
Este es un extracto que me pareció interesante del libro de Duby, refiriéndose al oficio principal de los monjes Cluny, del siglo XI, los cuales al igual que otros monjes, eran seguidores de la Regla de San Benito. Me interesó la parte en donde relata cómo debió haber sido la salmodia, pues me lleva a pensar y sentir de verdad una especie de atmósfera divina, de lucha espiritual, dentro del monasterio. Me pareció, demás, tremendamente atractivo la forma que el autor nos lleva a presenciar la historia; más que meros hechos nos ponemos frente a percepciones de una realidad histórica.
“Pues la fatiga corporal necesaria para la paz de los sentidos, no había por qué buscarla fuera de esta dura tarea: el opus Dei, el oficio litúrgico.
Este oficio era un coro. Siete veces al día, desde las primeras luces del alba hasta la caída de las tinieblas, y una vez en medio de la noche, la comunidad se reunía en el oratorio para la oración que no era ni individual ni secreta, sino proferida a plena voz, por una misma voz, por todo el grupo que así se fundía en total unidad. En el intervalo cada cual era libre de retirarse, de llegarse ante el altar y buscar el silencio de un contacto más íntimo con lo divino. Pero el trabajo propio del monje, este esfuerzo de todo el cuerpo que requiere el acto de cantar, se desarrollaba en equipo. Las palabras pronunciadas al unísono, como las de los Salmos de David, se inscribían efectivamente sobre una línea melódica que recorría los siete tonos de la música. Este soporte musical servía para acordar las armonías cósmicas, es decir, la razón de Dios, a las palabras de los hombres y confundirlas con las palabras de los ángeles, cuyo coro llenaba plenamente la unión, inmaterial, entre la tierra y el cielo, que el monasterio tenía la función de establecer. (...) A fin de que nada desviase al monje de su oficio, pareció razonable a los dirigentes de la congregación tener menos presente el cuerpo, proporcionándole lo necesario, alimentándolo bien, protegiéndolo del frío, dándole oportunidad de rehacer plenamente sus fuerzas durante el sueño, y ahorrándole las fatigas suplementarias de las tareas manuales. (...).
Es preciso recordar, finalmente, que esta labor se realizaba en provecho de todos. La sociedad, cuya imagen era proporcionada por la disposición equilibrada de los tres órdenes, creía en la reciprocidad, en el intercambio de servicios, en esa suerte de transferencias por las cuales los bienes invisibles ganados por semejante gesto ritual podían ser convertidos en beneficios para el prójimo. (...) Las principales añadiduras que, en los usos de Cluny, habían alargado la duración del oficio hasta hacerle ocupar casi todo el tiempo, eran de intención funeraria. Para ayudar a los muertos y para sustraerlos del poder del diablo. Pero el coro de los monjes pretendía también apartar a los vivos de este mismo poder, por medio una lucha permanente y encarnizada. Los cantos corales, viriles, violentos, brutales –intentemos olvidar las inflexiones melifluas que han llegado en nuestro tiempo a desnaturalizar la melodía gregoriana- eran lanzados como un canto de guerra. Los monjes que se creían pobres, se creían también guerreros, como su padre y sus hermanos, y mejor que éstos: los caballeros de Dios. Se sentían enrolados ya en las milicias celestes. Formaban el estrave, todavía atrapado entre las gangas de la carne, pero situado justamente en el frente mismo del combate contra el mal cuyo dominio es la carne, en la línea de choque de la luz y la sombra, lo blanco y lo negro, en las fronteras donde se intercambian los golpes. No sin razón se ha querido ver en la salmodia cluniacense la sublimación de las vehemencias caballerescas, y como el desvío simbólico de las agresividades de las que los monjes, salidos de la aristocracia militar, eran portadores.”Georges Duby, San Bernardo y el arte cisterciense (El nacimiento del gótico), Taurus Ediciones, 1989,Madrid, p.p. 37-38.
“Pues la fatiga corporal necesaria para la paz de los sentidos, no había por qué buscarla fuera de esta dura tarea: el opus Dei, el oficio litúrgico.
Este oficio era un coro. Siete veces al día, desde las primeras luces del alba hasta la caída de las tinieblas, y una vez en medio de la noche, la comunidad se reunía en el oratorio para la oración que no era ni individual ni secreta, sino proferida a plena voz, por una misma voz, por todo el grupo que así se fundía en total unidad. En el intervalo cada cual era libre de retirarse, de llegarse ante el altar y buscar el silencio de un contacto más íntimo con lo divino. Pero el trabajo propio del monje, este esfuerzo de todo el cuerpo que requiere el acto de cantar, se desarrollaba en equipo. Las palabras pronunciadas al unísono, como las de los Salmos de David, se inscribían efectivamente sobre una línea melódica que recorría los siete tonos de la música. Este soporte musical servía para acordar las armonías cósmicas, es decir, la razón de Dios, a las palabras de los hombres y confundirlas con las palabras de los ángeles, cuyo coro llenaba plenamente la unión, inmaterial, entre la tierra y el cielo, que el monasterio tenía la función de establecer. (...) A fin de que nada desviase al monje de su oficio, pareció razonable a los dirigentes de la congregación tener menos presente el cuerpo, proporcionándole lo necesario, alimentándolo bien, protegiéndolo del frío, dándole oportunidad de rehacer plenamente sus fuerzas durante el sueño, y ahorrándole las fatigas suplementarias de las tareas manuales. (...).
Es preciso recordar, finalmente, que esta labor se realizaba en provecho de todos. La sociedad, cuya imagen era proporcionada por la disposición equilibrada de los tres órdenes, creía en la reciprocidad, en el intercambio de servicios, en esa suerte de transferencias por las cuales los bienes invisibles ganados por semejante gesto ritual podían ser convertidos en beneficios para el prójimo. (...) Las principales añadiduras que, en los usos de Cluny, habían alargado la duración del oficio hasta hacerle ocupar casi todo el tiempo, eran de intención funeraria. Para ayudar a los muertos y para sustraerlos del poder del diablo. Pero el coro de los monjes pretendía también apartar a los vivos de este mismo poder, por medio una lucha permanente y encarnizada. Los cantos corales, viriles, violentos, brutales –intentemos olvidar las inflexiones melifluas que han llegado en nuestro tiempo a desnaturalizar la melodía gregoriana- eran lanzados como un canto de guerra. Los monjes que se creían pobres, se creían también guerreros, como su padre y sus hermanos, y mejor que éstos: los caballeros de Dios. Se sentían enrolados ya en las milicias celestes. Formaban el estrave, todavía atrapado entre las gangas de la carne, pero situado justamente en el frente mismo del combate contra el mal cuyo dominio es la carne, en la línea de choque de la luz y la sombra, lo blanco y lo negro, en las fronteras donde se intercambian los golpes. No sin razón se ha querido ver en la salmodia cluniacense la sublimación de las vehemencias caballerescas, y como el desvío simbólico de las agresividades de las que los monjes, salidos de la aristocracia militar, eran portadores.”Georges Duby, San Bernardo y el arte cisterciense (El nacimiento del gótico), Taurus Ediciones, 1989,Madrid, p.p. 37-38.
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