domingo, 29 de marzo de 2020

En el mismísimo epicentro temporal del cambio


Por M.N.AM.

Hace unos años, 2016 para ser exactos, se puso sobre la mesa el tema de los muros, los cierres de fronteras y las mayores regulaciones a la inmigración que algunos países comenzaron a discutir. Obviamente el tema era la inmigración “indeseada”, esa de personas refugiadas de guerras o que huyen de la pobreza. Fue en la época de la campaña de Trump, xenófobo y virulento candidato a la presidencia que hoy, 2020, detenta el título de presidente de los Estados Unidos de América.
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Un tiempo después, escuchamos los alaridos fanáticos de Bolsonaro, un homófobo y religioso candidato evangélico para la presidencia de Brasil. Hoy por hoy, lo vemos gritando a los cuatro vientos con un desparpajo increíble los dichos más políticamente incorrectos de los últimos tiempos en Latinoamérica, también como presidente.  
Traigo a colación estos casos, porque son bastante relevantes en nuestro continente tanto por lo “vistoso” de los discursos de estos presidentes, como por la importancia de estos países en el hemisferio, en un momento que la cautela, el respeto, la moderación, la sabiduría, el bien social se están llamando desde todas las esquinas del planeta, frente a la emergencia por el ya muy conocido, a estas alturas, covid-19 o “coronavirus”, que ha cundido en cientos de países y ha matado a la fecha (29 de marzo de 2020) a 31.000 personas desde que apareció en China a inicios de diciembre de 2019 (ya casi 4 meses). La epidemia ha cobrado especial violencia en Europa, y ahora en Estados Unidos, que han superado con creces los números de China, país donde ya está controlada la emergencia, mientras que en el mundo occidental, europeo y americano aún está recién comenzando, esperándose su máximo momento de contagio durante el mes de abril de 2020.
No me remitiré a los erráticos pasos y dichos de los ministros y presidente chilenos, que han puesto la “vara bien alta” de la inoperancia y la mala visión de futuro, en cuanto nos hemos dado cuenta que sostener una economía neoliberal y lograr una salvaguarda a la sociedad civil en tiempos de emergencia no se pueden contener en un mismo saco: hay que sacrificar algo, y es el sistema neoliberal el que no se quiere sacrificar, ni los bolsillos rebosantes de dinero de los ricos. Frente a eso, podemos sacrificar a las personas comunes, a los millones de trabajadores, eso no importa para los herederos de los Chicago boys.
Prefiero comentar, brevemente, las políticas y posturas frente a la emergencia en Brasil y Estados Unidos. No soy una analista internacional, por lo tanto no he seguido paso a paso a estos señores y sus allegados de sus respectivos gobiernos, pero he visto algunas de las intervenciones públicas donde se deja en claro cuáles son las prioridades de estos señores: Bolsonaro y Trump (tal vez no muy distintas a las de Piñera y sus secuaces).
Bolsonaro, a grandes rasgos, ha disminuido el carácter de la epidemia, equiparándola a cualquiera otra de las enfermedades estacionales de la región, que igualmente suele dejar decenas o cientos de fallecidos cada año. Indica que los brasileños “nadan en cloacas” y no enferman, así que el pueblo de Brasil es capaz de resistir, y que no es necesario implementar una cuarentena que lo único que ocasionaría sería un daño económico. Trump por su parte, aun teniendo en cuenta el gran aumento de casos en grandes ciudades como Nueva York durante la última semana, se resiste a la cuarentena total en esas ciudades. Bajando el perfil a los contagios, indica igualmente que el daño a la economía sería mucho mayor si se cierra el centro económico del país. ¿Qué está en juego en estas medidas de contención parciales? ¿Qué se evalúa a la hora de permitir, y exigir, que las personas sigan asistiendo a sus trabajos, enfrentándose seguramente al contagio?
Sabemos que hay muchas personas que pueden seguir cumpliendo con sus obligaciones laborales desde la casa: todos aquellos que trabajan en oficinas, escuelas, universidades, pueden hacerlo, porque pueden realizar su trabajo desde plataformas online sin problema y cumplir. Pero, evidentemente, el asunto no es ese. El asunto es que hay personas, muchas personas, que por la naturaleza de sus trabajos, no pueden simplemente activar el “teletrabajo”: servicios de compraventa de alimentos y todo tipo de productos, básicos o no, auxiliares de aseo, personas que trabajan en transporte, guardias, personal de salud, etc. En una ciudad hay muchos que deben cumplir con su trabajo en su lugar de trabajo, si no, no se les paga el sueldo. Y ese es el gran problema: el Estado neoliberal es incapaz de contener y resguardar a todas esas personas con contratos precarios para quienes no está asegurado el pago de sueldo en situaciones de emergencia como éste. El Estado neoliberal establece que si quieres comer y pagar tus cuentas, debes trabajar, si no trabajas, o si no puedes trabajar por razones de fuerza mayor, pues nadie te asegura la sobrevivencia.
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Eso, es simplemente inaceptable, impresentable. Pero es como funciona, y ha funcionado, nuestro sistema neoliberal llevado a su máxima expresión. Es, ciertamente, el ejemplo más evidente que hay personas que, si bien son esenciales para el funcionamiento del sistema, en verdad el sistema no las considera como “personas”, sino como números, como individuos despersonalizados y deshumanizados que pueden ser rápida y fácilmente reemplazables.
