Ponerse el sol, cada día, 365 veces en un año. No es un
evento peculiar, por su repetición, pero cada vez que el sol se esconde tras el
mar, es un momento mágico, por más veces que lo hayamos vivido.
Mirando hacia el Atlántico, mientras el sol se pone a las
20:50 de un día de agosto, en la costa portuguesa, evoco mi país, lejano allá
al otro lado de ese inmenso océano el cual ha sido surcado una y otra vez con
el afán de unir dos mundos separados por la naturaleza y unidos trágicamente
por la cultura y la historia: América y Europa.
| Areia Branca, Lourinhã 2016 |
Han venido a mi mente diversas impresiones de todo lo por mí vivido, ahora y antes. Siete meses en este hermoso país, donde he experimentado
muchos sentimientos traídos, unos, por los eventos acá acontecidos, y otros,
por lo que dejé en Chile, y por aquello a lo que debo volver, que en parte es
lo mismo, y que en muchos aspectos será otra cosa. La realidad de lo que sea,
por más ínfimo que esto sea, cambia en un año. Y a veces, los cambios, aunque
no lo queramos, resultan radicales, esenciales, arrancan tu alma de la base, la
revuelven y debes luchar contra el miedo para volverla a recomponer.
El aire fresco del viento que agita mi cabello y choca
suavemente contra mi piel, el sonido hipnótico del oleaje mecerse siempre
igual, pero siempre distinto, expandiendo la espuma y el agua fría por la
arena; pájaros que casi imperceptiblemente surcan el cielo, ya rojizo, parecen
apurados en llegar a su hogar, antes que el sol decida esconderse y mezquinar
su luz. Y ahí me detengo, y ahí me siento en una roca, que durante el día
estuvo cubierta de agua. Es que ha bajado la marea y ahora lo que estuvo bajo
las aguas, emerge, mostrándome a mí, invasora en esta arena virgen, la vida que
guarda ese secreto húmedo.
Algo se agolpa en mi garganta. Mil cosas, mil cosas se
agolpan, quiero llorar. Pero no logro hacerlo. Es un antes y un después, ese
sol se pone, rápidamente cae ese perfecto círculo dorado, Ra, Horus, Apolo,
Inti. Un antes y un después, me anuncia. Ya nada será igual. No fue el viaje,
no, ha sido todo. No es sólo estar a miles de kilómetros de mi hogar, de mi
lengua, de mi tierra, no. No ha sido sólo dejar por tantos meses ese espacio
conocido, por este otro, desconocido, pero cada vez más familiar. No. Es algo
más fuerte, es un momento de decisión. Un momento que vislumbré desde hace
años, que sentí precipitarse hacia mi alma, hacia mi persona, hacia mi materialidad,
pero no quise comprender. Y ese sol naranjo, ese sol cayendo, le dice, me dice
que me precipite. Me dice que estoy también cayendo y leo en sus reflejos
acuosos, esa senda que me espera.
| Areia Branca, Lourinhã, 2016 |
Y lloro, por dentro. Llora el mar por mí, esas lágrimas saladas
de la que está lleno. Mis ojos ya no pueden llorar. Y vuelvo a sentirme en esa
profunda soledad que inunda todo cuando pareciera que no hay ya pasado, pero
tampoco futuro y te encuentras frente a un abismo sin sentido, sin salida, cuya
única opción es caer al vacío. Ese sol naranjo, que baja, que es engullido por
el mar, me dice que lo siga. Y yo quiero, como Alfonsina, seguirle. Pero mi
conciencia, tan consciente, me lo prohíbe. Mi conciencia de lo que aún está, de
lo que significo yo para este mundo, para algunas personas que me rodean, es
demasiado consciente. Y olvido, entonces, esa parte de mí que quiere arrancarse
el corazón y no sentir nada, esa parte de mí que quiere simplemente dejarse
arrastrar por esa hostia roja, ya roja, que está siendo engullida por las lágrimas
eternas que burbujean en la arena, en un sacrificio divino que es el atardecer.
Lafayette
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