La Representación de lo Real
Por M.N.A.M., Abril 2008.
El mundo de la historia, así como de la transmisión de conocimiento en general, que es, además, implicancia de la historiografía (aventurándonos en la idea de que todo es historiable), ha transmitido su saber a través de la palabra escrita, tradicionalmente. Chartier nos refiere a esta esfera de la transmisión del conocimiento para iniciar su revisión en su libro El Mundo como Representación. Qué se escribe y qué se lee, son dos preguntas primordiales, de varias, para abordar el tema de las representaciones a través del tiempo.
La lectura, y con ello la escritura, durante siglos relegada a unos poco iniciados, esparció su influencia por mayores espectros, más allá de los pocos letrados, abarcando a un número de personas poco a poco más crecientes, a medida que el mundo moderno transformaba la Europa medieval, o tal vez decir, a medida que el medioevo quedaba atrás, dando entrada al mundo moderno.
La lectura, como decía, es fundamental en la historia (la historiografía), puesto que no es tan sólo qué dicen los escritos, sino que junto con esto, hay variadas posibilidades de análisis del texto escrito, iniciándose con la premisa: todo texto nos da un trozo de un gran rompecabezas que podríamos decir o llamar “sistema cultural”, caracterizado por una “mentalidad” particular. Qué se escribe, por qué se escribe, quién escribe, quién lee, qué difusión tienen los escritos, se lee en privado o a viva voz, cuál es el contexto de surgimiento del texto. Así, volvemos en torno a lo que al inicio del curso nos planteábamos. No son las fuentes en sí las que nos posibilitan las mayores alternativas de análisis, sino las preguntas que nos planteamos en torno a esas fuentes. Así quedamos con la idea de que, entonces, las imágenes mentales o pensamientos que nos formamos sobre una época o cultura determinada, se reproducen en tanto representación de lo real, real de la fuente, real del pasado, sin embargo no es en torno a la materialidad “real” con la que se trabaja, sino con una versión filtrada de ella: a saber, esa realidad que ya no existe, esa muerte revivida de los textos, eso que pasó, ya no está pasando y que reconstruimos para volverla a realizar, a reactivar, representar, actualizar, en lo que llamamos historiografía ¿con qué objeto?¿con qué sentido?¿por medio de qué prácticas?¿para qué?
En la intelectualidad moderna, o posmoderna, si se quiere, han surgido los que han criticado, e ido más allá en los planteamientos sobre las metodologías y perspectivas en el tratamiento de la historia.
Para las mentalidades, la noción de colectivo y de visión de mundo, son conceptos esenciales a la hora de establecer nociones operativas desde donde iniciar una investigación. Esta conceptualización, de la mano con las preguntas que nos plantearemos sobre las fuentes escogidas, nos irán configurando la interpretación y el uso mismo de las fuente, entonces ¿acaso estamos dando cuenta de la historia? ¿Acaso la historia es o en verdad la historia significa.?
Dentro de las controversias surgidas en los estudios de las mentalidades, el cuestionamiento a las parejas de oposiciones clásicas es uno de los más interesantes. Las idas ordenadas de acuerdo a principios de oposición que dan luz sobre el funcionamiento del mundo, y nos explican nuestra realidad de manera tremendamente operativa, han tendido a estar en la mira. Chartier menciona tres parejas, a saber: culto / popular, producción / consumo (creación / recepción) y realidad / ficción.
Si hiciéramos el ejercicio de en verdad comparar estos conceptos con ejemplos, tal como nos lo expone Chartier, pareciera que, ciertamente, se relativizan estas nociones, y las vemos más cercanos que opuestos. Como nos dice Roger Chartier: hay que poner atención hacia “una reevaluación crítica de las distinciones tenidas como evidentes y que de hecho son aquellas que hay que cuestionar”[1].
Pareciera ser que en mentalidades el principio básico es la duda ante todo, o el cuestionamiento. Cuestionarse desde las fuentes hasta los principios, de modo que tal vez no se puedan conseguir certidumbres, sino tan sólo avances. El escenario se vislumbra como si antes hubiese sido posible llegar a la verdad mediante principios inalterables en los que se basaba la existencia desde siempre, pero hoy el mundo de la investigación historiográfica se constituye desde la base de dos ejes primordiales: la variabilidad de la temporalidad y de la acción humana total en sí, bajo el prisma de la representación.
Dentro de las oposiciones, producción / consumo es esencial para integrarnos al estudio de las mentalidades. Producción, asociado con invención, creación, libertad y conciencia, se opone al consumo, a la recepción, la pasividad, la dependencia y la alienación.