Las teorías sobre la esclavitud indican que la característica del esclavo es la “despersonalización” y la transformación de su cuerpo y su persona en un “objeto de mercado” (Meillassoux, 1986). Según esta descripción, entonces, no es difícil establecer que las personas (fuera de las que entregan servicios esenciales como salud) a quienes no les es posible acceder a una cuarentena en esta emergencia son, precisamente, las personas reemplazables del sistema, cuya enfermedad o muerte se transforma en irrelevante para quienes tienen el control económico, aquellos que no desean que “su estructura económica” se vea desmantelada. Como escribía muy adecuadamente Achille Mbembe en 2014, en su obra Crítica de la Razón Negra: en el siglo XXI estamos experimentando el “devenir-negro del mundo”; lo que sufrieron los africanos negros durante 500 años, la despersonalización que los convirtió en objetos de mercado, ya se ha expandido a un sistema global que es perceptible en todos los rincones del mundo.
Por más que sorprendan los dichos y políticas antipersonas de Trump y Bolsonaro, en realidad no sorprende. No sorprende porque ciertamente  una parte de nuestros cerebros tiene esta lógica. Quienes hemos nacido y crecido durante las últimas dos décadas del siglo XX, nos ha tocado experimentar esa lógica de mercado como la norma natural de la existencia: hemos aceptado ser clientes y consumidores, y lo llevamos como distintivos en un mundo de propaganda y tarjetas de crédito. Nos hemos asumido no-personas, y hemos acatado sin chistar, o chistando poco, la asignación de número de comercio. Nos gusta, no nos queda otra a veces, el consumir, porque con cada cosa que tenemos-compramos, se nos olvida un poco la realidad en que vivimos, y nos mantenemos en un limbo de semifantasía agradable: desde las series que nos atrapan en Netflix a los placenteros viernes de juerga en el local de moda. Trabajamos para conseguir ese divino placer, y no nos importa ser menos personas. No nos importa.
Pero hay quienes se “despertaron” hace unos meses atrás. En Chile, el 18 de octubre marcó un quiebre radical en el proceso “democrático” que iniciara en 1988. Si bien después del “sí-no” pudimos “elegir” presidente, senadores y diputados, la dictadura de Pinochet sólo está comenzando a acabar desde ese día 18 de octubre de 2019. Esta epidemia del coronavirus no es tan sólo un desvío del proceso constituyente y transformador que estábamos viviendo, sino que se establece, ahora, como parte esencial del mismo. Porque ya no es sólo a escala país (aunque tampoco lo fueron las revueltas sociales desde octubre, ya que se desataron en varios lugares del mundo), sino que es a escala mundial. El virus se ha establecido como una dura prueba para los estados, en donde es preciso tomar decisiones drásticas que cambiarán el rumbo de las cosas tal como las conocíamos: ¿Qué es más relevante, mantener la macroeconomía capitalista liberal, o salvar a las personas, del virus, de la angustia y de la pobreza? ¿Qué lugar ocupa el ser humano en el engranaje económico? ¿Es sólo un elemento funcional al mercado, o es ciertamente que el mercado y el Estado deberían estar al servicio del ser humano?
Preciso hacer una acotación final, que tiene que ver con una visión de interés personal sobre la historia del mundo occidental, la modernidad y la cristiandad (como historiadora que soy). Me parece realmente muy simbólico, simplemente simbólico (no místico, ni mágico), el remezón profundo que han sufrido España e Italia producto de la epidemia desde fines de febrero de 2020. Miles de muertos, los servicios hospitalarios colapsados, calles, museos, comercio, ciudades antes atestadas de turistas, ahora vacías. Roma, el Vaticano, símbolo milenario del poder imperial cristiano-católico, bajo cuyo influjo y doctrina se erigió la “modernidad” y se expandió por el mundo a partir de las ideas esenciales de “individuo” y “progreso”. No podemos desconocer que la doctrina y práctica capitalista que nos rige, casi como religión el día de hoy, surgió para el hemisferio occidental desde aquellos espacios dominados por los mercaderes italianos y españoles (y por supuesto portugueses) que surcaban el Mediterráneo y luego el Atlántico, el Índico y el Pacífico. Es en Roma, Milán, Florencia, Génova, Sevilla (y algunas otras ciudades más, por supuesto) donde desde hace unos seiscientos años más o menos se desarrolló un sistema de especulación, banca y comercio que se ha llevado a su máxima expresión durante los siglos XIX, XX y XXI.
El poder imperial cristiano católico, por otra parte, fue el que ungió a los reyes y emperadores alemanes, franceses e ibéricos por más de mil años, y fue el que los impulsó a luchar contra el “infiel” musulmán durante siglos. Bajo la cristiandad, cuyo centro es evidentemente Roma, que tuvo su gran aliada a Castilla y Aragón (Isabel y Fernando, los reyes “católicos” bajo cuyo patrocinio se logró la llegada y conquista de América), se organizó en el pasado gran parte de la forma de funcionamiento de los mercados globales y trasnacionales de hoy. La posta del dominio imperial católico la tomaron en el siglo XIX Francia, igualmente católica e Inglaterra, si bien protestante, los anglicanos están a medio camino entre el catolicismo y el luteranismo, en realidad, que al final son diferentes versiones del mismo cristianismo.
¿Estamos comenzando a presenciar, de manera simbólica, la caída del cristianismo? ¿Estamos presenciando la decadencia, después de 1500 años, el fin de una era? ¿Estaremos adportas de un cambio de paradigma, un cambio ideológico y un cambio religioso? ¿Se transformarán todas las religiones cristianas (y sus principios doctrinarios) en parias de un gran imperio chino, o musulmán, que serán hegemonía de aquí a 50, 100 o 150 años más?
Sin duda, estamos en un momento de grandes cambios. Ya lo podrán visualizar nuestros hijos y nietos cuando lleguen, si es que llegan, al fin de la centuria y aún no estamos todos sumergidos bajo el agua.

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