está comprando su libertad y su aceptación social, y por otro lado consumen toda la mugre que nos entrega la modernidad (en todo sentido). Una autodestrucción que viene luego de un cúmulo de exigencias que apenas se pueden soportar: la perfección social, buscando la igualdad con los pares, aunque esto signifique atacar al cuerpo constantemente de un modo muy dañino (y no sólo comidas), sino que cosas como el alcohol en exceso, las drogas, el exceso de “pantallas enajenantes”, poco o mal sueño, el tabaco.
El mundo actual, en muchos sentidos, se está “materializando”, a pesar de su “digitalización”. Se vacía de sentido, se deja atrás la verdadera palabra o la interpretación inteligente por el mensaje directo, el ruido, la imagen, por el olor a plástico, a fritura y el sabor a Coca-cola. Satisfacer la necesidad de igualación pero a la vez individualización en la sociedad de los sentidos, es la premisa del mundo de hoy, y a través de esa búsqueda se logra lucrar. Nos crean cada vez más estúpidas necesidades que creemos reales, pero son terriblemente absurdas: celulares, gaseosas, pechos grandes, pelo lacio y tinturado, comida rápida, cero esfuerzo en todo y rapidez, microondas, horno eléctrico, lavavajillas, etc... todo para el mundo moderno. Hace 50 años (1956) nadie pensaba en esto como “necesidad”.
Estoy muy segura que el imperio que ha operado sobre estas necesidades muchas veces frívolas y sin sentido, está en los últimos estertores. No alcanzará a vivir 400 años. Bien sabemos que ni la tierra aguantará más nuestro peso, y sus mismos pobladores reclamarán justicia y sanidad.
En unos 30 o 40 años más veremos que estará aconteciendo, mas deseo que el mundo corrupto de obesos, anoréxicos, drogadictos y cancerosos, siliconas y liposucciones, cambie de una vez, y avance –de verdad- hacia una era más real, pura y humanitaria.

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