Algunas personas dicen que la
historia no se repite. Que no es posible que vuelva a pasar exactamente lo que ya
pasó, y que siempre el devenir temporal de los seres humanos es un nuevo
acontecer. La historia, entonces, sería lineal. Sin embargo, desde la antigüedad
hay quienes han dicho que el tiempo es cíclico. Que la humanidad ha vivido procesos
cíclicos y que una y otra vez volvemos al mismo punto en la lógica de
nacimiento, desarrollo, decadencia y colapso que permitiría volver a una nueva era
dorada de renacer una y otra vez.
Yo no soy filósofa de la historia.
Intento ser una buena historiadora, pero mi materia que es el tiempo, el tiempo
humano, me llama a veces para que pueda examinarla y preguntarle sobre su
naturaleza.
Cuando viví en Lisboa, Portugal,
el año 2016, varios países de Europa estaban recién repuntando de una crisis
económica que los había golpeado fuerte, y los países más ricos de la región se
encontraban en un conflicto con los miles de refugiados de países africanos y
de medio Oriente que en ese entonces escapaban de diversas guerras, la más
conocida la Guerra en Siria que inició en 2011.
Mirando las noticias cada mañana,
me percaté de lo diferente que es el mundo cuando lo vez desde un país europeo,
de cuáles son las prioridades y problemáticas, que suelen ser distintas desde
el extremo sur de América del Sur.
Una de las cosas que aprendí en Portugal fue que no toda dictadura es afín a los militares, o que nuestra dictadura chilena de Pinochet fue diferente a la dictadura fascista de Salazar. Fueron los militares los que propiciaron la Revolución de los claveles que se conmemora cada 25 de abril, y que da fin a la dictadura en 1974. Portugal había estado sometida a gobierno dictatorial desde 1925; casi 50 años. El 25 de abril de 2016 que viví allá asistí a una hermosa celebración; la usual que todas mis colegas de la Universidad de Lisboa tenían cada año: una marcha por una de las principales avenidas de la ciudad en cuya vanguardia se encontraba un tanque con un clavel en su cañón. El grito principal que me llamó la atención coreaba “25 de abril siempre, fascismo nunca más”. Quedó grabado en mi memoria, porque en ese entonces me parecía que era una frase que evocaba un mundo pasado, y que había cierta afirmación que se hacía que no era necesaria de hacer: el fascismo, para mí, tal como se experimentó en buena parte del siglo XX, estaba muerto.
Había sí grandes problemas sociales en el mundo: las guerras, el racismo, la trata de personas, crisis económicas, en fin, estaban a la orden del día, pero decir fascismo era como decir monarquía absoluta, algo raro en el mundo occidental del siglo XXI.
Otra cosa que me llamó la atención
fue la presencia del partido comunista en el espacio público. Y no era solo
esos carteles o rayados que se suelen pegan en las paredes, como en el centro
de Santiago de Chile (que también los había), si no que estaba instalada una
gigantografía en el cruce de dos avenidas muy significativas: Avenida de la
República y Avenida de las Fuerzas Armadas, que animaba a la gente a
inscribirse en el partido comunista. De hecho, me parecía tan curiosa, que nos
sacamos fotos, porque me pareció que era algo que podría haber visto en 1920,
pero era anacrónico en 2016. Sabiendo que el partido comunista en el mundo
gozaba y goza de plena salud, en mi percepción me parecía que ser comunista era
como ser católico: había muchos creyentes, pero no eran la tendencia de moda.
Todo ello me dio la impresión de
estar en un país que había superado sus contradicciones, en un continente que
en general también las había superado: democracias liberales que apostaban por
el bien común, que no se rebajaban a volver a las extremas dicotomías de
antaño, y que toleraban partidos como el comunista, porque en verdad no estaban
ya las cosas para hacer realmente la revolución. Y, claramente, Portugal se
mostraba como un país que había dejado atrás la ultraderecha y todo lo que
oliera a fascismo.
El año 2024, a 50 años de
finalizada la dictadura de Salazar, en el congreso portugués asumieron nuevos
congresistas, más la mitad de ultraderecha, de esa que, aunque no quiera
reconocerlo, o se ponga mil etiquetas, en verdad admira a figuras como Hitler,
Mussolini, Franco o Salazar. Una ultraderecha que ha emergido en el mundo
occidental, por lo menos hasta lo que sé, en varios países de América y en
varios de Europa (desconozco qué pasa en África, Asia y Oceanía), tímidamente
desde 2010 y con toda su potencia después de la pandemia del Covid-19.
Ya varios analistas lo han dicho,
a propósito de la emergencia de discursos y prácticas fascistas y de
ultraderecha que eran impensadas en la política oficial hace 15 años: ¿las
condiciones que se han generado en el norte global son semejantes a las que se
vivían hacia 1920? Muchas cosas han cambiado, ciertamente, pero otras tantas
son casi una réplica literal.
Esta sensación de dejá vu
la sentí ya desde 2014, cuando comencé a estudiar los discursos literarios e
historiográficos racistas y el racismo científico entre 1850 y 1950, y me di
cuenta que había cosas que se publicaban en periódicos o circulaban en revistas,
por ejemplo, que le podríamos cambiar la fecha y era posiblemente lo mismo que
alguien podría decir el día de hoy, tanto en cuestiones referente a las crisis
políticas, económica, las guerras, la lucha social, y sobre el tema de las
diferencias raciales.