En este sentido, los que producen los textos, estarían dando de antemano las pautas de la lectura, es decir escribiendo a su vez el camino al lector-consumidor, al receptor de la información, así como un político construye su discurso, o un vendedor promociona su producto. Sin embargo, he aquí la duda, ¿acaso el receptor cae sin más bajo el influjo de la producción, de la creación, de la invención? o ¿el “receptor” engendra en sí el germen de la interpretación, produciendo así mismo cambios de actitud? ¿No es acaso cierto que los textos o imágenes no tienen significaciones dadas, sino que el análisis, en base a categorías de pensamiento que poseen historicidad, y por lo tanto varían en la generación de actitudes-respuestas? “Anular la ruptura entre producir y consumir es afirmar que la obra no adquiere sentido más que a través de las estrategias de interpretación que construyen sus deficientes significados”[2].
Durante la construcción de una investigación historiográfica, se van haciendo presentes ideas impuestas a priori, personales, heredadas, institucionales, que podrían ser ratificadas, recepcionadas y aceptadas, o que pueden dar pie al cuestionamiento. Que surja la herencia conceptual o ideológica, o si se quiere, la mentalidad, tanto en la investigación en sí, o en el investigador, da cuenta que el historiador no está ajeno a la historicidad, sino que está inmerso en una realidad simbólica dada, y que la interpretación “textual” de la lectura que haga de un texto, recaerá de una u otra manera en su escala de valores en base a la experiencia social y personal desde donde venga el investigador. En suma, lo que uno ve en los documentos podría ser, en primera instancia, motivaciones personales semiinconscientes, que van decantando con el tiempo y se van concientizando y actualizando mediante la puesta en práctica de la reflexión en torno al conocimiento.
Leer, en Chartier, se transformará, entonces, no tan sólo en el acto de pasar los ojos por líneas de símbolos convencionalmente aceptados como letras que significan algo, sino que leer es restituir, reconstruir de retazos, qué son esas letras, qué son esos símbolos, que inevitablemente no poseen más significado que el lector les asigna. Ciertamente ese significado asignado no es dependiente de la voluntad pura del lector, sino que esta cruzado por un sin fin de sistemas establecidos previamente en la psiquis, pero es una interpretación al fin. Dos personas puede leer exactamente lo mismo, pero nunca será exactamente lo mismo. Todo cambia de una persona a otra y de una condición a otra en las lecturas que emprendemos. Ya sea lecturas de lo cotidiano, lecturas de las imágenes que llegan a mi, o lectura de textos convencionalmente llamados textos escritos.
No hay una linealidad o unilateralidad a la hora de representar lo que se lee. El grado y tipo de significado que le entreguemos a un texto, de la clase que sea, es, así, una cosa personal, pero más interesante aun, un fenómeno que puede ser rastreado desde lo colectivo, y es por eso, que puede ser utilizado por la historia de las mentalidades. De aquí surge la idea de intertextualidad, de que nunca el texto tiene una relación transparente con la realidad que plasma. Las cosas no son, sino que se hacen, se representan e interpretan, se construyen y materializan.
La realidad está, ciertamente ahí, desde el momento en que mi cuerpo se mueve, y se que existo. Sin embargo la realidad es más inasible de lo que parece, hasta el punto de ser totalmente distinta para unos y para otros a lo ancho del planeta y a lo largo de la historia.
La significación cultural signando la representación que nos hacemos de un tiempo y un espacio particulares, es conceptualmente, y metodológicamente hablando, primordial a la hora de cuestionarnos, o preguntarnos en torno a una fuente sobre la realidad. Y las preguntas que surjan del análisis de fuentes, querámoslo o no, se entrecruzan siempre con una percepción particular y colectiva, marcada por la herencia inevitable del historiador.
[1] Roger Chartier, El Mundo como Representación. Estudios sobre historia cultural, Gedisa Editorial, Barcelona, 2005, p. 33.
[2] Ibid., p. 37.
Por M.N.A.M., Abril 2008.
El mundo de la historia, así como de la transmisión de conocimiento en general, que es, además, implicancia de la historiografía (aventurándonos en la idea de que todo es historiable), ha transmitido su saber a través de la palabra escrita, tradicionalmente. Chartier nos refiere a esta esfera de la transmisión del conocimiento para iniciar su revisión en su libro El Mundo como Representación. Qué se escribe y qué se lee, son dos preguntas primordiales, de varias, para abordar el tema de las representaciones a través del tiempo.

