
“Estamos aquí como guerreros bajo la tienda, tratando de conquistar el cielo por la violencia, pues la existencia del hombre sobre la tierra es idéntica a la del soldado. Mientras prosigamos este combate en nuestros cuerpos actuales, estaremos todavía lejos del Señor, es decir, lejos de la luz. Pues Dios es luz.”
San Bernardo, XXVI sermón sobre el Cantar de los Cantares en Georges Duby, San Bernardo y el arte cisterciense (El nacimiento del gótico), Taurus Ediciones, 1989, Madrid, p. 72.
“De este modo, en el transcurso mismo de las operaciones materiales que dieron origen al claro del bosque, se produjo una transformación que apelaba imperceptiblemente a la espiritualidad del retorno a la ‘vida apostólica’: insensiblemente el valor del trabajo ha cambiado. En principio, y en el espíritu de Bernardo de Claraval, era un valor puramente negativo: de renuncia, de represión de las pulsiones del cuerpo, de rechazo de la explotación del prójimo. Sin embargo, puesto que el trabajo manual no era solamente fuente de fatiga y producción de alimento, sino también construcción verdadera, puesto que culminaba por reestablecer el orden del mundo y puesto que nada separaba su esfera de la esfera de la oración, cesó, poco a poco, de parecer tan ‘indecente’ como decían los cluniacenses; adquirió un valor equiparable al de la oración; se consideró, igual que ésta, como ofrenda positiva, alabanza al Creador y cooperación en su obra.”
Georges Duby, Ibid., p.96.
“La ideología cisterciense, construida sobre la trama del desprecio del mundo, no quiere añadir nada. Suprime, desbroza, depura y es por esta razón profunda que el edificio del Cister no es otro que el de Cluny limpio de adherencias. El nuevo monasterio rechaza del monaquismo tradicional únicamente aquello que lo ha corrompido.”
Georges Duby, Ibid., p. 67.
“La moral de San Bernardo, enraizada en una meditación sobre la encarnación, inspira la concepción de la perfección cisterciense como fruto del trabajo sobre sí mismo llevado hasta lo hondo de la carne (...), que avanza de grado en grado. Igualmente, el edificio cisterciense comienza en la maraña inhóspita que rodea y protege al monasterio (...). emana de ella y no se podría disociar de ella. (...) La obra de arte que la predicación bernardina hizo nacer comienza por la travesía de un desierto, por una prueba. Esta prueba que, como en las narraciones del Grial, tiene lugar también en lo extraño, en lo inquietante de la landa y del monte, entre todos los encantos que ocultan, y que los monjes fundadores de cada nueva abadía sufrieron cuando llegaron...”
Georges Duby, Ibid., p. 93.
San Bernardo, XXVI sermón sobre el Cantar de los Cantares en Georges Duby, San Bernardo y el arte cisterciense (El nacimiento del gótico), Taurus Ediciones, 1989, Madrid, p. 72.
“De este modo, en el transcurso mismo de las operaciones materiales que dieron origen al claro del bosque, se produjo una transformación que apelaba imperceptiblemente a la espiritualidad del retorno a la ‘vida apostólica’: insensiblemente el valor del trabajo ha cambiado. En principio, y en el espíritu de Bernardo de Claraval, era un valor puramente negativo: de renuncia, de represión de las pulsiones del cuerpo, de rechazo de la explotación del prójimo. Sin embargo, puesto que el trabajo manual no era solamente fuente de fatiga y producción de alimento, sino también construcción verdadera, puesto que culminaba por reestablecer el orden del mundo y puesto que nada separaba su esfera de la esfera de la oración, cesó, poco a poco, de parecer tan ‘indecente’ como decían los cluniacenses; adquirió un valor equiparable al de la oración; se consideró, igual que ésta, como ofrenda positiva, alabanza al Creador y cooperación en su obra.”
Georges Duby, Ibid., p.96.
“La ideología cisterciense, construida sobre la trama del desprecio del mundo, no quiere añadir nada. Suprime, desbroza, depura y es por esta razón profunda que el edificio del Cister no es otro que el de Cluny limpio de adherencias. El nuevo monasterio rechaza del monaquismo tradicional únicamente aquello que lo ha corrompido.”
Georges Duby, Ibid., p. 67.
“La moral de San Bernardo, enraizada en una meditación sobre la encarnación, inspira la concepción de la perfección cisterciense como fruto del trabajo sobre sí mismo llevado hasta lo hondo de la carne (...), que avanza de grado en grado. Igualmente, el edificio cisterciense comienza en la maraña inhóspita que rodea y protege al monasterio (...). emana de ella y no se podría disociar de ella. (...) La obra de arte que la predicación bernardina hizo nacer comienza por la travesía de un desierto, por una prueba. Esta prueba que, como en las narraciones del Grial, tiene lugar también en lo extraño, en lo inquietante de la landa y del monte, entre todos los encantos que ocultan, y que los monjes fundadores de cada nueva abadía sufrieron cuando llegaron...”
Georges Duby, Ibid., p. 93.
No hay comentarios:
Publicar un comentario