sábado, 20 de agosto de 2016

IMPRESIONES PARLAMENTARIAS

IMPRESIONES PARLAMENTARIAS
(Por Azorín, España, Madrid, 04/03/1904)



Yo ya no sé nada. ¿De qué queréis que os hable? Yo ya no sé nada. Yo he escrito algunos pequeños libros de erudición, y hoy me veo sumamente apretado cuando he de recordar algo de nuestra historia. Ya he tramado algunas estimables novelas, y al presente siento mi espíritu angustiado si intento imaginar una ligera fábula. Yo he farfullado brillantes crónicas, y llego ya a sentir remisa y anodina la pluma. Ya no sé nada. En la Biblioteca Nacional yo me pasaba horas y horas revolviendo libros, registrando esas cajas misteriosas que hay en la Sección de Varios, llenando anchas hojas de menudas notas: ya no voy a la Biblioteca Nacional. Las librerías tenían en mí un cliente asiduo, que compraba todos los volúmenes nuevos, que encargaba otros a París y a Italia: hoy, cuando por casualidad entro en la librería, acaso cojo un libro; pero le doy una vuelta lentamente, contemplo el lomo y lo vuelvo a dejar en donde estaba. Los bibliotecarios del Ateneo -estos buenos hombres- llegaron a tomarme cierta ojeriza porque yo les traía como zarandillos de una parte a otra, reclamándoles tales o cuales obras: hoy –ya lo he dicho- paso distraído por la biblioteca del Ateneo, y estos buenos hombres –los bibliotecarios- me observan casi con cierta vaga tristeza, como miramos al bebedor empedernido que ya no bebe y cuyo acabamiento próximo presentimos…
Escribo estas palabras sencillamente; esto es una confesión sincera. Si yo no la hiciera, vosotros adivinaríais de todos modos estas intimidades de mi espíritu. Lo digo con toda la efusión de mi alma: yo soy un pobre hombre; yo no sé nada; en mi cerebro no hay ni un remoto rasgo de una idea; artículos, no puedo escribirlos; libros, no puedo hacerlos; la suerte, próspera o adversa, holgada o angustiosa, de mis conciudadanos, me deja impasible; la situación de España, su bienestar o su desquiciamiento, no mueve en mí ningún sentimiento hondo o somero… ¿Qué queréis que haga? “Este hombre fracasado en plena juventud –diréis vosotros-, este hombre que no puede ser ni literato, ni filósofo, ni sociólogo, ni comerciante, ni industrial, ni agricultor, debe de sentir una desesperación íntima, profunda”. Y yo os contestaré: “No estoy desesperado, no estoy triste, no estoy perplejo ante mi porvenir incierto. Es verdad; no puedo ser nada; soy un ser desdichado que ya no tiene idea de lo que le rodea ni siente curiosidad oír la vida de sus conciudadanos. Y bien, amigos míos, ¡seré político!”.
Y esta sencilla respuesta será toda cordialidad y toda verdad. ¿Por qué voy yo todas las tardes al congreso? Hay algo aquí que me previene e inmuniza contra la tristeza íntima que mi fracaso aportara a mi espíritu. Estos hombres son simples, sencillos, ingenuos; no tienen ideas, no abren libros, no se interesan por el espectáculo del mundo y de la vida; no observan, no estudian… Y, sin embargo, son respetados y aplaudidos por sus compatriotas, y viven felices y contentos. ¿Por qué no he de ser yo también un hombre feliz? La paz y el contentamiento de estos hombres me atrae; este es el secreto por qué yo busco compañía, y por qué, entre todos ellos, mis predilecciones van a los individuos de la minoría republicana. ¿Hay razones ocultas e incontestables para que yo no llegue a ser modesto diputado republicano? Mi suspirado ideal es sentarme a los escaños de izquierda, entre el Sr. Muro, respetable, y el Sr. Marenco, no menos respetable; ¿por qué no se ha de realizar mi ensueño? Yo llevaré –si es menester- unas botas rojas, llenas de polvo, como el Sr. Junoy; yo buscaré –si se me exige- al sastre más arcaico y vetusto de Madrid, para que me cosa un chaquet ribeteado con galón de seda, como el del Sr. Ortega; yo me esforzaré en no pasar por la peluquería sino una vez cada semana, como el Sr. Lletget; yo intentaré –aunque tenga que vencer íntimas repulsiones- escupir, y tornar a escupir sobre la alfombra, como el Sr. Llano y Persi… Yo soy dócil a todos: ¿qué más se me puede exigir? Y esta actual disposición de mi espíritu –remiso a todo trabajo mental- es una garantía de mis aptitudes parlamentarias… En estos mismos días, una Cámara de Comercio –la de Oviedo- a dirigido a sus similares de toda España una circular invitándolas a inaugurar una acción común “contra el avance de la chismografía parlamentaria”. ¿Dónde está esa odiada chismografía? ¿Qué entienden por tal cosa los iracundos reformadores asturianos?
Ayer tarde, antes del inevitable escándalo cuotidiano, el señor marqués de Taverga daba una respuesta solemne a los propósitos de la Cámara de Oviedo. El Sr. Maura intenta hacer de los Ayuntamientos organismos puramente administrativos. El señor marqués de Taverga se siente indignado ante tales Proyectos. “Se intenta apartar la administración de la política –decía en la sesión de ayer el señor marqués, exasperado. –Señores diputados, ¿esto es posible?” “Dejémonos –añadía- de cosas totalmente imposibles; la política viene con nosotros, convive con nosotros, nos acompaña a todas partes. ¿Cómo podremos separarla de nuestro lado?”.
No, no la separemos; seamos todos políticos y todo lo más políticos que podamos, es decir, no pensemos en nada. Yo presentaré también –como el Sr. Junoy, o como el Sr. Lacierva, o como el Sr. Sánchez Guerra- mi candidatura en las próximas elecciones… Y podrá suceder que un día –quizás no muy lejano-, cansados de tanta zalagarda y de tantas triquiñuelas, este albañil que vemos pasar todas las mañanas, o todas las noches; y este carpintero, que labra la madera; y este herrero, que golpea el hierro sobre el yunque; y este minero, que arranca el mineral de la honda mina; y este maquinista, que mira a todas horas el regulador de su máquina; y este tipógrafo, que compone mi artículo; y este labriego, que abre con su azadón la tierra; podrá suceder que todos estos hombres ingenuos digan un día: “¡Ya no hay más políticos, ni liberales, ni conservadores, ni republicanos de extrema izquierda, ni republicanos de extrema derecha!”. Pero, ¡qué le vamos a hacer! Todo tiene sus quiebras naturales, y entre tanto, seamos políticos; es decir, no pensemos en nada…

(Azorín, Los pueblos. La Andalucía trágica y otros artículos (1904-1905), Edición de José María Valverde, Clásicos Castalia, Madrid, 1987, pp. 57-60)


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