La lectura, y con ello la escritura, durante siglos relegada a unos poco iniciados, esparció su influencia por mayores espectros, más allá de los pocos letrados, abarcando a un número de personas poco a poco más crecientes, a medida que el mundo moderno transformaba la Europa medieval, o tal vez decir, a medida que el medioevo quedaba atrás, dando entrada al mundo moderno.
La lectura, como decía, es fundamental en la historia (la historiografía), puesto que no es tan sólo qué dicen los escritos, sino que junto con esto, hay variadas posibilidades de análisis del texto escrito, iniciándose con la premisa: todo texto nos da un trozo de un gran rompecabezas que podríamos decir o llamar “sistema cultural”, caracterizado por una “mentalidad” particular. Qué se escribe, por qué se escribe, quién escribe, quién lee, qué difusión tienen los escritos, se lee en privado o a viva voz, cuál es el contexto de surgimiento del texto. Así, volvemos en torno a lo que al inicio del curso nos planteábamos. No son las fuentes en sí las que nos posibilitan las mayores alternativas de análisis, sino las preguntas que nos planteamos en torno a esas fuentes. Así quedamos con la idea de que, entonces, las imágenes mentales o pensamientos que nos formamos sobre una época o cultura determinada, se reproducen en tanto representación de lo real, real de la fuente, real del pasado, sin embargo no es en torno a la materialidad “real” con la que se trabaja, sino con una versión filtrada de ella: a saber, esa realidad que ya no existe, esa muerte revivida de los textos, eso que pasó, ya no está pasando y que reconstruimos para volverla a realizar, a reactivar, representar, actualizar, en lo que llamamos historiografía ¿con qué objeto?¿con qué sentido?¿por medio de qué prácticas?¿para qué?

En la intelectualidad moderna, o posmoderna, si se quiere, han surgido los que han criticado, e ido más allá en los planteamientos sobre las metodologías y perspectivas en el tratamiento de la historia.
Para las mentalidades, la noción de colectivo y de visión de mundo, son conceptos esenciales a la hora de establecer nociones operativas desde donde iniciar una investigación. Esta conceptualización, de la mano con las preguntas que nos plantearemos sobre las fuentes escogidas, nos irán configurando la interpretación y el uso mismo de las fuente, entonces ¿acaso estamos dando cuenta de la historia? ¿Acaso la historia es o en verdad la historia significa.?
Dentro de las controversias surgidas en los estudios de las mentalidades, el cuestionamiento a las parejas de oposiciones clásicas es uno de los más interesantes. Las idas ordenadas de acuerdo a principios de oposición que dan luz sobre el funcionamiento del mundo, y nos explican nuestra realidad de manera tremendamente operativa, han tendido a estar en la mira. Chartier menciona tres parejas, a saber: culto / popular, producción / consumo (creación / recepción) y realidad / ficción.
Si hiciéramos el ejercicio de en verdad comparar estos conceptos con ejemplos, tal como nos lo expone Chartier, pareciera que, ciertamente, se relativizan estas nociones, y las vemos más cercanos que opuestos. Como nos dice Roger Chartier: hay que poner atención hacia “una reevaluación crítica de las distinciones tenidas como evidentes y que de hecho son aquellas que hay que cuestionar”[1].
Pareciera ser que en mentalidades el principio básico es la duda ante todo, o el cuestionamiento. Cuestionarse desde las fuentes hasta los principios, de modo que tal vez no se puedan conseguir certidumbres, sino tan sólo avances. El escenario se vislumbra como si antes hubiese sido posible llegar a la verdad mediante principios inalterables en los que se basaba la existencia desde siempre, pero hoy el mundo de la investigación historiográfica se constituye desde la base de dos ejes primordiales: la variabilidad de la temporalidad y de la acción humana total en sí, bajo el prisma de la representación.
Dentro de las oposiciones, producción / consumo es esencial para integrarnos al estudio de las mentalidades. Producción, asociado con invención, creación, libertad y conciencia, se opone al consumo, a la recepción, la pasividad, la dependencia y la alienación.
