Te referiré una historia, que guardo
en mi memoria, una historia que mis abuelos me contaron. En aquellos días, esos
muy antiguos, tan antiguos que ni mis abuelos vivían aún, y eso es mucho
decir, cuando no había rey en Israel, y
ya sabes que Israel es ese país desde donde de vez en vez nos llegan tristes
noticias de matanzas y guerra, pero también de avances tecnológicos; en ese
país, pero cuando era distinto a lo que es hoy, porque no había musulmanes,
pues bien sabes que los musulmanes han existido después de los judíos, que
sabemos, eran los pobladores de Israel, y lo son hoy también, pues en ese
entonces, hubo un levita, es decir un
poblador de Israel de una de las doce tribus, la tribu de Leví, el cual moraba
como forastero en la parte más remota del monte de Efraín, que pertenecía a
territorio de otra de estas tribus, la de José.
Este hombre levita, contaban mis
abuelos, había tomado para sí mujer concubina de Belén de Judá, es decir, se
había ido a vivir sin casarse con una mujer de otra de las doce tribus, o bien
era una segunda esposa de éste, tal vez de rango menor, eso no me lo supieron
explicar mis abuelos. Siempre me preguntaba cómo era esa concubina, pues me la
figuraba como una sensual mujer de cabellos negros y largos, vistiendo un
atuendo como danzarina árabe. En fin, fantasías de adolescente y muchas
películas.
Sucedió que la dicha concubina le fue infiel, no sabemos con quien,
pero tal vez estaba aburrida de ser la segunda. No sabemos cómo reaccionó el
levita (ni siquiera si se enteró), pero sabemos, según me habían dicho mis
abuelos, que esta mujer, la concubina, de sedosos cabellos (según me lo
figuraba), después de la infidelidad se fue a casa de su padre, de vuelta a su
tierra, Belén de Judá, y estuvo allá durante cuatro meses.
En verdad no sabemos si se habrá
enterado de la infidelidad, sólo nos ha llegado la noticia de que el, por
decir, marido, la siguió a Belén, para hablarle “amorosamente” y hacerla volver.
Bueno, tampoco sabemos en qué términos era esta solicitud amorosa para pedir su
regreso, pero al parecer podemos pensar que en primera instancia, tenía buenas
intenciones. El levita llevaba consigo un criado y un par de asnos, para poder
volverse con la concubina. Seguro que era guapa, para ir en su búsqueda, o tal
vez el levita no se había enterado de la infidelidad. Tal vez ni siquiera había
sido infiel, y la historia nos llega así, tergiversada, así como siempre han
querido poner a María Magdalena como prostituta, y eso, según entiendo, nunca
aparece en la Biblia.
En fin, según mis abuelos, ella lo
vio llegar, lo hizo entrar en la casa de su padre, y viéndole el padre de la joven,
salió a recibirle gozoso, palabra textual de la historia que me contaron, la
memoricé, porque no tenía mucha idea lo que significaba, ahora la entiendo. El
padre de la concubina infiel, por decirle de alguna manera, es decir el suegro,
no quería que se fuera. Se deshacía en hospitalidades, así que el levita aceptó
quedarse en su casa tres días, comiendo, bebiendo y alojándose allí. Al cuarto
día, cuando se levantaron en la mañana, se levantó también el levita,
arreglando todo para irse, pero y el padre de la joven dijo a su yerno, para
convencerlo de que se quedara un poco más, que
confortara su corazón con un bocado de pan y después podía irse, o sea,
que no se fuera sin desayuno. Pero se alargó el desayuno, pues comieron y
bebieron, y me imagino que bebieron vino, pues no me especificaron qué bebieron.
Después de un rato, largo rato, me imagino, el padre de la joven dijo al hombre:
“Yo te ruego que quieras pasar aquí la noche, y se alegrará tu corazón”.
El levita quería partir, pero ante la
insistencia del suegro, volvió a quedarse una noche más. Amaneció ese día y
presto para marcharse con mujer, criado y asnos, el suegro, tal vez para no
quedarse sólo, o quién sabe, le pidió que se fueran sólo cuando declinase el
día, que comieran nuevamente juntos. A todo esto, no sabemos qué pasaba con la
mujer, pues hasta ese instante, no me supieron contar mis abuelos si el marido
habló con ella, si sabía lo que había pasado, por qué se había ido, en fin. No
sabemos dónde está la concubina en este momento, pero sabemos que el suegro
disfrutaba mucho de la compañía de su yerno.
Ya parecía broma, pero nuevamente el padre de
la joven le rogó se quedara y le dijo (copio lo que mis abuelos solían decir
con dramatismo): “He aquí ya el día declina para anochecer, te ruego que paséis
aquí la noche; he aquí que el día se acaba, duerme aquí, para que se alegre tu
corazón; y mañana os levantaréis temprano a vuestro camino y te irás a tu casa”.
