lunes, 15 de enero de 2007

La estética de la historia

Por Montserrat Arre Marfull

Cuando tenía alrededor de diez años, y se acercaba la época de Semana Santa, solían dar especiales en la programación de algunas radios, con cantos gregorianos, y en la televisión, jueves, viernes, sábado y domingo, no cesaban de dar películas relativas a la historia bíblica. En ese entonces, yo no me perdía casi nada. Mi madre grababa muchas veces los cantos, casettes que reproducía una y otra vez, y que, incluso yo, años después, escuchaba en mi habitación de adolescente. Las películas las conocía ya bastante bien, pues cada año se repetía más o menos el mismo repertorio. Sin lugar a dudas las imágenes y los sonidos dejaron una huella indeleble en mi imaginario.
En esos días de adolescencia, cuando retomaba los cantos gregorianos, en la penumbra de mi serenidad, oía las voces que se alzaban y entretejían en el tiempo, a mí parecer imitando a los coros celestiales, si ellos existieran, que no tienen tiempo ni espacio, sino que son materia en lo intemporal y lo inmaterial. Esos sonidos celebrados en honor a la divinidad tan prolijamente producidos por voces humanas, llevaban mi imaginación a un viaje en el tiempo, tal vez un tiempo más fantástico que real. Una y otra vez me remitían al monte Gólgota, las tres cruces, el cielo nublado, casi a punto de llover, los espectadores llorantes vestidos de negro, y el aire, acompañando el espectáculo cálido, con un viento ágil y húmedo, los truenos y relámpagos, la muerte de Jesús a las tres de la tarde. Las tres de la tarde. Él ha muerto, el cielo se oscurece, el sol se oculta, se rasga la cortina del templo, el suelo tiembla, el Hijo de Dios ha Muerto.
Escena constante recordada con angustia y emoción, como si la imagen fuese parte formativa de mí, como si con aquel sonido de cánticos volviera a rememorar un momento cúlmine de mi vida.
La imagen histórica-fabulosa de un pasado mitificado transmitido a mí a través de elementos mantenidos, quizás por qué fuerzas, en el tiempo.
Otro momento que viene vívido a mi memoria. Música céltica, Enya. Quince años yo tenía cuando sin dudar The Celts, Orinoco Flow, Shepherd Moon llenaban mi espacio de meditación, lectura o escritura. Enya con sus cantos sintetizados, utilizando sonidos que evocan bosques, ríos, hadas, como si las hadas sonaran, como si existieran. Ensoñando con su música de fondo difícil no es evocar lugares conocidos, como si la lejana Irlanda celta, lejana en el tiempo y en el espacio, fuera parte de mi propio pasado. Figurarme imbuida por el cielo azul del atardecer, parada sobre un roquerío, y a mis pies el mar azul profundo. El viento, una construcción de piedra a lo lejos, a hacia atrás un campo eterno pintado de verde, un verde húmedo, lleno de pasos invisibles, lleno de húmedos recuerdos. ¿Corazón Valiente?¿Rob Roy?¿Lancelot el primer caballero? El mundo celta, pasado remoto, extraño tal vez a mi existencia, se manifestaba verdadero y palpable, en mis ensoñaciones musicales.
Cantigas, trovadores, música antigua, Calenda Maia... ¿Contaba yo con doce, trece años cuando conocí aquel mundo musical por primera vez? Mi madre, nuevamente, introdujo sin querer, el gusto por la música medieval. De sus labios yo escuché por primera vez esos extraños nombres, y nunca más los olvidé. Como si el pasado fuese parte mía, evoqué bajo el influjo sonoro, las cortes medievales, los castillos de piedra, los reyes y reinas ricamente ataviados. Juglares y bailarines danzando al ritmo de la música, gente divirtiéndose. Imagen verdaderamente emotiva a mis ojos. Mi corazón se confundía y sentía un deseo inacabable de transportarme vívidamente a otro lugar. La trivialidad frívola de lo cotidiano, de lo moderno, de lo “juvenil”, me acosaba, y mi alma sólo quería vagar por parajes ya conocidos, por pasados propios pero imaginados, por un ayer no vivido, aunque plasmado vívidamente en mi alma.
¿Muchas películas de época?¿Demasiados libros de fantasía, de seres ultraterrenos, de hombres del pasado?
Tal vez ellos llegaron a mí porque yo los busqué primero, y mis evocaciones me dieron la certeza de mi real origen: si la reencarnación existiera, podría decir que estuve allí, podría decir que aquellos fueron mis lugares, mis pies, otros, pero míos, pisaron el Gólgota de Jesús, el acantilado de lo celtas, el suelo empedrado de Alfonso el Sabio. Yo estuve ahí, mi alma viajó por aquellos parajes, y hoy sueño con ellos, pues son realidad, son mi verdadero pasado.
Imágenes. Imágenes forman mi adoración por ese pasado. Sólo imágenes y evocaciones sentimentales surgen de esa penetración privada y oculta de mi alma. Imágenes bellas que producen placer, gozo de los sentidos, gratuitos, que sirven para crear una sensación estética, pero que, en última instancia sirve para retribuirse, recompensarse.
Mi imaginación del pasado que a través de mi tiempo presente me transportó hasta lo que soy ahora y por ende lo que hago hoy, instaló en mí escenas llenas de una conformación estética, artística, de goce, de lo que yo quería ver, de lo que yo quería ser.
Historia por estética. Gozar del proceso de descubrir y compenetrarse con un pasado remoto pero que se adopta como propio, como si el alma humana fuese una, constante, pero cambiante y multiplicable; intentando encontrar en lo arcaico, en lo que fue, la respuesta a lo que deseo, lo que soy y seré, lo que ésta gran alma común es. O simplemente, no explicar, sólo sentir. Percibir el universo inmensamente pequeño trozarse y hundirse en el pecho, haciéndolo sangrar de la emoción de la simple contemplación. ¿Para qué? Para sabernos vivos, constantes, eternos en nuestro pasado común.
Mi alma se constriñe, se retuerce de una emoción inexplicable cuando presencia escenas que intentan reedificar lo que fue, y lo que ya no será, aunque esas escenas se armen en mi mente. Y me asombro con emoción de saber que no estoy sola en el mundo, que el vacío de la tecnología que puedo a veces sentir, la misma tecnología con sus maravillosos avances, dice que me aproveche de ella. Gracias a eso, mi mente puede evocar con mayor claridad aquello que fue y que me produce un gozo cuando siento que he descubierto algo nuevo, semejante tal vez al gozo de un niño que descubre por primera un caracol en el jardín. El mundo nos sorprende, y no sólo el hoy del mundo, sino sobre todo el ayer.
¿Cómo pudimos ser lo que fuimos y llegar a ser lo que somos?
¿Cómo llegar a entender a aquellos que estuvieron allí?
Goce de los sentidos ante lo extraño. El alma comprende antes que la mente.

Noviembre 2005.

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