En este sentido, los que producen los textos, estarían dando de antemano las pautas de la lectura, es decir escribiendo a su vez el camino al lector-consumidor, al receptor de la información, así como un político construye su discurso, o un vendedor promociona su producto. Sin embargo, he aquí la duda, ¿acaso el receptor cae sin más bajo el influjo de la producción, de la creación, de la invención? o ¿el “receptor” engendra en sí el germen de la interpretación, produciendo así mismo cambios de actitud? ¿No es acaso cierto que los textos o imágenes no tienen significaciones dadas, sino que el análisis, en base a categorías de pensamiento que poseen historicidad, y por lo tanto varían en la generación de actitudes-respuestas? “Anular la ruptura entre producir y consumir es afirmar que la obra no adquiere sentido más que a través de las estrategias de interpretación que construyen sus deficientes significados”[2].
Durante la construcción de una investigación historiográfica, se van haciendo presentes ideas impuestas a priori, personales, heredadas, institucionales, que podrían ser ratificadas, recepcionadas y aceptadas, o que pueden dar pie al cuestionamiento. Que surja la herencia conceptual o ideológica, o si se quiere, la mentalidad, tanto en la investigación en sí, o en el investigador, da cuenta que el historiador no está ajeno a la historicidad, sino que está inmerso en una realidad simbólica dada, y que la interpretación “textual” de la lectura que haga de un texto, recaerá de una u otra manera en su escala de valores en base a la experiencia social y personal desde donde venga el investigador. En suma, lo que uno ve en los documentos podría ser, en primera instancia, motivaciones personales semiinconscientes, que van decantando con el tiempo y se van concientizando y actualizando mediante la puesta en práctica de la reflexión en torno al conocimiento.
Leer, en Chartier, se transformará, entonces, no tan sólo en el acto de pasar los ojos por líneas de símbolos convencionalmente aceptados como letras que significan algo, sino que leer es restituir, reconstruir de retazos, qué son esas letras, qué son esos símbolos, que inevitablemente no poseen más significado que el lector les asigna. Ciertamente ese significado asignado no es dependiente de la voluntad pura del lector, sino que esta cruzado por un sin fin de sistemas establecidos previamente en la psiquis, pero es una interpretación al fin. Dos personas puede leer exactamente lo mismo, pero nunca será exactamente lo mismo. Todo cambia de una persona a otra y de una condición a otra en las lecturas que emprendemos. Ya sea lecturas de lo cotidiano, lecturas de las imágenes que llegan a mi, o lectura de textos convencionalmente llamados textos escritos.
No hay una linealidad o unilateralidad a la hora de representar lo que se lee. El grado y tipo de significado que le entreguemos a un texto, de la clase que sea, es, así, una cosa personal, pero más interesante aun, un fenómeno que puede ser rastreado desde lo colectivo, y es por eso, que puede ser utilizado por la historia de las mentalidades. De aquí surge la idea de intertextualidad, de que nunca el texto tiene una relación transparente con la realidad que plasma. Las cosas no son, sino que se hacen, se representan e interpretan, se construyen y materializan.
La realidad está, ciertamente ahí, desde el momento en que mi cuerpo se mueve, y se que existo. Sin embargo la realidad es más inasible de lo que parece, hasta el punto de ser totalmente distinta para unos y para otros a lo ancho del planeta y a lo largo de la historia.
La significación cultural signando la representación que nos hacemos de un tiempo y un espacio particulares, es conceptualmente, y metodológicamente hablando, primordial a la hora de cuestionarnos, o preguntarnos en torno a una fuente sobre la realidad. Y las preguntas que surjan del análisis de fuentes, querámoslo o no, se entrecruzan siempre con una percepción particular y colectiva, marcada por la herencia inevitable del historiador.
[1] Roger Chartier, El Mundo como Representación. Estudios sobre historia cultural, Gedisa Editorial, Barcelona, 2005, p. 33.
[2] Ibid., p. 37.
1 comentario:
Mmmmm si....muy interesante.
Muchas veces me he preguntado si las fuentes en verdad pueden reflejar la realidad en su totalidad, y la verdad es que creo que no, ya que la realidad es algo que se experimenta mas que algo sobre lo cual se teoriza...
Lo que si discrepo es que la realidad es una, inalterable e inmutable, muy objetiva, pero que puede ser percibida en distintas formas segun las individualidades. Creo que es un asunto de percepcion mas que otra cosa, como decia Buda en una fabula, si cinco hombres ciegos tocan a un elefante y luego les preguntas que es un elefante, el que toco la cola dira que es como una cola, el que toco la trompa dira que es como una trompa, y asi sucesivamente...Pero el elefante sigue siendo elefante, eso solo que los individuos son muy pequeños como para captarlo en su totalidad, en su realidad.
Oye me gusto como escribes....te felicito...
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