jueves, 6 de octubre de 2016

La Venus Hotentote y el Negro de Banyolés

África y la historia  de Luis César Bou

El científico francés Cuvier tuvo oportunidad de conocer a una mujer africana, trasladada a parís como curiosidad y objeto de estudio. Se trató de la famosa “venus hotentote”. “Hotentotes” es el nombre que los colonizadores holandeses de África del sur dieron al los indígenas del grupo joi-joi. El carácter dulce y pacífico de los joi-joi (o khoi-khoi) los llevó a recibir amigablemente a los boers (campesinos) instalados, en el siglo XVII, en la colonia del Cabo, por la Compañía de Indias Orientales holandesa.

Rápidamente, las tierras fueron apropiadas por los blancos, y los joi-joi sometidos a esclavitud y servidumbre, cuando no lisa y llanamente exterminados. La “venus hotentote” era una infeliz mujer joi-joi llevada por uno de sus amos desde la entonces colonia del Cabo a Europa, para ser exhibida como curiosidad. A Londres llegó en 1810, y recorrió Inglaterra como objeto de un espectáculo que terminó en el escándalo: se la mostraba semidesnuda y, por un pago extra, se permitía que los espectadores tocaran sus nalgas prominentes, producto de la esteatopigia, como si esta característica de las mujeres joi-joi no existiera en muchas mujeres europeas. Finalmente, una sociedad benéfica solicitó la prohibición del espectáculo y la pobre africana fue llevada ante los tribunales. Luego de que este inconveniente provocara el fin del negocio en Inglaterra, fue trasladada a París, donde un domador de fieras la exhibió durante quince meses. En ese tiempo, además de satisfacer la curiosidad pública, fue objeto de estudio por parte de varios científicos franceses, entre ellos Cuvier, quien la describió como una mujer inteligente, de excelente memoria y que hablaba fluidamente el holandés.

Pero quizá lo más significativo se produjo después de la muerte de la “venus hotentote”. Falleció en 1815, de algo que se describió como una “enfermedad inflamatoria”. La comunidad científica parisina se reunió para realizar su autopsia, luego de que Cuvier realizara un vaciado en yeso de su cuerpo. Los resultados de la autopsia fueron publicados también por Cuvier. Y desde entonces hasta 1974, su esqueleto, su cerebro y sus genitales estuvieron en exposición en el museo del hombre de París. Sus genitales, sobre todo, fueron durante ese tiempo objeto de gran curiosidad, por poseer lo que se denominaba sinus pudoris o también “cortina de vergüenza”, en realidad una elongación de los labios menores de la vagina, propia según algunos de las mujeres joi-joi (Gould, 1985).

Una caricatura contemporánea de
Saartjie Baartman
la sensación europea

Sobre la base de estos estudios “científicos” de la venus hotentote, un etnólogo norteamericano, Josiah Clark Nott, llegó a la conclusión de que los hotentotes, junto con los bosquimanos, eran:

“...los especímenes más bajos y más bestiales de la humanidad” (Nott, 1855)

 ¿Habrán cometido los hotentotes alguna vez la bestialidad y la bajeza de convertir a un ser humano en objeto de exhibición? Lo dudo, pero Nott, primer traductor de la obra de Gobineau al inglés, no podía calificarlos de otra manera.

Los restos de la “venus hotentote” retornaron a Sudáfrica en el año 2002, luego de insistentes reclamos iniciados por el gobierno de Mandela y un largo debate, que llegó a la asamblea nacional de Francia. Diana Ferrus, una poetisa sudafricana de ascendencia joi-joi, le dedicó un poema que, entre otras cosas, dice:

he venido a sacarte de esta miseria
a llevarte lejos de los ojos curiosos
del monstruo fabricado por el hombre
que vive en las tinieblas
con sus garras de imperialismo
que diseccionó tu cuerpo parte por parte
que asoció tu alma a la de satán
y se declaró él mismo el dios absoluto. (Ferrus, 2000)


Por cierto que, con ser significativo, el caso de la “venus hotentote” no fue el único. Al menos sus restos fueron a parar a un museo antropológico. La mayoría de los otros “ejemplares” conocidos debieron convivir con piezas de fauna y flora silvestre. A lo largo del siglo XIX, muchos museos de historia natural, europeos y americanos, incorporaron a sus colecciones ejemplares de distintos tipos raciales, excepto blancos por supuesto.