Ese dejá vu era incómodo, y
me preguntaba cómo nadie más lo veía ¡Necesitamos más clases de historia! Sin
embargo, no era en ese entonces, hace 10 años, tan alarmante como hoy. Por que
lo que eran a inicios del siglo XXI disparates de gente fanática o conspiranoica,
discursos y pensamientos que aún eran políticamente inapropiados, cosas que no
llegaban a las altas esferas ni a las grandes masas, hoy son cosas totalmente normalizadas,
vistas como posibilidades en un abanico de “libertad de expresión” mal
entendida; y es más, para muchas y muchos
(¡demasiados diría yo!), es el único camino a seguir, a partir de esa necesidad
de superar la supuesta “decadencia” creada por las acciones en pos de la
tolerancia cultural y el antirracismo, en favor de las mujeres y las minorías
sexuales, del respeto por el medioambiente, y otras tantas consignas que
emergieron desde la década de 1960 especialmente, pero que se consolidaron
desde la última década del siglo XX.
Ahora, mi incomodidad y sorpresa
han pasado a desazón y temor.
La llegada de Donald Trump
nuevamente al poder, elegido por los estadounidenses, recargado, rearmado, y
fortalecido con el apoyo de los magnates de las redes sociales y de las
empresas tecnológicas más importantes del mundo, en un contexto de crisis
moral, política, económica abrumadora para buena parte del hemisferio
occidental, tanto del norte como del sur global, donde han emergido partidos
nazi y de ultraderecha afines a los nazi o al fascismo (de manera implícita o
explícita), es un escenario, por qué no decirlo, trágico.
La soberbia y autoridad burlona
con que Trump, Musk y otros se están moviendo en este momento, lanzando sus
ofensas, ataques y amenazas a quien se les cruce para el logro de sus intereses,
es la prueba fehaciente de la gravedad de las circunstancias actuales.
¿De verdad, no hemos aprendido
nada, las lecciones del pasado se olvidaron completamente?
La aseveración de “si no me pasa a
mí, no importa, porque en verdad no pasa” del mundo neoliberal llevada al
extremo en una individualidad narcisista está cobrando ya sus víctimas. Vivimos
en un mundo enfermo, donde hay muchas mentes y cuerpos que han luchado, luchan
y seguirán luchando por la justicia social, por los derechos humanos, por la
protección de nuestro planeta (¡que es de todos!), pero, como sabemos, los que muchas
veces llegan al poder (y a este nivel de poder) son los que no les importa
velar por el bien común, sino por sus propios intereses, egoísmos y obsesiones
que disfrazan de un discurso universal de beneficios y bonanza, de un discurso
de “libertad”.
No es posible que olvidemos de
repente, como humanidad, las atrocidades del pasado, que comenzaron a partir de
teorías conspiranoicas, mentiras, prejuicios y odio fundado en la intolerancia
a la diferencia y rechazo a la equidad; peor también, en el miedo y en la
inseguridad de ser desplazados del centro de poder por esos otros considerados
inferiores. No podemos olvidar las innumerables matanzas a personas y pueblos
afrodescendientes e indígenas en las Américas, en nombre de la civilización y
pureza racial; no podemos olvidar la misoginia de la ciencia moderna que
fundamentaba la inferioridad de la mujer y que tanto ha costado desarticularla,
ni la criminalización de la homosexualidad, que tantas vidas ha cobrado; no
podemos olvidar la esclavitud y la colonización en África y Oriente, y las
masacres que sufrieron varios de sus pueblos antes y durante lo procesos de
descolonización; no podemos olvidar el exterminio de judíos, comunistas,
homosexuales y discapacitados que propició y ejecutó el nazismo, y los brazos
colaboradores que tuvo esa despreciable ideología en las dictaduras
latinoamericanas, como fue el caso de Chile.
Temo por el presente, y por el
futuro. Temo porque aún me quedan muchas cosas por vivir, y tengo unas ansias
enormes por transmitir lo que sé, pero ¿servirá de algo? ¿Qué debemos esperar de
las nuevas generaciones?
Temo porque tengo hijos, a los que
heredaremos un mundo convulso. Un mundo donde tal vez nos enfrentemos a una
tercera guerra mundial. Pero ahora, ahora si que podría ser peligrosa. ¿Nuestro
planeta, resistirá? ¿Nuestras sociedades tal como las conocemos, sobrevivirán?
Estados Unidos no dudó en usar la
última tecnología en armas el mes de agosto de 1945, lanzando dos bombas atómicas
sobre Japón, aliados de la Alemania nazi. Estados Unidos hoy en día está en una
situación crítica, como imperio que ve su pronta caída frente a otros poderes
económicos, como China. Pero, es en ese preciso momento, en el juego del todo o
nada, que los poderosos que han perdido toda perspectiva humana no temen lanzar
toda la artillería, porque saben que en última instancia si cae su régimen,
ellos van a vencer igualmente: van a haber logrado su cometido, que era pasar a
la historia como alguien que tuvo el mayor poder del mundo y lo utilizó, no
para el bien (¡qué tontería es esa!) sino para destruir a esos otros que se han
convertido en los enemigos de aquella superioridad.
Es triste ver que la consigna del
25 de abril portugués no era solo un recuerdo de aquel despertar de 1974, si no
un mantra que deberíamos repetir constantemente en las escuelas, en nuestros hogares,
en los espacios públicos y privados: racismo nunca más, intolerancia nunca más,
crímenes de odio nunca más, torturas nunca más, exterminio nunca más,
discriminación nunca más, supremacía racial nunca más. Porque vemos que después
de algunas décadas, volvemos a lo mismo; 100 años no son nada, y creo que el
tiempo es cíclico. Ya sabemos lo que viene.
Montserrat Arre M.
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