La verdadera historia secreta de Chile
Angélica Bulnes
y Carlos Pérez
16 de septiembre
del 2016 / 23:42 Hrs
Tradicionalmente
en Chile la historia la han escrito los hombres y hasta hace poco había un
puñado de pioneras que había logrado entrar en ese espacio. Hoy eso está
cambiando y son más las que se dedican a la investigación. En algunos casos,
tienen cargos universitarios, otras han publicado libros y varias lideran
proyectos, en temas muy distintos. No comparten enfoques, pero en general
coinciden en que su gremio es muy masculino y la mayoría destaca un hecho: que
en Chile todavía no hay ninguna Premio Nacional en su disciplina. De las once
áreas en que el reconocimiento se entrega, sólo éste y el de Ciencias Aplicadas
no han recaído en una mujer.
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| Hildegarda de Bingen, sabia medieval, Doctora de la Iglesia |
Alejandra
Araya: “La historiografía es el lugar más machista, misógino y retrógrado de
las humanidades”
Su primer referente fue
su abuela, explica la directora del Archivo Central Andrés Bello de la U.
Chile. “Me interesa esta disciplina por su dimensión narrativa y ella es una
gran contadora de historias”. Luego menciona a cada una de las profesoras del
área que tuvo en la Escuela D-299, en el liceo Cervantes y en el liceo Teresa
Prats de Sarratea. En la universidad hubo más personas que fueron significativas
en su formación, especialmente el académico Rolando Mellafe, pero todos hombres
porque cuando esta historiadora de 44 años entró a estudiar, en la mayoría de
las facultades de esta disciplina había muy pocas mujeres enseñando. “Y eso es
parte del problema porque, al no haber modelos, no ves que dedicarte a eso sea
una posibilidad, la idea que se replica es la de la ayudante eterna”.
Actualmente la
historiadora es una de las profesoras asociadas más jóvenes de la U. de Chile,
y la menor en un cargo directivo. “Pero en parte también estoy aquí porque hay
una oficina de equidad y por una política institucional que dice que debe haber
paridad en estos cargos. Lo que quiero decir es que este es un trabajo, no algo
que se va a dar de manera natural, que va más lento de lo que debiera y a un
alto costo, porque sigue siendo complicado que una mujer se dedique por
completo a la academia”.
Forma parte de las
primeras generaciones en que hay un cuerpo más grande de mujeres ejerciendo
esta profesión, las que tienen doctorados en Chile o afuera -como ella que lo
hizo en México- e investigan y publican de manera independiente. Es, dice
Araya, la de las nacidas de los 70 en adelante. Antes que ellas, las
investigadoras eran pocas y para hacerse escuchar tuvieron que crearse un
espacio en el corazón de la masculinidad: “La Sol Serrano, que sería la
historiadora más reconocida como tal seguida creo de la Sofía Correa, se
dedican al tema político, a la historia política. Ellas claramente han abierto
las preguntas ahí, pero para validar te tienes que insertar en esa área y no
otra. La masculinización de las mujeres en los ámbitos académicos es una
estrategia, y una exigencia para poder ser oída”.
Araya investiga sobre
el cuerpo, por qué la manera en que lo entendemos cambia con el tiempo y la
cultura. Lo suyo es rastrear cómo se expresan en los gestos las relaciones de
poder o el lugar que tenían castigos físicos durante el periodo de la Colonia,
porque es el momento en que se instalan formas de control que siguen siendo
importantes en la sociedad contemporánea. A modo de ejemplo, explica que la
extensión de los derechos se puede analizar desde esta perspectiva. “El noble
tiene una dignidad porque no puede ser tocado. La democratización también puede
entenderse como el proceso de ampliación de ese principio. Si hoy se dice que
los niños no deben ser golpeados, es porque les estamos reconociendo una
dignidad. Lo mismo con las mujeres, las sociedades indígenas: el castigo y el
daño físico te hablan de quiénes son protegidos o no en una sociedad”.