El último caso en dar cierta polémica fue el “negro de Banyolés”, en España. Podemos detenernos en este caso paradigmático.

En torno a 1825, dos hermanos franceses, Edouard y Jules Verreaux, realizaron varios viajes al África del sur con el fin de reunir una colección de animales africanos. Los Verreaux eran una mezcla de naturalistas, aventureros y comerciantes, pero su profesión principal era la taxidermia. En esa época, antes del desarrollo de la fotografía, la única forma de acercar la fauna salvaje a ojos europeos era mediante los zoológicos, que requerían un costo de mantenimiento importantísimo, o mediante los “museos naturales”, mucho más económicos, donde se exhibían los animales embalsamados.

Los Verreaux tenían su propio museo, la “maison Verreaux”, en el cual llegaron a reunir una colección muy importante. Allí tenían jirafas, rinocerontes, monos ¿cómo iba a faltar un negro?

No se sabe bien cómo, en uno de sus últimos viajes, los Verreaux obtuvieron el cadáver de un africano, al que sometieron al procedimiento de taxidermia habitual. Trasladado a parís, el nuevo ejemplar quedó expuesto en una vitrina, con una lanza en una mano y con el característico escudo en forma de mariposa en la otra.

El tiempo pasó y, luego de la muerte de sus fundadores, la “maison Verreaux” conoció la decadencia. Tan es así que la viuda de Edouard vendió buena parte de la colección. Uno de los compradores fue un veterinario catalán, antiguo director del zoológico de Barcelona, de apellido Darder. Varios años más tarde, en 1916, Darder fundó su propio museo en Banyoles (Girona). En ese sitio instaló la colección que fue reuniendo a lo largo de su vida, incluyendo los ejemplares que comprara la viuda de Verreaux. Allí fue a parar el africano sustraído por los hermanos naturalistas-taxidermistas. Y allí quedó expuesto en su vitrina hasta que, en 1991, alguien descubrió que se trataba de un ser humano. El que lo hizo fue un negro, el médico haitiano Alphonse Arcelin, que visitó casualmente el museo Darder. Según un periodista que relató la historia:

“entonces llegó Alphonse Arcelin y lo miró por primera vez como ninguna otra persona lo había visto: con piedad y con el profundo horror que deriva del reconocimiento” (Antón, 2000).

Es notable como, aún hoy, el periodista parte del supuesto de que sólo un negro podía reconocer a un negro embalsamado como ser humano. Lo cierto es que Arcelin armó un escándalo, y lo hizo en el momento más indicado: las vísperas de los juegos olímpicos de Barcelona. Convocó a que los países africanos no enviaran delegaciones si el “bechuana” (como se lo conocía en Banyoles) seguía estando en exposición. Banyoles era subsede olímpica, y el propio comité olímpico solicitó al ayuntamiento que el negro fuera retirado de la exposición. El ayuntamiento resistió el pedido, pero los juegos olímpicos eran un gran negocio y no era cuestión de arruinarlo con un escándalo. Finalmente, se retiró al negro con vitrina y todo.

Pasadas las olimpíadas la discusión continuó: el ayuntamiento y muchos ciudadanos de Banyoles se negaban a desprenderse de una “pieza” que consideraban parte de su patrimonio cultural. Pero Arcelin era terco y consiguió el apoyo diplomático de varios países africanos y de la propia Organización para la unidad africana, y también del secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annam. Como la cuestión estaba derivando en un escándalo que podía desprestigiar a la diplomacia española, el gobierno de Aznar decidió dar una salida expeditiva al problema: devolver el negro al áfrica.

Para ello hubo que realizar algunos trámites burocráticos muy peculiares, tales como el de descatalogar al negro como pieza de museo y reclasificarlo como “resto humano”, etc. finalmente, trasladarlo desde Banyoles en plena noche (para evitar cualquier escándalo), y embarcarlo en Madrid hacia Botswana, el país que aceptó reclamarlo como propio.

Quizá el “negro de Banyoles” haya tenido la particularidad de ser el último de estos casos de exhibición de un negro en un museo de historia natural.





No hay comentarios: