África y la
historia de Luis César Bou
El
científico francés Cuvier tuvo oportunidad de conocer a una mujer africana,
trasladada a parís como curiosidad y objeto de estudio. Se trató de la famosa
“venus hotentote”. “Hotentotes” es el nombre que los colonizadores holandeses
de África del sur dieron al los indígenas del grupo joi-joi. El carácter dulce
y pacífico de los joi-joi (o khoi-khoi) los llevó a recibir amigablemente a los
boers (campesinos) instalados, en el
siglo XVII, en la colonia del Cabo, por la Compañía de Indias Orientales
holandesa.
Rápidamente,
las tierras fueron apropiadas por los blancos, y los joi-joi sometidos a
esclavitud y servidumbre, cuando no lisa y llanamente exterminados. La “venus
hotentote” era una infeliz mujer joi-joi llevada por uno de sus amos desde la
entonces colonia del Cabo a Europa, para ser exhibida como curiosidad. A Londres
llegó en 1810, y recorrió Inglaterra como objeto de un espectáculo que terminó
en el escándalo: se la mostraba semidesnuda y, por un pago extra, se permitía
que los espectadores tocaran sus nalgas prominentes, producto de la esteatopigia, como si esta
característica de las mujeres joi-joi no existiera en muchas mujeres europeas.
Finalmente, una sociedad benéfica solicitó la prohibición del espectáculo y la
pobre africana fue llevada ante los tribunales. Luego de que este inconveniente
provocara el fin del negocio en Inglaterra, fue trasladada a París, donde un
domador de fieras la exhibió durante quince meses. En ese tiempo, además de
satisfacer la curiosidad pública, fue objeto de estudio por parte de varios
científicos franceses, entre ellos Cuvier, quien la describió como una mujer
inteligente, de excelente memoria y que hablaba fluidamente el holandés.
Pero
quizá lo más significativo se produjo después de la muerte de la “venus
hotentote”. Falleció en 1815, de algo que se describió como una “enfermedad
inflamatoria”. La comunidad científica parisina se reunió para realizar su
autopsia, luego de que Cuvier realizara un vaciado en yeso de su cuerpo. Los
resultados de la autopsia fueron publicados también por Cuvier. Y desde
entonces hasta 1974, su esqueleto, su cerebro y sus genitales estuvieron en
exposición en el museo del hombre de París. Sus genitales, sobre todo, fueron
durante ese tiempo objeto de gran curiosidad, por poseer lo que se denominaba sinus pudoris o también “cortina de
vergüenza”, en realidad una elongación de los labios menores de la vagina,
propia según algunos de las mujeres joi-joi (Gould, 1985).
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| Una caricatura contemporánea de Saartjie Baartman la sensación europea |
Sobre
la base de estos estudios “científicos” de la venus hotentote, un etnólogo
norteamericano, Josiah Clark Nott, llegó a la conclusión de que los hotentotes,
junto con los bosquimanos, eran:
“...los
especímenes más bajos y más bestiales de la humanidad” (Nott, 1855)
¿Habrán cometido los hotentotes alguna vez la
bestialidad y la bajeza de convertir a un ser humano en objeto de exhibición?
Lo dudo, pero Nott, primer traductor de la obra de Gobineau al inglés, no podía
calificarlos de otra manera.
Los
restos de la “venus hotentote” retornaron a Sudáfrica en el año 2002, luego de
insistentes reclamos iniciados por el gobierno de Mandela y un largo debate,
que llegó a la asamblea nacional de Francia. Diana Ferrus, una poetisa
sudafricana de ascendencia joi-joi, le dedicó un poema que, entre otras cosas,
dice:
he
venido a sacarte de esta miseria
a
llevarte lejos de los ojos curiosos
del
monstruo fabricado por el hombre
que
vive en las tinieblas
con
sus garras de imperialismo
que
diseccionó tu cuerpo parte por parte
que
asoció tu alma a la de satán
y
se declaró él mismo el dios absoluto. (Ferrus, 2000)
Por
cierto que, con ser significativo, el caso de la “venus hotentote” no fue el
único. Al menos sus restos fueron a parar a un museo antropológico. La mayoría
de los otros “ejemplares” conocidos debieron convivir con piezas de fauna y
flora silvestre. A lo largo del siglo XIX, muchos museos de historia natural,
europeos y americanos, incorporaron a sus colecciones ejemplares de distintos
tipos raciales, excepto blancos por supuesto.