Historia por el revés,
es como ella denomina lo que le gusta hacer y cuenta que se trata de investigar
el pasado con métodos y ángulos distintos a los tradicionales. Pero a la vez
explica que “la historiografía todavía es el lugar más machista de las humanidades,
el más misógino y retrógrado. La gente piensa que la historia es una, y que el
historiador dice la verdad y da un juicio, y el criterio de autoridad sigue
estando asociado a los hombres”. Eso, explica, se manifiesta de muchas maneras,
y una de ellas es asignándoles menos valor a los temas que toman las mujeres.
“Las afirmaciones que suelen hacer los colegas hombres sobre los trabajos de
las historiadoras son feroces. También hay un currículum oculto que se
transmite en la formación, que dice que los asuntos que abordamos no son tan
importantes como los de los hombres”.
¿Hay
temas de hombres y mujeres?
No, pero el medio local
-porque no pasa en otros países - hace distinciones de género en todo orden de
cosas y “feminiza” ciertas materias y eso implica ponernos en un territorio de
menor valía.
¿Ser
mujer te lleva a acercarte de manera distinta a la investigación?
Evidentemente que nacer
con órganos femeninos, asociados a un género, te pone en un lugar. Yo no podría
ignorarlo. No es lo mismo escribir historia teniendo a su vez la condición
cultural e histórica de ser mujer, de venir de los sectores populares, de ser
pobre, de haber estudiado en la educación pública. Son datos de tu causa, y no
pueden obviarse al ejercer este oficio. Por lo tanto, los temas que me han
interesado son la historia de sectores populares, de mujeres, porque también
son historias invisibilizadas, tienen que ver con mi conciencia.
Macarena
Ponce de León: “No creo que el género tenga ningún efecto sobre
interpretaciones diversas entre hombres y mujeres”
“El tema de género no
lo comparto para nada pero sí creo que esta disciplina se ha ido volviendo un
campo de mujeres intelectuales y profesionales que le están dando un nuevo aire
a la historia”, parte diciendo esta académica de la Universidad Católica a la
que le interesa un asunto bastante actual: la construcción de Estado chileno y
cómo se vincula con la sociedad. Un ejemplo es su libro Gobernar la pobreza,
donde analiza cómo operó la beneficencia pública y la caridad privada desde
mediados del siglo XIX en Santiago, en el periodo en que comenzaba a
convertirse en una ciudad moderna. Pero también lo ha analizado desde el ámbito
de la educación, donde, por ejemplo, explora el financiamiento, a la par que
realiza trabajos sobre elecciones y
sufragio.
¿A
qué te refieres con que la historia hoy es un campo de mujeres?
A que tienen una
participación muy activa. Son académicas, investigan, realizan docencia de
excelente calidad, pertenecen a redes académicas nacionales e internacionales,
ganan concursos, participan en agencias estatales de ciencia, gestión
universitaria, dirigen museos, proyectos culturales e incluso empresas. Con
bastante dificultad han ido construyendo su camino dentro de una carrera que
todavía es de hombres en varios sentidos. De hecho, ninguna ha ganado el Premio
Nacional de Historia, algo impresionante y que dice mucho porque no se debe a
que no hayan postulado o no tengan obra.
¿Quiénes
han sido tus referentes?
Referentes mujeres
tengo una muy cercana que es Sol Serrano. Es mi maestra en todos los sentidos:
fue mi profesora desde pregrado y con ella me formé como investigadora.
Trabajar con ella ha sido fundamental. Desde que era alumna me llamó la
atención su pasión y cuán importante encontraba el tema que estudiaba. Eso no
se me olvidó nunca, como tampoco cuánto importa ser intuitiva y rigurosa al
mismo tiempo.
¿Crees
que ser mujer te lleva a estudiar la historia de manera distinta?
No creo que el género
tenga ningún efecto sobre interpretaciones diversas entre hombres y mujeres.
Una historia de cualquier temática podría ser la más radicalmente distinta
entre dos historiadores, como entre dos historiadoras. Lo que sí es cierto es
que la historia ha tenido una apertura a temas culturales y menos
institucionales, se han renovado viejas preguntas, las metodologías. Seguro
deben existir estudios de género que avalen tendencias femeninas o masculinas
hacia ciertos asuntos, pero no creo que sea la pregunta importante.
¿Qué
quieres decir con que “el tema de género no lo compartes para nada”?
No comparto el
argumento de género que se ha venido elaborando para sopesar la calidad de la
historiografía femenina por sobre o por debajo de la que realizan los hombres.
Yo creo que un buen historiador escribe buenas historias independientemente de
si es hombre o mujer.
¿Qué
piensas que le dice el fenómeno Baradit y su historia secreta al campo de la
historia?
Creo que Baradit no
escribe historia propiamente tal. No he leído sus dos libros, pero estoy al día
de la polémica. Hay mucho marketing en su fenómeno de ventas, y nosotros,
historiadores, debemos defender la disciplina, no al gremio. Lo que sí creo
debe ser un tema a conversar es cómo escribir sin aislarse en el ámbito
estrictamente académico. Baradit es importante porque levanta el tema de la
difusión de la historia.
Soledad
Zarate: “No incluir la perspectiva de género en la historia es una miopía”
La académica y ex
directora del Departamento de Historia
de la Universidad Alberto Hurtado, empezó su carrera investigando sobre el
parto, de lo que resultó su libro Dar a luz en Chile, que muestra cómo en el
siglo XIX se incrementa el control médico sobre los nacimientos y se reducen
los aspectos más ligados al folclor y sabiduría popular. Desde entonces sigue
centrada en la historia de la medicina y la salud, con un énfasis en las
relaciones de género. Actualmente analiza -junto a Juan Carlos Yáñez y Maricela
González- la labor de matronas, enfermeras y asistentas sociales en las décadas
previas a los 80 en la puesta en marcha de políticas sanitarias que
contribuyeron, entre otras metas, a la
caída significativa de la mortalidad materno-infantil. Los médicos tuvieron un
papel crucial porque diseñaron y consiguieron fondos para empujar esas medidas
desde el Estado, pero de acuerdo a Soledad Zárate, quienes las llevaron a la práctica
fueron esas profesionales. “En ese Chile que aún era un campo, quienes van a
caballo a vacunar y atender partos, educan a las madres en la higiene y en la
alimentación, controlan enfermedades infecciosas como la tuberculosis, la
sífilis, fueron mujeres, muchas veces solas, viviendo en postas, en casas de
socorro, en todo el territorio. Es importante reconocerlas y darles su lugar,
no porque son mujeres, sino porque su trabajo fue irreemplazable y de gran
valor social y político”.
Las preguntas por el
trabajo de estas profesionales también colabora en la ampliación del estudio de
la historia del trabajo en Chile, que se ha centrado casi totalmente en los
hombres de los sectores mineros y fabriles. “Te doy un ejemplo; hace 31 años,
Gabriel Salazar publicó Labradores, peones y proletarios, un hito de nuestra
historia social. Cuando lo leí en los 90, me encontré, con sorpresa, que sólo
en el último capítulo de ese libro describe lo que ocurrió con el ‘peonaje
femenino’. Destinar las últimas páginas y no incluirlas en el conjunto del
relato de ese proceso crucial me resultó inexplicable”. Que las mujeres sean
parte integral de la historia es algo a lo que ella quiere contribuir.
¿Por
qué es importante?
Si se trata de que la
disciplina incorpore criterios de justicia y de igualdad, obviamente deben
estar las mujeres en los relatos. Pero más importante aún, no incluir la
perspectiva de género, es decir, cómo operan las distinciones sexuales en
diversos procesos históricos, es una miopía. No todos tienen que interesarse por investigarlas; pero ya no
podemos negar su potencial explicativo de muchos fenómenos.
¿Ser
mujer te acerca a la historia de manera distinta?
En rigor, creo que me
interesan temas distintos, y que en ocasiones me hago preguntas diferentes,
pero eso no me parece privativo de ser mujer. Sí creo que algunas de mis
preocupaciones, al menos hasta hace poco, carecían de “estatus histórico” y
estudiarlas suponía un doble esfuerzo: el propio de la investigación y el de
“convencer” a la comunidad historiográfica.
¿Somos
un país sin memoria?
No. Pero sí veo que hay
una importante demanda social por reconocernos en la historia, una demanda que
no está satisfecha con relatos tradicionales. Por ejemplo, actualmente hacer
historia de las mujeres y de las relaciones de género tiene más apoyo
institucional y social, y eso tiene que ver con la consolidación política y
académica de dicha demanda. También las preguntas en torno a los DD.HH. y la
violencia política nos ha llevado a algo
necesario y saludable que es interrogarnos por la memoria, pero también
hemos aprendido de ese proceso que hay diversas memorias que recuperar, entre
ellas, las de las mujeres.
Cristina
Moyano: “No lidié con los conflictos que enfrenta la mayoría de las mujeres”
“Más que influida por
el tema de género, soy parte de una generación de historiadores, de entre 40 y
45, que empezó a repensar los partidos políticos y sus culturas. A mí siempre
me interesó la política y cuando entré a pedagogía en historia en la USACH, milité
en el PS. Ahí apareció el MAPU. Había una especie de mitología sobre ese
movimiento y sus integrantes eran un punto de referencia, para bien y para mal.
Después me casé con el hijo de la actual ministra de Vivienda, Paulina Saball,
que fue parte de él y siguió siendo un tema recurrente.
En la época, además,
aparecían comentarios en la prensa que empecé a pesquisar: durante el gobierno
de Frei, Alfredo Jocelyn-Holt dijo en Caras que era un gobierno MAPU liderado
por un DC; cuando en su primer periodo la presidenta Bachelet puso a Viera
Gallo en la Segpres, La Tercera tituló “El MAPU vuelve a La Moneda” y así.
Aunque ya no existía como partido, me di cuenta de que era una sensibilidad y
como historiadora me puse a estudiar lo que denominé la cultura política del
MAPU. Investigué su periodo fundacional, los rasgos comunes. Más tarde seguí la
renovación socialista del MAPU, cómo produjeron los sentidos de la transición,
cómo generaron un pensamiento de izquierda en ruptura con el marxismo y dotaron
de sentido a un socialismo democrático. Ahí vi que una serie de estos actores
como Tironi, Brunner, Garretón, en los 80 se concentraron en una serie de ONG.
Ahora estoy a cargo de un Fondecyt sobre los intelectuales de izquierda en esas
organizaciones. Quiero entender cómo estos centros se convirtieron en lugares
no sólo de producción intelectual, sino que también de tejer redes y articular
una visión política, que sentó bases de un pensamiento común sobre la
democracia por venir, de la futura transición y sus límites.
Entré a estudiar
pedagogía en historia en la Usach. Al poco tiempo me di cuenta de que me
gustaba investigar, me titulé y seguí de inmediato el magíster y luego el
doctorado, que terminé a los 30. Muchas compañeras que venían conmigo se
demoraron más porque las condiciones de ser mujer te generan trabas. Yo me gané
una beca, tuve dos niños mientras hacía el doctorado, pero tenía un marido que
me dijo “dedícate a estudiar, yo veo los gastos” y los niños podían ir a la
sala cuna. No todas tienen esa suerte. No lidié -y soy privilegiada- con los
conflictos de género que enfrenta la mayoría de ellas en la sociedad chilena.
Tuve los apoyos económicos y familiares para poder ser la mujer que quería ser.
Pero la carrera
académica tiene un ritmo que puede ser medio antagónico con la maternidad o la
vida en pareja. Mi trayectoria biográfica es un ejemplo: terminé mi doctorado y
me separé. Era el año 2000, y como estaba investigando el MAPU vivía en los 80,
le dedicaba 10 horas y mi marido, que en ese momento trabajaba como jefe de
gabinete del Sernam me hablaba de las políticas de la mujer y yo de que había
encontrado unos documentos sobre el MAPU Lautaro. Si él no hubiera tenido
alguna afinidad con el tema, hubiera sido todavía más complicado.