Pero, como es normal, creo yo a estas alturas, el hombre no quiso pasar allí la
noche, sino que se levantó y se fue, con criado, concubina y asnos. A todo
esto, nunca supe qué hablaron la mujer y su marido, por así decirlo, ni llegó
hasta mí explicación de los acuerdos tomados entre las partes, en fin, llegaron
todos hasta enfrente de Jerusalén, la ciudad que todos conocen, por lo menos de
nombre les suena a todos. En esas época se llamaba Jebús, y los que vivían ahí,
jebuseos, y no eran de las doce tribus de Israel. O sea, hoy pensamos en
Jerusalén como cosa igual a Israel, pero según entiendo, no siempre fueron lo
mismo, es decir, la ciudad no siempre estuvo poblada por los mismos sujetos.
Bueno, ahí hay todo un tema, que no me voy a referir, porque no viene al caso.
Y estando ya a la entrada de la
ciudad, el día había declinado mucho, entonces le dijo el criado a su señor que
entraran a la ciudad para pasar ahí la noche. Y su señor le respondió que no entrarían
a ninguna ciudad de extranjeros sino sólo a la de los hijos de Israel, así que
debían pasar hasta Gabaa, que según mis abuelos era una ciudad de la tribu de
Benjamín posiblemente, otra de las doce. Hoy no existe esa ciudad. Entonces el
hombre le dijo a su criado que siguieran hasta uno de esos lugares, para pasar
la noche en Gabaa o en Ramá, un poco más lejos, también de Benjamín. Ramá,
según me he enterado, queda a unos ocho kilómetros de Jerusalén.
Pues así caminaron, se puso el sol cuando
llegaban junto a Gabaa, se apartaron del camino para entrar a pasar allí la
noche. Y entrando, se sentaron en la plaza de la ciudad, porque no hubo quien
los acogiese en casa para pasar la noche. Pero justo, un hombre viejo, que
venía de regreso de su trabajo del campo al anochecer, era del monte de Efraín
y moraba como forastero en Gabaa.
Cuando el viejo alzó los ojos vio a aquel
caminante (y a su comitiva) en la plaza de la ciudad y le dijo: “¿A dónde vas y
de dónde vienes?” Y él respondió que habían pasado por la parte más remota del
monte de Efraín, en donde vivía, para llegar a Belén de Judá. No le dio los pormenores,
pero agregó que tenía pensado ir a la casa de Jehová, (creo que referían a un
sumo sacerdote de su tribu, la de Leví, no creo que se refirieran a Dios,
aunque Dios pareciera ser alguien muy concreto siempre en estas historias); le
dijo, luego, que estaban en la plaza porque no había quien los recibiera en una
casa.
El levita indicó al anciano, que ellos tenían
paja y forraje para los asnos, y también pan y vino para alimentarse, que no
les hacía falta nada. Y el hombre anciano dijo: “Paz sea contigo; tu necesidad
toda quede solamente a mi cargo, con tal que no pases la noche en la plaza”.
Así, se fueron a la casa del anciano forastero, se lavaron los pies, comieron y
bebieron. Pero cuando estaban gozosos, nuevamente esta palabra que decía mi
abuelo, es decir, cuando estaban pasándolo muy bien, y es aquí que esta
historia se vuelve un poco extraña, momento en el que más me emocionaba yo
horrorizándome a la vez, he aquí que los hombres de aquella ciudad, algunos, hombres
perversos, rodearon la casa, golpeando a la puerta y hablaron al anciano,
diciéndole que sacara al hombre que había entrado en su casa para poder
sodomizarlo, es decir, tener relaciones con él, todos, eso sería, algo así como
violarlo en grupo. Pues si esto no es torcido, no sé qué lo sería. No querían
robarle sus pertenecías, no, quería violarlo, y así, como si nada, van y exigen
a quien lo ha acogido, pues, que lo tire para la calle y ya está.
Entonces salió el dueño de la casa y
les dijo, en tono conciliador, “No, hermanos míos, os ruego que no cometáis
este mal; ya que este hombre ha entrado en mi casa, no hagáis esta maldad” y
siguió, como si nada, “He aquí mi hija virgen y la concubina de él; yo os las
sacaré ahora; humilladlas y haced con ellas como os parezca, y no hagáis a este
hombre cosa tan infame”. Pues, a la bella concubina de sedosos cabellos y a la
hija del anciano, a la que yo no sabía que existía hasta este punto, pues, con
ellas no pasa nada. Que las violen, las ultrajen, pues, hagan lo que quieran.
Al hombre, por supuesto que no, qué afrenta. Y yo quedaba medio alelado,
boquiabierto y era tan terrible toda esa imagen, que finalmente no me la podía
imaginar.
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| Epifanio Garay Caicedo, La Mujer del Levita de los Montes de Efraím (1899) |
Y continuaban mis abuelos, que a pesar de tan
tentador ofrecimiento, aquellos hombres no querían oír, así que el levita cortó
por lo sano. Aquí, yo pensaba, soñaba, con que el hombre defendería el honor de
las muchachas y de sí mismo, hasta el fin, dando su vida, si fuera necesario,
en ello. Pero no, decididamente, tomó a su concubina, la sacó a la calle y los
hombres, de número indefinido, abusaron de ella toda la noche hasta la mañana y
la dejaron cuando apuntaba el alba. Cuando ya amanecía, volvió la mujer a la
casa donde estaba su, por decirle de alguna manera, marido (pues más parece
señor o amo, un tirano) y cayó delante de la puerta de la casa de aquel hombre anciano.
Cuando fue de día, se levantó por la mañana el levita, abrió las puertas de la
casa y salió, así tan campante, para seguir su camino, pero la mujer, su
concubina, estaba tendida delante de la puerta de la casa con las manos sobre
el umbral. Él le dijo, sin mayores miramientos “Levántate y vámonos”, pero ella
no respondió. Estaba muerta, o parecía estarlo. Entonces la levantó el levita y
echándola sobre su asno, se fue a su tierra. Y las sorpresas no acaban acá.
Cuando llegó a su casa, tomó un cuchillo y
echó mano de su concubina, partiéndola (descuartizándola, de hecho) en doce partes
y la envió por todo el territorio de Israel. Y aquí yo le preguntaba a mis
abuelos, entonces, para qué el levita salió en busca de su concubina para
pedirle amorosamente que volviese, pero luego la da, como cosa que se entrega,
para salvar su trasero (literalmente) de aquellos bellacos desalmados. Le
preguntaba a mis abuelos, cómo era posible que el anciano quisiera permitir que
violasen a su hija en vez de ofender a su alojado, al que acababa de conocer.
Había cosas que simplemente no me cuadraban. Me imaginaba a la bella de cabellos
sedosos, ensangrentada y luego, hecha un amasijo de huesos y carne. Una escena
escabrosa, repugnante.
Luego, cuando cada tribu recibió un
trozo de la mujer descuartizada, todos lo que veían aquello decían que jamás se
había hecho ni visto tal cosa, desde el tiempo en que los hijos de Israel
subieron de la tierra de Egipto. Es decir, que no es improbable que antes se
hubiera hecho. Se dijeron unos a otros “Considerad esto, tomad consejo y hablad”.
Entonces, se reunieron los hijos de Israel, congregándose “como un solo hombre”,
y así, los jefes de todo el pueblo, de todas las tribus de Israel, se hallaron
presentes en la reunión del “pueblo de Dios”, que según dicen los entendidos
(en escrituras bíblicas) fueron cuatrocientos mil hombres de a pie que ostentaban
espada.
Los “hijos” de Benjamín oyeron que los “hijos”
de Israel habían subido a Mizpa, que queda en las tierras de Benjamín y fue
donde se reunieron. Y exigieron saber cómo es que ocurrió dicha maldad. Entonces
el hombre levita, marido de la mujer muerta (que el mismo había descuartizado),
respondió y contó que había llegado a Gabaa de Benjamín con su concubina para
pasar allí la noche y que se levantaron contra él los de Gabaa, rodeando la
casa por la noche, con idea de matarlo (pues ahí vamos mal, escondiendo
información) y a su concubina la humillaron de tal manera que murió (pues aquí,
peor). El levita no contó los hechos como fueron aconteciendo, y yo hervía de
rabia cuando me narraban esta parte. Les rogaba a mis abuelos me dijeran qué
más había dicho el levita, pero él no había dicho nada más, según me decían.
Y, luego, sin gran aspaviento, el hombre dijo
que tomó a su concubina muerta, la cortó en pedazos y la envió por todo el
territorio de Israel, porque el crimen fue hecho en Israel y al parecer esos
trozos indicarían el crimen cometido. Si no, cómo se enteraron los demás que
debían concurrir a un cierto lugar, me preguntaba yo. Los hombres ahí presentes
dijeron que ninguno volvería a su casa. Y que por sorteo subirían a Gabaa, tomarían diez hombres de cada cien por todas
las tribus de Israel, para que llevasen víveres, y así, yendo de esa manera a
Gabaa de Benjamín, hicieran con ellos lo necesario conforme a la abominación
cometida. Las otras tribus de Israel enviaron varones por toda la tribu de
Benjamín, aludiendo a la maldad cometida y
exigiendo que entregaran a aquellos hombres perversos que estaban en
Gabaa, para que los mataran, y así quitar el mal de Israel. Pero, los de
Benjamín no quisieron oír la voz de sus hermanos, los hijos de Israel, sino que
se juntaron en Gabaa, para salir a pelear contra los de Israel.
Los de Benjamín fueron, definitivamente, a la
guerra contra los otros, sus hermanos. Finalmente, tras cruentas batallas,
parecía que los de Benjamín llevaban ventaja, pero después de meses de lucha, en
definitiva, los demás hijos de Israel salieron victoriosos, con la ayuda de
Dios, pues solían consultar a Jehová sobre los asuntos de batalla (ese punto me
parecía extraño, era como si Jehová no fuese ese Dios invisible que imaginaba
siempre, sino un sujeto bastante concreto). Y así, juraron, los de Israel, que
nunca más darían mujer de sus tribus para casarse con hombre de Benjamín, ni
que aceptarían por esposa o concubina mujer de Benjamín. Baya si así sería,
para acabar violadas y descuartizadas.
Por Lafayette

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