El
último caso en dar cierta polémica fue el “negro de Banyolés”, en España. Podemos
detenernos en este caso paradigmático.
En
torno a 1825, dos hermanos franceses, Edouard y Jules Verreaux, realizaron
varios viajes al África del sur con el fin de reunir una colección de animales
africanos. Los Verreaux eran una mezcla de naturalistas, aventureros y
comerciantes, pero su profesión principal era la taxidermia. En esa época,
antes del desarrollo de la fotografía, la única forma de acercar la fauna
salvaje a ojos europeos era mediante los zoológicos, que requerían un costo de
mantenimiento importantísimo, o mediante los “museos naturales”, mucho más
económicos, donde se exhibían los animales embalsamados.
Los
Verreaux tenían su propio museo, la “maison Verreaux”, en el cual llegaron a
reunir una colección muy importante. Allí tenían jirafas, rinocerontes, monos
¿cómo iba a faltar un negro?
No
se sabe bien cómo, en uno de sus últimos viajes, los Verreaux obtuvieron el
cadáver de un africano, al que sometieron al procedimiento de taxidermia
habitual. Trasladado a parís, el nuevo ejemplar quedó expuesto en una vitrina,
con una lanza en una mano y con el característico escudo en forma de mariposa
en la otra.
El
tiempo pasó y, luego de la muerte de sus fundadores, la “maison Verreaux”
conoció la decadencia. Tan es así que la viuda de Edouard vendió buena parte de
la colección. Uno de los compradores fue un veterinario catalán, antiguo
director del zoológico de Barcelona, de apellido Darder. Varios años más tarde,
en 1916, Darder fundó su propio museo en Banyoles (Girona). En ese sitio
instaló la colección que fue reuniendo a lo largo de su vida, incluyendo los
ejemplares que comprara la viuda de Verreaux. Allí fue a parar el africano
sustraído por los hermanos naturalistas-taxidermistas. Y allí quedó expuesto en
su vitrina hasta que, en 1991, alguien descubrió que se trataba de un ser
humano. El que lo hizo fue un negro, el médico haitiano Alphonse Arcelin, que
visitó casualmente el museo Darder. Según un periodista que relató la historia:
“entonces
llegó Alphonse Arcelin y lo miró por primera vez como ninguna otra persona lo
había visto: con piedad y con el profundo horror que deriva del reconocimiento”
(Antón, 2000).
Es
notable como, aún hoy, el periodista parte del supuesto de que sólo un negro
podía reconocer a un negro embalsamado como ser humano. Lo cierto es que Arcelin
armó un escándalo, y lo hizo en el momento más indicado: las vísperas de los
juegos olímpicos de Barcelona. Convocó a que los países africanos no enviaran
delegaciones si el “bechuana” (como se lo conocía en Banyoles) seguía estando
en exposición. Banyoles era subsede olímpica, y el propio comité olímpico
solicitó al ayuntamiento que el negro fuera retirado de la exposición. El
ayuntamiento resistió el pedido, pero los juegos olímpicos eran un gran negocio
y no era cuestión de arruinarlo con un escándalo. Finalmente, se retiró al
negro con vitrina y todo.
Pasadas
las olimpíadas la discusión continuó: el ayuntamiento y muchos ciudadanos de Banyoles
se negaban a desprenderse de una “pieza” que consideraban parte de su
patrimonio cultural. Pero Arcelin era terco y consiguió el apoyo diplomático de
varios países africanos y de la propia Organización para la unidad africana, y
también del secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annam. Como la
cuestión estaba derivando en un escándalo que podía desprestigiar a la diplomacia
española, el gobierno de Aznar decidió dar una salida expeditiva al problema:
devolver el negro al áfrica.
Para
ello hubo que realizar algunos trámites burocráticos muy peculiares, tales como
el de descatalogar al negro como pieza de museo y reclasificarlo como “resto
humano”, etc. finalmente, trasladarlo desde Banyoles en plena noche (para
evitar cualquier escándalo), y embarcarlo en Madrid hacia Botswana, el país que
aceptó reclamarlo como propio.
Quizá
el “negro de Banyoles” haya tenido la particularidad de ser el último de estos
casos de exhibición de un negro en un museo de historia natural.

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