lunes, 15 de enero de 2007

La verdad es simple, el mundo es el complicado


Por Montserrat Nicole Arre Marfull, diciembre 2006


Pertenezco a la tradición Católica venida desde España a estas tierras americanas. A la rama romana del cristianismo, esa religión que surgió de un puñado de idealistas que siguieron a un hombre al que llamaban Jesús el Cristo, y que pocos siglos luego de su muerte (y resurrección) inundó los corazones y la mente de un imperio.
Vengo de la tradición del Domingo de Ramos, la Semana Santa, el Mes de María y tantas otras fechas. Vengo de esa tradición llena de santos, la misa, la Santa Comunión, los sacerdotes célibes, religiosas castas, seminarios, monasterios. Una larga historia sustenta mi creencia madre, y algo sé y siento cuando oigo decir Navidad.
Jesús es el símbolo y el personaje esencial en esta larga historia del cristianismo. Si los judíos tienen a su Abraham y a su Moisés, los musulmanes a Mahoma; nosotros tenemos a Cristo. Los cristianos alegan que Jesús es, ciertamente, más que los otros, pues no es un simple profeta, sino que es el mismo Dios encarnado.
Yo jamás he discutido ni dudado que Jesús existió, pues no tengo prueba que desmienta que alguna vez vivió un hombre de sus características. Es más, ni siquiera dudo que él pueda ser Dios. Pues a decir verdad, no he dejado de creer jamás en Dios, sea lo que sea. Tal vez he dejado de encontrarle sentido a mucho de lo que se dice o hace en nombre de Dios, en nombre de Jesús. Y siempre me pregunto ¿Cómo es que una humilde o normal familia de una ínfima región de Imperio Romano (aunque muy bulliciosa) llamada Israel, llegó a tener un hijo que causó tanto revuelo, del que muchos hablaron en su tiempo y del que tantos más posteriormente se tomaron la autoridad de en su nombre impartir la palabra verdadera?
Si existió un Jesucristo y si es quien hizo y dijo lo que se dice en las escrituras (por lo menos las pocas que llegaron a través del Nuevo Testamento), creo que su idea de verdad, de amor, de felicidad es tremendamente válida, tanto en sentido metafórico como real. Si Jesús dice que lo dejes todo y lo sigas, por ejemplo, no significa que tengas que despojarte de tu gente amada, y tu casa y hacerte eremita o predicador; sino más bien es, según cada caso, dejar lo que sobra y lanzarte al amor, es decir, dejar lo superfluo, dejar las mentiras, dejar el egoísmo, dejar la envidia, dejar la ambición, y ser sincero y simplemente dar a quien se tiene al lado lo que merece. Pienso, en este sentido, que seguirlo a él no implica un abandono del mundo físico, sino más bien profundizar en la existencia misma y en el real sentido de esta vida. No buscarla felicidad cuando sólo uno la tiene, sino buscarla en la sonrisa de tu hermano, de tu madre, de tu hijo.
Si Jesús nació un día, si fue tal como se cuenta en las historias o fue diferente; si su madre era virgen o no, si un ángel le habló o no, si existió la estrella o los reyes magos, parecen sólo elementos que más que nada embellecen el relato, que lo hacen más completo, convincente y bello, mas no es fundamental a lo que ese niño luego hecho hombre nos legó.
Su mensaje es tremendamente vanguardista, tanto que ni sus contemporáneos ni los papas medievales, ni los hombres de la Contrarreforma, ni muchos cristianos hoy, vieron y ven, hicieron y hacen lo que Jesús sencillamente nos dijo. Pocos son los que llegado el momento de recordar el natalicio de este bello niño, este príncipe divino, reflexionan sobre esa verdad. Abandonar lo superfluo y dejar que la esencia de la vida fluya.
¿Y cuál es la esencia de la vida?¿Qué es lo importante? Tan vanguardista es el mensaje de Cristo que ciertamente esta respuesta se inserta en el término de la relatividad y la interioridad. Es imposible responder a esta pregunta en términos generales, a pesar del sentido común, pues lo esencial para cada uno difiere. Sin embargo existen parámetros en donde los humanos nos movemos. Amor, caridad, entrega, abandono, pobreza, respeto... palabras que ahogan los discursos cristianos del mundo y la historia, sin embargo lo que siempre queda es la idea de pecado, castigo, juicio, fin de los tiempos... Desgraciadamente nos hemos acostumbrado a valorar la religión desde el punto de vista de la negación más que de la depuración. Yo creo que no es el negarse, sino el encontrarse, lo que es esencial para la felicidad. Sin embargo por desgracia vivimos en un mundo de enajenación, donde el valor esencial es tener, más que el conocer, es la cantidad, más que la calidad, es el ruido sobre el silencio, es la muchedumbre por sobre el conocido, es el exteriorizar por sobre el interiorizar.
Lamentablemente seguimos equivocados. Los cristianos, no todos mas sí muchos, siguen luchando por dogmas, estructuras, reglas, sin embargo lo real es que Jesús está en nosotros y lo encontramos cada vez que alcanzamos a tocar la verdadera alegría viendo felices a quienes amamos. La verdad es simple, el mundo es el complicado.
Tal vez no exista un desenlace a todo este error, y probablemente el error sea nuestro destino y nuestra esencia humana, pues en verdad ¿para qué vivir si lo supiéramos todo, si fuésemos perfectos, cual sería la razón de nacer y morir, y en el camino aprender? Sin embargo la belleza, el amor y la perfección existen en el mundo, por más que la raza humana luche incansablemente por destruir los bienes divinos de la naturaleza magnífica.
Si hay algo que me enseñó Jesús, es que no se halla nada más precioso en el mundo humano que al amar, y junto con él los beneficios y obligaciones que tenemos además por el hecho de existir: debemos ser responsables de quienes somos y de lo que nos rodea si en verdad amamos. Mas creo que no es necesario seguir la regla de una religión para encontrar lo esencial en el ser. Quizás para una considerable cantidad de personas la guía y la tranquilidad que les da el saberse pertenecientes a una comunidad religiosa es primordial, sin embargo a veces la forma engaña los sentidos, y una palabra sencilla puede decir más que una larga y compleja proclama.
Por todo lo que existe y por todo lo que lo podemos mejorar, por nuestras familias, por la verdadera armonía que da el amar, porque mañana seamos mejores y no demos crédito a “todo tiempo pasado fue mejor”, por saber que lo importante es el compartir más que el acaparar, por todo lo que anhelamos de corazón, les deseo una feliz y sentida Natividad de Jesús, y que el símbolo de este día refleje en sus almas el real sentido de sus vidas, por lo menos por lo que dura la Noche Buena.

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