sábado, 6 de agosto de 2016

INTI-RA

Ponerse el sol, cada día, 365 veces en un año. No es un evento peculiar, por su repetición, pero cada vez que el sol se esconde tras el mar, es un momento mágico, por más veces que lo hayamos vivido.
Mirando hacia el Atlántico, mientras el sol se pone a las 20:50 de un día de agosto, en la costa portuguesa, evoco mi país, lejano allá al otro lado de ese inmenso océano el cual ha sido surcado una y otra vez con el afán de unir dos mundos separados por la naturaleza y unidos trágicamente por la cultura y la historia: América y Europa.
Areia Branca, Lourinhã 2016

Han venido a mi mente diversas impresiones de todo lo por mí vivido, ahora y antes. Siete meses en este hermoso país, donde he experimentado muchos sentimientos traídos, unos, por los eventos acá acontecidos, y otros, por lo que dejé en Chile, y por aquello a lo que debo volver, que en parte es lo mismo, y que en muchos aspectos será otra cosa. La realidad de lo que sea, por más ínfimo que esto sea, cambia en un año. Y a veces, los cambios, aunque no lo queramos, resultan radicales, esenciales, arrancan tu alma de la base, la revuelven y debes luchar contra el miedo para volverla a recomponer.

El aire fresco del viento que agita mi cabello y choca suavemente contra mi piel, el sonido hipnótico del oleaje mecerse siempre igual, pero siempre distinto, expandiendo la espuma y el agua fría por la arena; pájaros que casi imperceptiblemente surcan el cielo, ya rojizo, parecen apurados en llegar a su hogar, antes que el sol decida esconderse y mezquinar su luz. Y ahí me detengo, y ahí me siento en una roca, que durante el día estuvo cubierta de agua. Es que ha bajado la marea y ahora lo que estuvo bajo las aguas, emerge, mostrándome a mí, invasora en esta arena virgen, la vida que guarda ese secreto húmedo.

Algo se agolpa en mi garganta. Mil cosas, mil cosas se agolpan, quiero llorar. Pero no logro hacerlo. Es un antes y un después, ese sol se pone, rápidamente cae ese perfecto círculo dorado, Ra, Horus, Apolo, Inti. Un antes y un después, me anuncia. Ya nada será igual. No fue el viaje, no, ha sido todo. No es sólo estar a miles de kilómetros de mi hogar, de mi lengua, de mi tierra, no. No ha sido sólo dejar por tantos meses ese espacio conocido, por este otro, desconocido, pero cada vez más familiar. No. Es algo más fuerte, es un momento de decisión. Un momento que vislumbré desde hace años, que sentí precipitarse hacia mi alma, hacia mi persona, hacia mi materialidad, pero no quise comprender. Y ese sol naranjo, ese sol cayendo, le dice, me dice que me precipite. Me dice que estoy también cayendo y leo en sus reflejos acuosos, esa senda que me espera.
Areia Branca, Lourinhã, 2016


Y lloro, por dentro. Llora el mar por mí, esas lágrimas saladas de la que está lleno. Mis ojos ya no pueden llorar. Y vuelvo a sentirme en esa profunda soledad que inunda todo cuando pareciera que no hay ya pasado, pero tampoco futuro y te encuentras frente a un abismo sin sentido, sin salida, cuya única opción es caer al vacío. Ese sol naranjo, que baja, que es engullido por el mar, me dice que lo siga. Y yo quiero, como Alfonsina, seguirle. Pero mi conciencia, tan consciente, me lo prohíbe. Mi conciencia de lo que aún está, de lo que significo yo para este mundo, para algunas personas que me rodean, es demasiado consciente. Y olvido, entonces, esa parte de mí que quiere arrancarse el corazón y no sentir nada, esa parte de mí que quiere simplemente dejarse arrastrar por esa hostia roja, ya roja, que está siendo engullida por las lágrimas eternas que burbujean en la arena, en un sacrificio divino que es el atardecer.

Lafayette



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