IMPRESIONES PARLAMENTARIAS
(Por Azorín,
España, Madrid, 04/03/1904)
Yo ya no sé nada. ¿De qué queréis que os
hable? Yo ya no sé nada. Yo he escrito algunos pequeños libros de erudición, y
hoy me veo sumamente apretado cuando he de recordar algo de nuestra historia. Ya
he tramado algunas estimables novelas, y al presente siento mi espíritu
angustiado si intento imaginar una ligera fábula. Yo he farfullado brillantes
crónicas, y llego ya a sentir remisa y anodina la pluma. Ya no sé nada. En la
Biblioteca Nacional yo me pasaba horas y horas revolviendo libros, registrando
esas cajas misteriosas que hay en la Sección
de Varios, llenando anchas hojas de menudas notas: ya no voy a la
Biblioteca Nacional. Las librerías tenían en mí un cliente asiduo, que compraba
todos los volúmenes nuevos, que encargaba otros a París y a Italia: hoy, cuando
por casualidad entro en la librería, acaso cojo un libro; pero le doy una
vuelta lentamente, contemplo el lomo y lo vuelvo a dejar en donde estaba. Los bibliotecarios
del Ateneo -estos buenos hombres- llegaron a tomarme cierta ojeriza porque yo
les traía como zarandillos de una parte a otra, reclamándoles tales o cuales
obras: hoy –ya lo he dicho- paso distraído por la biblioteca del Ateneo, y
estos buenos hombres –los bibliotecarios- me observan casi con cierta vaga
tristeza, como miramos al bebedor empedernido que ya no bebe y cuyo acabamiento
próximo presentimos…
Escribo estas palabras sencillamente; esto es
una confesión sincera. Si yo no la hiciera, vosotros adivinaríais de todos
modos estas intimidades de mi espíritu. Lo digo con toda la efusión de mi alma:
yo soy un pobre hombre; yo no sé nada; en mi cerebro no hay ni un remoto rasgo de
una idea; artículos, no puedo escribirlos; libros, no puedo hacerlos; la
suerte, próspera o adversa, holgada o angustiosa, de mis conciudadanos, me deja
impasible; la situación de España, su bienestar o su desquiciamiento, no mueve
en mí ningún sentimiento hondo o somero… ¿Qué queréis que haga? “Este hombre
fracasado en plena juventud –diréis vosotros-, este hombre que no puede ser ni
literato, ni filósofo, ni sociólogo, ni comerciante, ni industrial, ni
agricultor, debe de sentir una desesperación íntima, profunda”. Y yo os
contestaré: “No estoy desesperado, no estoy triste, no estoy perplejo ante mi
porvenir incierto. Es verdad; no puedo ser nada; soy un ser desdichado que ya
no tiene idea de lo que le rodea ni siente curiosidad oír la vida de sus
conciudadanos. Y bien, amigos míos, ¡seré
político!”.
Y esta sencilla respuesta será toda
cordialidad y toda verdad. ¿Por qué voy yo todas las tardes al congreso? Hay
algo aquí que me previene e inmuniza contra la tristeza íntima que mi fracaso aportara
a mi espíritu. Estos hombres son simples, sencillos, ingenuos; no tienen ideas,
no abren libros, no se interesan por el espectáculo del mundo y de la vida; no
observan, no estudian… Y, sin embargo, son respetados y aplaudidos por sus
compatriotas, y viven felices y contentos. ¿Por qué no he de ser yo también un
hombre feliz? La paz y el contentamiento de estos hombres me atrae; este es el
secreto por qué yo busco compañía, y por qué, entre todos ellos, mis
predilecciones van a los individuos de la minoría republicana. ¿Hay razones
ocultas e incontestables para que yo no llegue a ser modesto diputado
republicano? Mi suspirado ideal es sentarme a los escaños de izquierda, entre el
Sr. Muro, respetable, y el Sr. Marenco, no menos respetable; ¿por qué no se ha
de realizar mi ensueño? Yo llevaré –si es menester- unas botas rojas, llenas de
polvo, como el Sr. Junoy; yo buscaré –si se me exige- al sastre más arcaico y
vetusto de Madrid, para que me cosa un chaquet ribeteado con galón de seda,
como el del Sr. Ortega; yo me esforzaré en no pasar por la peluquería sino una
vez cada semana, como el Sr. Lletget; yo intentaré –aunque tenga que vencer
íntimas repulsiones- escupir, y tornar a escupir sobre la alfombra, como el Sr.
Llano y Persi… Yo soy dócil a todos: ¿qué más se me puede exigir? Y esta actual
disposición de mi espíritu –remiso a todo trabajo mental- es una garantía de
mis aptitudes parlamentarias… En estos mismos días, una Cámara de Comercio –la de
Oviedo- a dirigido a sus similares de toda España una circular invitándolas a
inaugurar una acción común “contra el avance de la chismografía parlamentaria”.
¿Dónde está esa odiada chismografía? ¿Qué entienden por tal cosa los iracundos
reformadores asturianos?
Ayer tarde, antes del inevitable escándalo
cuotidiano, el señor marqués de Taverga daba una respuesta solemne a los
propósitos de la Cámara de Oviedo. El Sr. Maura intenta hacer de los Ayuntamientos
organismos puramente administrativos. El señor marqués de Taverga se siente
indignado ante tales Proyectos. “Se intenta apartar la administración de la
política –decía en la sesión de ayer el señor marqués, exasperado. –Señores diputados,
¿esto es posible?” “Dejémonos –añadía- de cosas totalmente imposibles; la
política viene con nosotros, convive con nosotros, nos acompaña a todas partes.
¿Cómo podremos separarla de nuestro lado?”.
No, no la separemos; seamos todos políticos y
todo lo más políticos que podamos, es decir, no pensemos en nada. Yo presentaré
también –como el Sr. Junoy, o como el Sr. Lacierva, o como el Sr. Sánchez
Guerra- mi candidatura en las próximas elecciones… Y podrá suceder que un día –quizás
no muy lejano-, cansados de tanta zalagarda y de tantas triquiñuelas, este
albañil que vemos pasar todas las mañanas, o todas las noches; y este
carpintero, que labra la madera; y este herrero, que golpea el hierro sobre el
yunque; y este minero, que arranca el mineral de la honda mina; y este
maquinista, que mira a todas horas el regulador de su máquina; y este
tipógrafo, que compone mi artículo; y este labriego, que abre con su azadón la
tierra; podrá suceder que todos estos hombres ingenuos digan un día: “¡Ya no
hay más políticos, ni liberales, ni conservadores, ni republicanos de extrema
izquierda, ni republicanos de extrema derecha!”. Pero, ¡qué le vamos a hacer!
Todo tiene sus quiebras naturales, y entre tanto, seamos políticos; es decir,
no pensemos en nada…
(Azorín, Los
pueblos. La Andalucía trágica y otros artículos (1904-1905), Edición de
José María Valverde, Clásicos Castalia, Madrid, 1987, pp. 57-60)

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