No tengo grandes
referentes de mujeres en lo profesional. En la Usach no había muchas
historiadoras, tuve clases con sólo una. Después los temas que trabajaban ellas
en la época en que yo andaba buscando mi destino no eran los míos: no me
interesaban las mujeres populares, las monjas, las prostitutas, las políticas
de maternidad, ni las que tenían que ver con la mujer, que era lo que la
mayoría hacía salvo la Sofía Correa. La investigación histórica es super
individual y en general construyes redes con equipos de investigación y con los
que compartes temas.
Además, este es un
medio masculino y tiene prácticas machistas, como esto de juntarse después de
los coloquios o seminarios que se hacen en las tardes. Yo no me quedo a
socializar porque si no, no llego a ver a mis hijos. También es machista en
ciertos rasgos culturales, en el humor, sarcasmo. No han sido contra mí pero he
visto conductas paternalistas de mis colegas mayores, hablar de la niñita, la
promesa, la joven, refiriéndose a mujeres adultas.
Erosionar esos espacios
para poder participar ampliamente no es una labor ganada. Falta un recambio
generacional importante en las universidades, en las escuelas de historia que
incluya a más mujeres”.
En
busca de las historiadoras
Por Javiera
Errázuriz (Académica Departamento de Humanidades Universidad Andrés Bello)
La irrupción de las
mujeres en el ámbito de las publicaciones históricas es relativamente reciente
y eso significa que, en Chile, la historia ha sido principalmente escrita por
los hombres. Una manera de mostrarlo es seguir la trayectoria de ellas en las
revistas académicas, que son el principal instrumento en que se difunde la
investigación. Allí surgen nuevos temas y nuevos actores y por lo mismo son un
espacio para analizar las transformaciones en las disciplinas.
El año pasado, junto a
Josefina Cabrera analizamos la presencia de artículos firmados por mujeres en
dos de las principales revistas del área que hay en Chile. De una parte
Historia, de la UC, fundada en 1961, donde están prácticamente ausentes hasta
fines de los 70, con la excepción de María Isabel González, con un artículo en
1966. En la década de los 80 hay un cambio, y las autoras corresponden al 15
por ciento del total de la década, cifra que va creciendo paulatinamente hasta
el periodo 2010 y 2016 en que llegan casi al 30 por ciento, que de todos modos
sigue siendo menos de un tercio del total.
El otro caso analizado,
Cuadernos de Historia, revista de la Universidad de Chile fundada en 1981,
presenta una trayectoria similar: en su primera década publicó cerca de un 17
por ciento de artículos firmados por mujeres; en los 90, las autoras femeninas
representaron sólo el 12 por ciento, y en la primera década del s. XXI, una de
cada cinco autores de artículos era mujer.
A partir de los años 80
comienzan a repetirse algunos nombres, como el de Sonia Pinto Vallejos o María
Angélica Muñoz. A partir de los años 90, historiadoras como Isabel Cruz, Sol
Serrano, Verónica Valdivia o Carmen Norambuena (entre otras), publican hasta
cuatro artículos en distintos números de las revistas antes mencionadas,
consolidando así su quehacer historiográfico y su presencia en las
publicaciones académicas.
En cuanto a los temas,
las autoras femeninas transitan desde problemáticas más tradicionales, como la
historia económica, indígena o colonial,
preponderantes en la década de los 80, hacia la historia política o social en
los 90. A partir del 2000 se diversifican e incluyen el pasado reciente, la
educación y la investigación en torno a las mujeres y el género, entre otros.
Por supuesto que las
dos publicaciones analizadas no son las únicas, y además, muchas personas
publican también en el extranjero, pero los resultados sí dan indicios de lo
que ha ocurrido en un ambiente que hasta hoy sigue siendo preponderantemente
masculino, pero en el que las historiadoras han comenzado a integrarse
sostenidamente aportando nuevos enfoques y temas.
Publicación original: http://www.latercera.com/noticia/tendencias/2016/09/659-696909-9-la-verdadera-historia-secreta-de-chile.shtml

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