martes, 13 de febrero de 2007

La Historia de Cada Día

Por Montserrat Arre

Tal vez se piense que la Historia, por ser pasado, por ser un tiempo muerto y enterrado, de nada sirve sacarla una y otra vez a relucir.
Un tiempo, una gente, un aire que no es el actual, ¿de qué importan? ¿Acaso ese tiempo, esa gente y ese aire lograrán que nuestra existencia presente sea mejor, se modifique, crezca, se enriquezca?
Vemos libros y fotos, con hechos tan ajenos a nuestra realidad. Invasiones, guerras, dinastías, imperios. Antiguas creencias, dioses arcaicos, rituales sangrientos. Todo el pasado de este mundo ajeno conspira para mostrarse una y otra vez ante nosotros como una masa líquida y aparentemente uniforme. Tomamos toda aquella noción de información con una tenaza mental y la vaciamos en un hoyo de nuestra conciencia que se tacha de: "registros ancestrales de hechos sin importancia real, más que para sacar buenas calificaciones y aparentar ante otros que se es medianamente culto".
Y yo me pregunto entonces ¿de qué nos sirve esta capacidad de inmortalizarnos a través de nuestras creaciones y actos? ¿Para qué poseemos el don de recordar? ¿No es acaso todo esto la base de la evolución, este poder de ver hacia atrás y comparar el pasado con el presente para hacer un mejor o simplemente distinto futuro?
Una y otra vez pienso y analizo estas premisas, y me doy cuenta que cada uno de los seres humanos somos pequeños corpúsculos pensantes en un Universo infinito, pero que este Universo no es solo espacial, sino que también complejamente temporal. Y me emociono al percatarme que mi mente es lo suficientemente amplia para asombrarme, no tan solo con los avances contemporáneos de la tecnología, la ciencia y la cultura, pues todo aquello me va pareciendo cada vez más normal y común, sino además con los avances y creaciones de personas que existieron en algún punto de la línea de tiempo y que, a pesar de ser personas como nosotros, en estructura física y mental, lograron sobrevivir en mundos adversos y llenos de misterios, de modos tan distintos unos de otros, y estos a los actuales hombres que pueblan la tierra.
Admiro las capacidades e ingenios de personas y de pueblos que, a pesar de no saber lo que hoy sabemos ni tener lo que hoy tenemos (células, ADN, fibra óptica, satélites, fotosíntesis, proteínas, Internet, cuadernos, lápices pasta...), lograron hacer su propia realidad y creyeron firmemente en lo que desarrollaron. Fueron inocentes niños haciendo su propio destino.
Tal vez esos arcaicos pensadores fueron mucho más auténticos y libres en sus planteamientos que los actuales, que tan solo escriben y transcriben el discurso manoseado de la existencia y la divinidad. Ellos crearon de la nada, el poder de la palabra y el razonamiento. Ellos fundaron las ciudades y escribieron por primera vez un alfabeto, producto de la necesidad de comunicación, en tablillas de arcilla. Esos seres del pasado sintieron el llamado de lo sublime y espiritual, y vieron en la brillantez enceguecedora del sol o en la magnificencia fecunda de la lluvia a sus dioses bondadosos o maléficos, a los cuales adoraron con fe y sinceridad.
Se entregaron a la vida de modos impensados e incomprensibles para nosotros, tal como se entregaron a la muerte. Para ellos el mundo tenía límites misteriosos y que solo el dios podía explicar.
Fueron crueles cazadores de mamuts, ingeniosos agricultores, eruditos astrónomos, sagaces filósofos. Fueron iluminados profetas, apasionados gobernadores, fieros héroes de guerra. Cruzaron nieves eternas a pie, hicieron fuego con dos piedras, cuando ni siquiera comprendían qué era el fuego. Sacrificaron a sus hijos a los dioses, y echaron a la suerte su talento por el sueño de volar. Tapizaron de arte divino techos y muros de capillas, oraron a un Dios desconocido y temido. Cosecharon frutos en el bosque con miedo a las fieras. Se asombraron con el devenir del sol y la luna y con su capacidad de procrear.
Ahora nosotros conocemos la explicación detallada y organizada de mucho de todo aquello, aunque bastante queda en la incógnita.
Y otras nuevas preguntas vienen a mi mente ¿cómo pensarían todos aquellos hombres y mujeres? ¿Por qué somos capaces de almacenar información colectiva en nuestras mentes? ¿Qué nos queda por hacer?
Tal vez, como producto que somos de miles de años de historia, tan solo nos resta mirar hacia atrás y meditar sobre el precio de vivir en un espacio temporal, tan ajeno a veces, pero tan propio en definitiva.
Julio 2000

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